12 de enero de 2025

LA PUESTA EN ALZA DEL PRIMER POUND FRENTE AL SEGUNDO: La belleza iniciática de 'Personae' y los 'Cantos', o fin del hacedor execrable

Personae (Editorial Domés, México, 1981)

Decidí que a los treinta años sabría sobre poesía más que nadie.

EZRA POUND, “How I began”, en T.P.’s Weekly (junio de 1913)

Para la pequeña investigación o propuesta de espíritu comparatista que ahora iniciamos, partimos de la premisa de que hay dos autores en uno, como ha sucedido, o la Academia ha hecho suceder, con muchos autores y autoras a lo largo de la historiografía literaria (y también en otras disciplinas o ramas del saber), en este caso Ezra Pound (1885-1972), mentor del imagismo –escuela en favor del estilo claro y la precisión en el empleo de imágenes– y, en términos más cenitales, del modernismo anglosajón. Intelectual, poeta y execrable defensor del fascismo en sus últimos años bajo la luz de la psiquiatría, también fue crítico, labor que dejaremos de lado, aunque no del todo, y que se puede rastrear en su ABC of Reading (1934) o en sus Literary Essays (1935), seleccionados por T. S. Eliot, quien dedicó a Pound –para él, “Il miglior fabbro”– su revolucionario poema The Waste Land (1922) en un año clave para la literatura mundial, con Trilce y Ulises. De este modo, el primero de los dos ciclos vendría a ser el del autor de Personae (1908-1920), escrito por el autor en su época londinense y donde ya investigaría la inclusión de ciertas tradiciones, como la latina, la provenzal o la oriental, desarrolladas de forma exponencial y definitiva en su obra posterior, y que a veces se subtitula con la nomenclatura Los poemas breves. Menos canónico, en él destacan las colecciones de Cathay (1915) y Lustra (1916); y, si hablamos de virtudes literarias, la exactitud, un manejo total de las formas poéticas y una erudición en camino. En camino a la que será su segunda etapa, más consensuada por la crítica sea cual sea su ámbito y en alta o baja cultura: la de la elaboración de los Cantos, para algunos el poema épico más importante del siglo XX y cuya escritura tardó más de cincuenta años en acometer hasta morir solo y loco en Venecia. Y es que este acercamiento constructivo quiere rebajar la atención sobre la capitalidad de una obra como los Cantos que, aunque basada en la intertextualidad en grado sumo y sin duda con logros en nada despreciables, es hermética, vertical, cerrada y enferma subjetivamente por quien la escribe o la copia; no como pasa con los excelentes poemas de Personae, donde el poeta ambicioso que ya entonces era Ezra Pound todavía nos deja llegar a él sin manuales como los que proliferan para acercarnos bien a su trabajo, textos que ante todo se apoyan en una mirada humanística, armónica y bella, a modo de pequeños gestos histórico-íntimos y recursos por llegar como el encaje cubista: un lenguaje sin encriptar como sí ya en los Cantos.

            Haciendo acopio de textos que nos sirvan de modelo, y para connotar de forma esencial ambas etapas o épocas del autor, leamos el primer poema de la producción de Pound, que, al contrario que como le pasó a Jorge Luis Borges con Fervor de Buenos Aires (1923), no anticipa, como sí le pasó a él o le dijo pasar, su obra futura, y en versión de Guillermo Rousset Banda, que es la edición base que manejaremos de Personae publicada en México en 1981 en la Editorial Domés, con posfacio de Juan José Arreola: 


TRENOS

 

                            Nunca más el suspiro leve.

                            Nunca más los vientos turbarán en el crepúsculo.

 

                            ¡Mirad a la belleza muerta!

 

                            Nunca más arderé.

                            Nunca más el aleteo

                            que zumbaba encima.

 

                            ¡Mirad a la belleza muerta!

 

                            Nunca más me desollará el deseo,

                            nunca más el temblor

                            al encuentro de mis manos.

 

                            ¡Mirad a la belleza muerta!

 

                            Nunca más el vino de los labios,

                            Nunca más el saber.

 

                            ¡Mirad a la belleza muerta!

 

                            Nunca más el torrente,

                            nunca más el punto de la cita            

                            (¡mirad a la belleza muerta!)

                            Tintagoel.

 

(1908)

            Y ahora coloquemos en contraposición o como (im)posible diálogo un fragmento del que es uno de los principales cantos de la obra considerada magna: el “Canto XLV”, en relación con la usura, concepto clave en su obra aunque haya quienes hayan aducido que el acercamiento del poeta a la economía fue más metafórico que sabio o estudiado, y para el que elegiremos la edición bilingüe de Javier Coy con traducción de José Vázquez Amaral y apéndice de Archie Henderson (Cátedra), contenido en el Tomo I (de tres):

 

CANTO XLV

 

                            […]

                            Usura es un ántrax, usura

                            mella la aguja en las manos de la muchacha

                            y detiene la pericia del que hila. Pietro Lombardo

                            no vino por usura

                            ni Pier della Francesca; Zuan Bellin’ no por usura

                            ni pintóse “La Calunnia”

                            Angelico no vino por usura, no vino Ambrogio Praedis

                            No vino iglesia de piedra cincelada firmada: Adamo me fecit

                            No por usura St. Trophime

                            No por usura Saint Hilaire

                            Usura oxida el cincel

                            Oxida el oficio y al artesano

                            Roe los hilos del telar

                            Nadie aprende a tejer oro en su dibujo;

                            El azur tiene una llaga por usura; el carmesí sin bordar se queda

                            El esmeralda a ningún Memling tiene

                            […]


            ¿Diferencias, cierto? Y para colmo, lo único que los vincula es el uso de la referencia culturalista con la que Pound cierra de forma muy enigmática su poema “Trenos” frente a todas las demás que hallamos en el “Canto XLV”. Un culturalismo de aporte o matiz en el caso del primer poema y de laberinto o desfiguración en el caso segundo, donde ya no es que se nos solicite como ese “lector modelo” al que eludía Umberto Eco, sino que, como ya hemos apuntado, la lógica que vincula dichas referencias es, en cierto grado, paranoica, hasta tornarse inaccesible. Ya no es que Tintagoel sea una metáfora –o en este caso, un espacio metafórico: una aldea inglesa ligada con la leyenda del Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda– que nos sirva de ilustración a lo que se ha escrito para ampliar su sentido, sino que, en el caso del estudioso de la usura, todas esas referencias son catalogables, y se disponen en el poema con un valor torrencial que impide una interpretación concreta y razonada, o sólo para aquellos que tienen a mano el Finnegans Wake. Por lo demás, también es significativo el tempo de cada poema, siendo el primero más calmado –pese a las exclamaciones, incluso–; y el segundo claramente nervioso o como hecho con prisa (u hoy, como por una máquina).

Es también notoria la anáfora con carácter de manifiesto à la vanguardias históricas del primer poema de Pound: “Mirad a la belleza muerta!”, que funciona a modo de máxima y muy anticipadamente; así como el espacio para una intimidad personal que se relaciona con los imaginarios de la bohemia crepuscular: “Nunca más el vino de los labios, / Nunca más el saber”, y que bien podría relacionarse con la mención al “azur” que hace Pound, color estrechamente ligado con los movimientos literarios de finales del XIX como el decadentismo, el parnasianismo o el simbolismo, Baudelaire a la cabeza. Hay, en este sentido, más espacio para la biografía en la “zona Personae”, mientras que la mascarada es un requisito en la “zona Cantos”, como ya preludiara Robert Browning con el monólogo dramático y aunque el propio Pound, pese a la intertextualidad que enmarca su obra, llegara a decir que su obra “contiene una innovación, una contribución definitiva en el arte de la expresión verbal”, que, como veremos, se basa en una serie de objetivos estilísticos.

Dichos aportes, de índole esencialmente técnica dentro del hacer poemático, incluyen densos estudios sobre el versolibrismo o el ritmo en poesía más sus implicaciones, hasta su ulterior relación con la emoción, la síntesis y los fines del texto; al margen, los postulados imagistas –o modernistas, si queremos hacer una lectura de carácter más amplia–, que también comparten poetas como la sobresaliente Hilda Doolitle o H. D. (cuyo nombre elevado a iniciales fue una propuesta del propio Pound y cuya obra se está recuperando en España estos días) o el epítome tutelar de T. S. Eliot (también en dos franjas o dos autores, con sus Four Quartets (1941), en nada vinculante a su texto fundacional de 1922, corregido por Pound), serán indicios del camino a seguir para una propuesta de escuela elevada a sistema poético. Tampoco nos olvidarnos del idioma en el que escribe Pound: el inglés. Shakespeare mediante, pasa por yambos, hasta dar lugar a una métrica que se compone de cuatro metros fundamentales: yámbico y trocaico (dos sílabas) y anapéstico y dactílico (de tres). Veamos un ejemplo de esta relación con la tradición en un poema de Lustra (1916), donde aparece –v. 9– la que es, para muchos, la clave, al menos, de este primer Pound:


EPÍLOGO

 

                            Oh canciones precedentes,

                            admiración semanaria.

                            Al salir en las revistas

                            conmovieron a Chicago.

                            Y ahora gastadas, rancias,

                            son ya tan exhausta moda,

                            caperuza, miriñaque,

                            la vetustez cotidiana.

                            Sólo la emoción perdura.

                            ¿Sus emociones?

                            Las de un maître-de-café.

 

 (1916)

 

             “Sólo la emoción perdura”… Interesantísimo, y más en relación con el exhaustivo estudio de las formas que desarrolló Ezra Pound, en este poema colmado de octosílabos tipo romancero-cancionero, y que bien podrían clausurar dicha emoción. ¿Es entonces la emoción el después de las formas? ¿O el alma de las formas, mejor dicho, en tanto que es humano lo que da lugar al empleo de dichos recursos? Aquí es menester una nota de carácter psicológico: la emoción como noción de libertad y no como noción de cosa liberada. Si es libre, es universal; si está liberada, no olvida a lo que responde, y por tanto es rastreable el diálogo con el contrapeso del que se desprende y al que niega. La emoción, en suma, es el hombre; o el ser desnudo detrás de la máscara. No en vano, “persona”, en su etimología, refiere a “máscara”, algo básico para comprender la poética poundiana. En este sentido, nosotros defendemos que esa mascarada estará más presente en el segundo Pound, y ya no sólo con máscaras sino con personajes; con todo, en Personae, el autor ya ha reconocido su deuda con la tradición, razón por la cual se justifica su instancia. Es imposible obviar, en esta dirección, el homenaje o la reescritura que Pound acomete en el primero de sus Cantos, que es una fundición del contenido de los cantos X y XI de la Odisea de Homero, y donde entra el propio Odiseo, también el vidente Tiresias y otros. Y más concretamente, ya desde el frontispicio de este primer texto, se esgrime un diálogo en relación con el canto XI del relato griego, con el tópico del “descensus ad Inferos”:

 

CANTO I

 

                            Y bajamos a la nave,

                            Enfilamos quilla a los cachones, nos deslizamos en el mar divino, e

                            Izamos mástil y vela sobre aquella nave oscura

                            Ovejas llevábamos a bordo, y también nuestros cuerpos

                            Deshechos en llanto, y los vientos soplaban de popa

                            Impulsándonos con hinchadas velas,

                            De Circe esta nave, la diosa bien peinada.

                            Nos sentamos luego en medio de la nave, mientras el viento

                                    hacía saltar la caña del timón,

                            Así con velas reventando, navegamos hasta el fin del día.

                            El sol a su descanso, las sombras en el océano todo.

                            Llegamos entonces al confín del mar más hondo

                            […]

 

             También es notorio, en el poema “Epílogo”, la actitud de cierta saña o espíritu revolucionario o a-la-contra, que dice mucho de la figura, en términos gestuales o de postura, según los crecientes estudios autoriales, que vino a ocupar Pound en el contexto en el que se mueve: el siglo XX, con las dos terribles guerras mundiales de las que fue testigo y el momento de mayor terror y crueldad al que ha llegado el hombre, o el nazismo, al que se adscribió y sobre el que generó propaganda. No puedo sino hablar de mi posicionamiento en este punto, y es que este trabajo es un enfrentamiento con un enemigo, porque a los enemigos es mejor conocerlos a fondo; y aunque haya algún otro autor como Antonin Artaud, al que valoro especialmente, bajo similar pesadilla, alejado del humanismo y en radicalización. Dicho esto, las pretensiones de Pound son desmesuradas, eso es algo innegable; y Allen Ginsberg, por poner un ejemplo notorio de intelectual de izquierdas que representó tan ejemplarmente la (contra)cultura norteamericana de los años 50 y 60 junto a otros compañeros beat como Kerouac o Gary Snyder –y al que estimo por encima de Artaud y muy por encima de Ezra Pound– en lo que era un proceso de liberación y recuperación de derechos inalienables (con la joya de Howl (1956), una suerte de poema épico también a su manera, no exento de juicios y trifulcas), tuvo interés en Pound, llegando a visitarle, encuentro del que hay imágenes. No es baladí, esto; y nos enseña que, en aquel entonces, autor y obra estaban todavía separados, no como nosotros planteamos en otro artículo, donde quedan vinculados y a un nivel exponencial a medida que avancen las perspectivas de carácter ético y político por parte del autor dentro del mundo –o mundillo– del arte; o con Bourdieu: en el campo literario. Un presente con fenómenos como tendencias que se aleja, bastante, del siglo anterior.

            

            Otro poema que rescataría de Personae es “Causa” –tengo la esquina doblada en esa página–, y que me lleva indefectiblemente a un epigrama de Ernesto Cardenal; subgénero, el del epigrama, en el que ya destacara el poeta latino Marcial o directamente él (re)fundara y que Pound desarrolla a lo largo de toda su trayectoria, en tanto que imprecatorio, una forma de encarar obra y vida muy coherente según ya hemos entrevisto. Los expongo a continuación, para mostrar la sutilidad y grandeza de ambos y para ilustrar la expansividad y a quiénes se dirigen realmente las obras literarias, ya sean muchos lectores o un escritor amanecido en sombra, metáfora de la recepción de sus trabajos:

 

CAUSA

 

                            Uno estas palabras para cuatro tipos,

                            algunos otros alcanzarán a oírlas,

                            oh mundo, lo siento por ti,

                            desconoces a estos cuatro tipos.

 

                                       EZRA POUND

 

EPIGRAMA

 

                            Te doy, Claudia, estos versos, porque tú eres su dueña.
                            Los he escrito sencillos para que tú los entiendas.
                            Son para ti solamente, pero si a ti no te interesan,
                            un día se divulgarán tal vez por toda Hispanoamérica.

 

     ERNESTO CARDENAL

 

            El epigrama se define como la “composición poética breve en que, con precisión y agudeza, se expresa un motivo por lo común festivo o satírico”, o así lo recoge la RAE; pero es interesante ver cómo ese motivo es dirigido a un interlocutor, en este caso el lector, que habrá de cerrar el círculo comunicativo. ¿Para quién ha escrito Pound, en este sentido, según la tradición? En España, los novísimos le leyeron con atención, y me atrevo a decir que lo hizo también Gerardo Deniz (1934-2014), por el acoplamiento de la intertextualidad que late en su obra, obra, por cierto, que no debería ser el secreto que es; y más allá del ámbito hispanohablante, la deuda es con todo poeta fuerte o de escuela, o con todo escritor que entiende la tradición y el canon como algo en lo que apoyarse para fortalecer su obra, salto sagrado, y no para hacerla más minoritaria o epigonal. En cualquier caso, debido al perfil biográfico de Pound, y al que ya hemos aludido queriendo insinuar al monstruo, al menos hacia el final, que hay detrás la obra, su figura ha sido muy denostada desde finales del siglo pasado, pese a la monumentalidad de su trabajo.

 

            Mas no nos alejemos demasiado de nuestros presupuestos, y retomemos, ya hacia el final, los valores enfrentados de las dos etapas que hemos distinguido tan claramente, o hemos intentado clarificar. Y es que falta decir que en Personae también hay espacio para poemas de aliento, como sucede con Hugh Selwyn Mauberley (1920), que marcaría un punto de inflexión en la carrera de Pound, similares en pretensión a los contenidos en los Cantos, frente a los que se disponen más como investigaciones que como materiales netos; aunque panorámicamente, la imagen sea la de poemas cortos, y agudos formal y temáticamente. Textos o tejidos que también se apoyan en referencias para crecer en sentido, pero que aún son preparativos frente a la esquemática incontinencia de su etapa final, donde, aunque hay versos de gran valor cognitivo y un sentido de la narración inserta en la lírica como género que lo eleva hasta la consideración de la épica al modo en que era considerada en la Antigüedad, nosotros no preferimos por ser azarosa; y no un azar releído como el que hiciera el último gran poeta norteamericano, John Ashbery, esto es, desde las lógicas que subyacen al lenguaje como aparato o en su relación con el flujo mental desde una poética tan seria como irónica, sino más bien desde un empleo de las referencias literarias y del canon que se nos antoja impracticable y plegado hacia sí. Leamos, entonces, la primera parte de ese poema al que hemos aludido un poco más arriba, escrito en 1920 y que cierra la época de Personae, para ya dirigirse Pound hacia los Cantos –aunque se sabe de su confección desde 1915–, y que sirve como epitafio:

 

ODA DE E. P. PARA LA ELECCIÓN DE SU SEPULCRO

 

                            Durante tres años, desentonó con su tiempo,

                            en pugna para resucitar el arte extinto

                            de la poesía; por preservar “lo sublime”

                            en el viejo sentido. Desde el comienzo errado,

 

                            no, apenas, pero mirando que había nacido

                            en cierto semisalvaje país, anacrónico;

                            resuelto a sacar azucenas de las bellotas;

                            Capaneo; trucha para facticio señuelo;

 

                            Ἴδμεν γάρ τοι πάνθ’ ὅσ’ ἐνὶ Τροίῃ

                            Aprisionado por la destaponada oreja;

                            a los escollos dando muy pequeña deriva,

                            así, ese año, los mares hirsutos lo atraparon.

 

                            Y su verdadera Penélope fue Flaubert,

                            pescando alrededor de las islas obstinadas;

                            observó la elegante cabellera de Circe

                            con más interés que los motes de los cuadrantes.

 

                            Sin alterarse por “la marcha de los eventos”,

                            salió de la memoria de los hombres el año

                            trentiunésimo de su edad; el caso no brinda

                            ningún agregado a la diadema de las Musas.

 

 

             Como epitafio o como arte poética, también, por las referencias que se incluyen en el texto a la persona y a la cosa literaria; y a otros temas que ya hemos estudiado, como su actitud en la comunidad literaria de la que fue partícipe y en la que figura como figura emblemática. De ahí Flaubert, en tanto que acercamiento a la perfección de la página en blanco que el autor francés siempre promocionaría; o la referencia a Troya en griego del v. 9 –de nuevo, el v. 9–, que hace labor de extrañamiento para el lector. Un poema que nos podría llevar a las declaraciones de intenciones de un Verlaine, con su mención a la música-ritmo, o un Huidobro, por situarnos en posiciones geográficas diferentes a las del poeta norteamericano y también siendo ambos mentores clave:

 

ARTE POÉTICA

 

                                    Antes que nada música,

                                    Y a lo Impar favorece,

                                    Que se pierde en el aire

                                    Sin que se pose o pese.

 

                                    En la elección de tus palabras

                                    Tienes que ser remiso:

                                    Nada mejor que el canto gris

                                    Que une lo Indeciso a lo Preciso.

 

                                    […]

                                                  De Jadis et Naguére (1884)

                                                  PAUL VERLAINE

 

 

ARTE POÉTICA

 

                                Que el verso sea como una llave

                                Que abra mil puertas.

                                Una hoja cae; algo pasa volando;

                                Cuanto miren los ojos creado sea,

                                Y el alma del oyente quede temblando.

 

                                Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;

                                El adjetivo, cuando no da vida, mata.

 

                                […]

 

                                De El espejo del agua (1916)

                                VICENTE HUIDOBRO

 

 

            Un adjetivo, como bien anota Huidobro, puede llegar a matar. Para nuestro caso, en una época tan personal como la nuestra, Ezra Pound viene a morir bajo diferentes adjetivos, como el de “fascista”, por situarnos en el principal, y aunque también “erudito” sea otro. Labor de contrapesos, el futuro del autor norteamericano, cuyo pasado fue tutelar (y no queremos olvidarnos aquí de otra figura, tutelar también a su modo: el crítico y poeta T. E. Hulme), está en desuso; pero aquí hemos querido, al menos, rescatar ese primer espacio creativo donde todavía no había una sombra inmensa que opacara el acercamiento a una obra que se deseaba mayúscula en sus postulados. De este modo, Personae vendría a ser el instante lucidísimo previo al hacedor de los Cantos, donde Pound se propuso reelaborar los grandes relatos que la época postmoderna tiraría luego por la borda. Un barco al que Ezra Pound se subió con la inconsciencia de a dónde le llevaría, en este caso, a una vida marcada por el dolor y que podemos reconocer en cualquiera de sus biografías (y las hay). O tal vez la clave de bóveda se halle en la cita que abría este artículo, esto es, un sentido de la ambición que le costó la salud, el odio y la vida, por posicionamientos moralmente infames y despreciables. ¿Personae?: lo que pudo ser, y donde podemos –aún– mirarnos. Al menos tenemos ese consuelo, pese a la pena que supondrá la transformación de esa serie de espejos que para el autor norteamericano fue la poesía, uno de los cuales, el del doble que hace los Cantos, en el que no nos queremos reflejar.


5 de diciembre de 2024

Sobre 'm-Talá' (2000), magnum opus de Chus Pato, reciente Premio Nacional de Poesía 2024

 

Portada de la edición de Ultramarinos de 2022 que incluye m-Talá

El lenguaje nos contiene, al modo del Shakespeare de Bloom o la revelación programática de Wittgenstein, pero el relato que urdimos en base a ese lenguaje nos abre al mundo. Una existencia léxica, entonces, y no siempre ordenada, en la que nombrar no es clausurar, sino un batir de alas que dará sentido a lo que invoca la lengua, posible en su discernimiento. En esta construcción imaginada, en esta moneda cuyo cuño se borra en silencio al pasar de mano en mano –la metáfora es de Mallarmé–, el ejercicio del lenguaje, lo material, la producción de la lengua, hoy se relaciona, y la autora lo sabe en conciencia, con el Capital, el poder, la instrumentación y los usos utilitarios de la misma. Y tiene fecha, u origen, en los diferentes debates sobre la capacidad de la lengua para significar, y más aún en pleno año 2000, con el cambio de siglo (y de milenio, si se quiere), que es donde se ubica m-Talá, la obra maestra de Chus Pato (Ourense, 1955), flamante Premio Nacional de Poesía 2024. Donde la memoria, trabajada en palabras, vendría a ser aquello, moderno por antiguo, que nos suena, porque así fue siempre, cuando dioses y hombres diferían entre sí por el solo factor del tiempo. El poema, mientras tanto, se traduce como el resultado del aprendizaje universal de las relaciones causales desde las estructuras estéticas; una forma más allá de lo discursivo que atenta contra las normas que la lengua genera en su puesta en acción antes de devaluarse, y donde caben leyendas, relatos, sueños, conversaciones, epifanías y la cultura como vía de amistad y convivencia. Todo esto respira en este libro fundacional, esencial, de la poeta gallega, y que la editorial Ultramarinos publicó en 2022 con traducción de Gonzalo Hermo y prólogo de Alba Cid dentro de un ambicioso proyecto de publicación en marcha de su Poesía Reunida –en su lengua original lo editó Ediciones Xerais en el citado año 2000–, que a día de hoy va por el Volumen VII, en el que se incluye Sonora, libro-motivo del galardón.

            Y aunque tengamos efectivamente el libro entre las manos –no, aquí no decimos mentiras– como una asunción del presente, m-Talá supone un regreso (“madre”, veremos a solas escrito en las últimas páginas), que a su vez es un arte poética para el siglo venidero. Un viaje, en cualquiera de los tres casos, a los instantes de lectura donde nos encontramos con el poeta de vitalidades Lois Pereiro, un lúcido ensayo sobre el desplazamiento del poema que bien definiría todavía la encrucijada del arte contemporáneo o el cuerpo de Erzsébet Báthory, condesa sangrienta que Pizarnik elevó a protagonista en un relato. Así, Chus Pato nos invita a leer de otra manera, hasta hacer de la lectura una experiencia estética, hilo rojo de las adversidades, conjugación de lo plural, acopio del virtuosismo. Sin darnos cuenta, estamos ya en lo patiano: una virtud para y con la lengua que podría ser azar como quisieron los surrealistas pero que en ella vira hacia un lugar sapiencial, humano siempre, y bello o crudo o intertextual o revelado, y donde el lenguaje es experimentado como espacio de conocimiento con un alto sentido de la estructura y forma en que éste se dota y discurre. En esta dirección, cabe recalcar la polifonía constante, de los textos añadidos unos a otros como si fueran injertos a los diálogos en forma de pequeñas piezas teatrales, que no hacen sino enriquecer dicha experiencia lectora en camino a una concepción maleable del idioma. Todo gobernado por una sensibilidad que atesora los límites de la dicción, y una audaz inteligencia que se pone de relieve justamente en la conjugación de dichos materiales dispares. Que la estirpe principal del desacato la conformen Artaud, Lautréamont, Kafka y Rimbaud –póker de malditos–, pero que el espacio intocable, definitivo, gracias al cual nos es posible seguir las huellas, sea para las mujeres y para la historia de las mujeres, protagonistas en prosa del alma revolucionaria que exhala la autora, muerte y génesis de la casa habitada de la lírica.

            Sorprende, igualmente, la multiplicidad de accesos que surgen del libro, y sin aportar una visión laberíntica al mismo. Pareciera que pudiéramos entrar por la puerta principal, de haberla, porque todo es un esplendor de caminos laterales, o más bien subterráneos. Abrir el libro y conectar, pensar como sentir, nadar como bailar, mayúsculas como minúsculas. Delicias de una urdimbre que hace espejear a todos los textos contenidos en el texto con esos mismos textos y con textos con contextos que el libro no sólo nombra sino que moldea desde dentro como pudieran hacer la mitocrítica o Lacan, a modo de una problemática Historia de la poesía en el giro del efecto 2000. De hecho, si alguien me pregunta qué leer para empezar a entender de qué va esto de la poesía en nuestros días, m-Talá sería un buen libro al que remitirle, pues la cuestión postmoderna está en él inscrita como ese gesto de intento de reescritura sobre lo ya escrito-impuesto, e igual la opción de lo mágico como asidero después de tanta manufactura y tal pérdida de lo invisible, y así el canon, y la tra(d)ición:

LA LENGUA ES PRODUCCIÓN, la lengua produce, produce

COMUNICACIÓN, PRODUCE PENSAMIENTO, PRODUCE

CAPACIDAD POÉTICA, produce ganancia y beneficio, NOS

PRODUCE como HUMANOS, nos produce como FELICIDAD

 

La lengua es PRODUCCIÓN, de ahí los intentos del CAPITAL por

PRIVATIZAR la lengua, por dejarnos SIN PALABRAS

                                        (pág. 37)

            Tal vez para responder a esa sensación de “dejarnos SIN PALABRAS” que produce el sistema en nuestro fuero más íntimo, m-Talá se constituye como un dispositivo torrencial de motivos, temas y formas tan variopintos y tan a mansalva justamente para no verse vendido al mejor postor –ni tampoco encontrarse por sorpresa en un mercado de baratijas, por mucho que nos erotice la imagen–, planteándose como un texto de radical resistencia. Su capacidad perlocutiva, porque mucho de lo aquí reunido se eleva a escena, es una fuente de agua clara y en constante fluir que nos invita a pensar en superar la lengua por la lengua misma, hasta considerar más valioso el silencio después de las palabras que el silencio anterior a ellas. Será que tenemos que participar en dicha conversación infinita por la sola fuerza del amor al lenguaje y sin vergüenza ante nuestro atesorado don, perspectiva del mismo contraria a la reificación del mundo. Y es que “nuestra historia está labrada en el granito / del que están hechos los sueños”, como rescata Chus Pato de la voz de su desaparecida amiga Belén Feliú, inicio del libro y fin del principio. Sueños a granel como una estrategia para desmantelar la crisis de un decir que no quiere verse sometido sino amplificado en la posibilidad de un instante que el libro dibuja y que se extiende hasta su consideración en términos históricos.

            Porque ¿qué se puede, aún, decir? Esto corresponde a la visión política del libro. ¿Cómo se puede decir lo que aún se puede decir? Con esto ya se inicia la estética del mismo. Tanto la visión política como la estética conviven en igual fluctuación, contenidos que las equiparan. No hay palabra inocente, el secreto se encuentra ahí, pero ya que escribimos hagámoslo de la mejor manera, dejando a la percepción crecer en raíces con mitos que ensanchen nuestra mirada de tacto sobre las cosas mismas; y sobre cada corazón maniatado por la ausencia de un lenguaje compartido. Y sin olvidar de dónde venimos, y señalando cada oscuro pasaje histórico, y siendo semilla para continuar una genealogía de vértebras como higos maduros que un niño futuro alcanzara a recoger, por ejemplo, tú o yo mismo.

30 de octubre de 2023

LAS PALABRAS

1. Mi madre: María Ángeles o Marigel

2. Hall del Edificio A (UCM), época de Filosofía, 2009

3. La Elipa, partido de fútbol de poetas contra poetas, 2012

4. Recital en la Sala Clamores

5. Presentación de La postpunk amante de Tiresias en Diablos Azules, 2013

6. En el Cementerio, con Javi (izq.) y Samu (der.), años 2000

7. 15M, con Marian

8. Cortometraje en Tetuán, 2016

9. María Eugenia, 2013-2015

10. Una lectura en Lavapiés

11. Con mi padre y mis hermanos mayores, en una boda, ca. 1998

12. En el programa de radio El Último Moyano, de M21, 2017

13. Cafetería del Edificio A (UCM), segunda etapa universitaria, 2016-2020

14. Días contra Bolonia, 2008-2010

15. Daniel G. Medranda y Helena García Hermida

16. Politeísta con sudor, Atenas, 2015

17. FLM 2017, con Mar

18. Tabaco negro y dulce, sin boquilla, Cuba, 2016

19. Tumba de Franz Kafka en el 100 aniversario, Praga, 2024

20. De la mano (y del pie) de Francisco José Sevilla, San Vicente de la Barquera, 2014

21. En Madrid Río junto a mi amiga y albacea Daniela Forero Arriola, ca. 2018

22. Labores de sala, en algún Museo de Madrid, finales de 2025

23. Viaje en familia a la Pensión Roma, El Cairo, 2006

24. Junto a mi gran amigo Federico Ocaña, por Azca, 2017

25. Presentación de Los últimos y los primeros en la Alberti en su 50 aniversario, en conversación con Odile Rodríguez, 2025

26. Fundación Centro de Poesía José Hierro (Presentación de Un estallido), 2026

27. Feliz felicísimo cumpleaños (y los que faltaron a la cita en La Sifonería): 36 años. Fotografía de Marina

Nací el 5 de junio de 1990 en el madrileño barrio de Estrella, más concretamente en la calle Jesús Aprendiz n.º 19, cercana a la Colonia de Retiro y a mi primer colegio, el Santa María del Pilar. Cuando contaba siete años, mi padre, empresario de telecomunicaciones y propietario de una cuadra de caballos de carreras que destacó en los años 90, y mi madre, azafata de vuelo de Iberia, se divorciaron, razón por la cual me separé de mi madre y pasé mi adolescencia con aquél y algunos de mis hermanos en el extrarradio de la capital. Allí terminé bachillerato en el progresista Colegio Mirabal teniendo como amigo a Javier García Tramón –y a Daniel G. Medranda, mi otro gran amigo de infancia–, que ya escribía, impulsándome en el afán literario; y conocí a Enrique López, profesor de Ética y Filosofía que me orientó en mis primeras lecturas –Baudelaire, Pizarnik, Dostoyevski, Hesse–, y con el cual, quince años más tarde, escribiría un libro a cuatro manos. Gracias al oficio de mi madre, viajo mucho: Nicaragua, Sri Lanka, Indonesia, Egipto, Cuba, Brasil, China, Hawáii, Europa..., con estancias en Cobh, Rhode Island y Ámsterdam; y a la edad de dieciocho años decido matricularme en la UCM para estudiar Filosofía bajo la premisa de ser escritor, siendo reveladora la lectura de un cuento –Nieve, de Maxence Fermine– y la obra de Arthur Rimbaud. Aunque abandonaré estos estudios en tercer curso, tengo tiempo para publicar mis primeros textos en la gaceta universitaria Mephisto, participar en la I Semana Complutense de las Letras y trabar relación con poetas e intelectuales como Federico Ocaña, Odile Rodríguez o Rodrigo Amírola; así como para organizar recitales musicales y literarios en la Taberna Angosta junto a Sara Valenzuela y Lucía de la Fuente. Acontecido el año 2011, participo activamente en el 15M y soy asiduo de la escena poética madrileña, en espacios underground como el Bukowski Club, Diablos Azules o La Bella Ciao, todos desaparecidos; y también en Lavapiés, al lado de Francisco José Sevilla, Silvia Nieva, Pablo Cortina o Toño Benavides. En este contexto, publico mi primer libro y participo en la blogosfera con mi blog Ruido por todas partes, que me conecta con escritores/as como Batania, Luna Miguel o Bárbara Butragueño, y paso a formar parte de una antología importante de la joven poesía española: Tenían veinte años y estaban locos. Después de un viaje con lo puesto desde mi ciudad natal hasta Lyon durante el mes de septiembre de 2012, soy devuelto a España poco después incluyendo un cambio de ambulancia en la frontera con Francia, y tras mi recuperación, estudio un curso general de cine en la Escuela Metrópolis C. E. y obtengo un Máster en Fotografía Editorial y Fotoperiodismo por la Escuela TAI, donde recibo clases de fotógrafos como Matías Costa, Gianfranco Tripodo o Jerónimo Álvarez, bajo cuya coordinación participo, en el año 2015, en una muestra colectiva –Latino– dentro del marco de PHE, y para la que retrato al poeta y crítico hispanoperuano Martín Rodríguez-Gaona. Es entonces cuando conozco a María Eugenia –pianista de formación–, mi gran amor. Más tarde, trabajo como fotógrafo en DIMAD (Asociación de Diseñadores de Madrid) durante varios años, dentro de Matadero Madrid; y en Tetuán 30 Días, un periódico local. Mientras tanto, sigo escribiendo y publicando, y en 2016, tras el suicidio de mi madre –2014–, que se arroja al vacío desde el octavo piso de nuestra casa familiar, retomo la vida universitaria para graduarme en Literatura General y Comparada en el año 2020 con un Trabajo Fin de Grado sobre Félix Francisco Casanova bajo la tutela de la poeta y profesora Isabel González Gil, y donde tengo como profesores a Luis Martínez-Falero, Cristina Oñoro o Ángel García Galiano, como compañeros a los integrantes del Vitalismo y como confidente a mi gran amiga: Daniela Forero Arriola. Ya en 2021, mi poema testamentario «El faro escondido» es merecedor del 2.º Premio en los Premios Madroño, cuyo ganador es Mario Obrero y recayendo el accésit en la poeta María de la Cruz; y en 2022 realizo mi primera muestra fotográfica individual: Primer paseo en la ciudad de siempre, inspirada por Robert Walser y el acto de pasear en clave situacionista, en la libreria Olavide | Bar de Libros, a la que seguirá entre abril y mayo de 2026 otra selección, esta vez analógica, en el Bar El Rincón (Malasaña). Antes y después de este tiempo, trabajo en diferentes museos de mi ciudad como auxiliar de sala (custodiando la tumba de Goya, el despacho de Ramón Gómez de la Serna en el Museo de Arte Contemporáneo u obras de Picasso dedicadas a Dora Maar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, entre otros espacios) o taquillero y conserje del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), mientras mi obra aparece en revistas de calado –Estación Poesía, Oculta Lit, Kokoro, Nayagua, Vallejo & Co., etc.– y estudios académicos –«Lecturas del desierto: nuevas propuestas poéticas en la España actual», monográfico coordinado por Álvaro López Fernández, Ángela Martínez Fernández y Raúl Molina Gil desde Kamchatka. Revista de análisis cultural (UV), etc.–. También he sido invitado en dos ocasiones –2015 y 2023– al festival de poetas mediterráneos Voix Vives (en la sede de Toledo), y una –2018– a la Casa de los Poetas y las Letras (Sevilla), junto a otros compañeros de quinta/generación. Guardo en mi haber una novela en clave que tiene como corriente de fondo el art brut, escrita entre Madrid, Salobreña y Praga entre los años 2020 y 2024, e igualmente un segundo texto en prosa, un cuento híbrido de 20 carillas con tres fotografías analógicas interiores, un Epílogo y una glosa que hace de apostilla a mi obra según un amigo, titulado La participación; así como un notable volumen de ensayos misceláneos escritos entre 2015 y 2025 que han hallado fin con la entrega de un TFM sobre el concepto de presente como instancia histórica y transformadora después de haber cursado en 2024-2025 un segundo Máster en Cultura Contemporánea: Literatura, Instituciones Artísticas y Comunicación Cultural en la Fundación Ortega-Marañón. En este "decantarme por la prosa" desde 2020 después de aparecer en el celebrado Un estallido. Antología de la poesía española 2000-2025 (Cátedra, 2026), libro con el que "cierro" mi poesía durante más de 15 años, he incursionado en el género del aforismo, en la línea de la greguería o el aerolito, el año 2026, con Una lucidez desconocida (Pantemas) (Ediciones del 4 de agosto), presentado a las afueras de Logroño dentro del marco del consolidado festival Agosto Clandestino. Desde 2025 trabajo en museos para el Ministerio de Cultura tras la obtención de una plaza de Vigilancia y Atención en Salas, y he ejercido la crítica cultural en Qué Leer, mes a mes y en papel, durante un año, a la vez que, de forma virtual, lo sigo haciendo en Popper; y ociosamente paseo, juego ocasionalmente a bolos y a ajedrez y albergo interés por el arte contemporáneo.


2 de octubre de 2023

ÁRBOL (Segunda semana)

 


Yo utilizo la física. Él la fabrica. Yo llego a la Luna en proyectil de cañón, no hay en ello ninguna superchería. Él se va a Marte en una astronave que ha construido con un metal para el que no cuentan las Leyes de la Gravedad. Todo esto es muy bonito, pero que me enseñe este metal, que lo produzca. 

JULIO VERNE tras la lectura de The First Men in the Moon (1901), de H. G. WELLS

 

Decidí abandonar la fábrica por un periodo de seis meses, un tiempo que según los médicos era de sobra suficiente para mi recuperación. Mi problema era de carácter anímico. Llevaba diecinueve años trabajando entre sustancias tóxicas y maquinaria de grado 3, en el Centro. En ese arco, había presenciado amputaciones de extremidades y voces perseguidoras entre mis compañeros. Teníamos el sueldo más alto del país, por si alguien se preguntara qué hacíamos allí. Y cuidaban de nuestras familias con llamadas telefónicas diarias y comida a domicilio que preparaban en el Anexo 100. No sé si todo eso es suficiente para explicar mi dependencia. En cualquier caso, como digo, viajé a la costa, estableciéndome en un pequeño pueblo casi deshabitado con una única tienda de menesteres y otra fábrica, esta vez en desuso, que en sus años de bonanza producía alcoholes destilados.

         Las mañanas eran ricas en luz y gatos de monte, y las tardes eran empleadas por las vecinas para realizar gestiones en las aldeas aledañas, a las que se accedía solo con motocicleta. En este sentido, era virtuoso contemplar a las abuelas del pueblo con las faldas levantadas por las cuestas de arenisca no siempre ayudadas por jóvenes. De hecho, el primer día que llegué, ya vi a una mujer transportar butano no sé bien aún de qué manera con setenta u ochenta años con una cuerda atada a su espalda. Solo había un hombre en el pueblo, o dos si cuento en alza la extrema historia de Jacinto Robles, razón por la que llamaban a este emplazamiento «Lagar de las Viudas». También había mujeres jóvenes y saludables que pisaban la uva, pero ya digo: no había hombres a excepción del viejo farero y del hombre Jacinto, que okupaba una casa en construcción. Yo desconocía esta situación antes de llegar aquí, y hasta muy avanzada mi estancia no supe que, aunque por supuesto había mujeres jóvenes en el pueblo, estas provenían de las ciudades medianas de alrededor, en las que habían dejado a sus padres varones por una suerte de pacto. Lagar de las Viudas era sinónimo de matriarcado y futuro social en una sociedad hostil con las mujeres, algo de lo que yo era muy consciente en el Centro por nuestra relación con los medios de información, aquí inhábiles, aunque mi visión política me acercara más a ellas que a los hombres por una figura de madre fuerte y mis doce jefas en la fábrica, cada una a la cabeza de los principales departamentos, incluidos, por supuesto, los de Utilidad y Supervisión.

         Era fácil fijarse en aquel árbol, el único contrario a los viñedos y que además se alzaba honorable en la entrada del pueblo, con toda su oscuridad. Una oscuridad sencilla si atendemos a la continua cadena de zarzas que rodeaba su tronco, a modo de peligro o autoprotección; o a sus ramas desnudas, tal nervios. El árbol era célebre en la zona. A sus pies había dispuestas desde piedras pintadas por niños a ofrendas efímeras como las de la cultura budista, que muchos peregrinos venían a traer. Esta mezcolanza me hacía pensar en la evidente transversalidad que abriga la cultura popular, concebida, de algún modo, para todos y para uno. El hecho de que un símbolo pueda ser experimentado tanto por el Bibliotecario como por el Chapista, y eso no rebaje su intensidad o su sentido. No en vano existen el árbol de la vida y los bosques prohibidos. Mi propósito, si el departamento de Conexión no me lo impide, es narrar aquí mi relación con aquel árbol único, que es lo mismo que narrar mi relación con el Lagar, como quedará claro. Solo si me es permitido, como ahora está siendo.

          Mis jornadas eran atléticas. Nada más levantarme, bebía una cantimplora de suero y subía a la terraza a introducirme veinte o treinta cigarros mientras mi vecina Margarita silbaba con éxito desde la terraza adyacente sentada frente al horizonte en su silla de plástico blanco. Bien podía ponerme los cascos y escuchar la radio y eludir todo aquello, pero de ocho a diez de la mañana ya digo que solía fumar y comer ajo compulsivamente mientras me adentraba en el folklore local a través de su boca de siglos. Este hecho hacía de transición entre mis noches soñadas y el despunte del alba, con un dibujo del mar elevadísimo frente a nosotros, tan alto que parecía venírsenos encima. Tal vez por eso, las canciones de Margarita, con la que hablaba de materiales y de química en el rellano, incluían extrañas alusiones al agua, presentada de forma monstruosa y omnipotente y ajena a la aparente apacibilidad con la que ella ejecutaba su silbo. Y aunque me aprendí dichas canciones inconscientemente, fue entre sus rimas dolientes cuando escuché por primera vez una alusión clara al árbol en cuestión. Obviamente, yo no relacioné hasta mucho más tarde la presencia de ese árbol en dichas romanzas de iniciación con el árbol que principiaba el Lagar de las Viudas. Fue solo cuando vi a Margarita un día apoyando su motocicleta y sus bolsas de componentes electrónicos a su vera repitiendo lo que sería para cualquier persona cualificada una oración mientras doblaba su cuerpo al ritmo de un metrónomo y zarandeaba sus brazos ancianos de los que colgaba sangre, que pude relacionar las líneas mañaneras de su voz con la fisonomía y el estandarte del árbol. Sin duda, se trataba de él, pero ¿a qué se debía tal importancia? No solo en el Centro lo tildarían de fundacional, sino también en el Círculo 7, obligando a su extirpación inmediata. Como yo había aprendido a lo largo de mi carrera, la Naturaleza es avara por su lógica netamente potencial e irracional, en último término contraria a los límites, que para cualquier experto en Convivencia, haya obtenido o no el rango de Ideador, son la regla primera de la libertad. Para colmo, este árbol parecía albergar dentro de sí propiedades anímicas, un hecho que parecía evidente por su popularidad dentro y fuera del Lagar.

         Al margen de los postulados de la Ceremonia Global, firmados, como todo el mundo sabe, el 3 de junio de 2024, o justamente a razón de ellos, los pueblos de dentro y fuera del Centro han venido teniendo especial cuidado con los errores de la Naturaleza, concebidos, si se quiere, como anatemas. Aunque mi tarea principal en el Lagar de las Viudas era el mero descanso y la remisión absoluta de una enfermedad no siempre clara a mis ojos, los trabajadores de la fábrica del Centro, en agradecimiento por nuestras condiciones laborales y nuestro ambiente filial, firmamos un contrato, en el inicio de nuestra prometedora trayectoria, en el que la cláusula XY soluciona nuestra intermediación si tuviéramos conocimiento sobre alguna anomalía ya no solo en el Centro, sino también en el Entorno o en la Zona Gris. En este sentido, el Lagar se enmarcaba en la categoría de pueblo de Entorno por el uso de materiales humildes en sus casas, la presencia de menos de 21 antenas, animales callejeros y la salida al mar, con útiles para ello y la posibilidad de puerto. Después de examinar a conciencia el poder de imantación de aquel árbol tras entrevistar a las vecinas del pueblo –una tarea no siempre fácil, pues empleaban metáforas místicas con su propio léxico, muy diferente al mío–, examinar la zona para recoger muestras –fui una noche para intentar grabar con mi videocámara el nivel de plasma del árbol y una escopeta prendió seis cartuchos no muy lejos de allí y se trajeron lobos anónimos y tuve que escapar del lugar ingiriendo inmediatamente una pastilla de protección– y redactar, finalmente, un informe, mi excedencia de cura trocó en un caso de trabajo extraoficial.

         Las gentes del Lagar se mostraron colaborativas con mi nuevo papel comunicativo, que además no podía ocultar al necesitar su parte. Es de suponer que ellas ya sabían que tarde o temprano alguien de la fábrica del Centro o alguna persona ajena al Entorno podría llegar a su pueblo y fijarse en lo que era un enigma a vista de todos a excepción de sus vecinas, aunque para todas esas mujeres el árbol fuera un enigma vivo también. Aunque era de género hombre y en la última revisión actualicé la casilla 49 confirmando tal condición, la masiva mayoría femenina del pueblo no se mostró ni un segundo guerrera conmigo, un hecho tal vez debido a mi Índice de Intuición y mi Coeficiente de Relación Femenina, destacados a nivel interestatal. No en vano, ambos indicadores eran subrayados como cualidades por mis jefas en la fábrica y eran también la culpa por la que crecí tan rápido, según ellas, dentro de los estamentos de la organización.

         A grandes rasgos, mi investigación aclaró varios puntos ciegos. En primer lugar, que el árbol era saludado a la entrada y salida del pueblo por cada una de sus habitantes de forma obligatoria y no opcional, normalmente incluyendo este saludo saliva en las raíces del árbol, algo que sin duda recordaba a los ritos religiosos y que excedía el cerco de lo Impersonal atribuido a todo ente natural o inerte; seguidamente, el hecho de que solo los niños y los turistas extranjeros estaban autorizados, en lo que era una clara vinculación con lo Inconsciente, a mantener contacto físico con el árbol, pero en ningún caso las vecinas, que era lo mismo que decir que la Naturaleza podría estar por encima de la Razón y no al revés, como efectivamente dice el documento comunitario surgido de la Ceremonia Global y como ya contenía la pretérita Tabla Universal, origen de nuestra civilización; y, por último y con la mayor urgencia: la posibilidad, remota pero dibujada según las respuestas de las entrevistadas, bajo la aplicación en los casos más esquivos de dosis de Palabra Neutra, de que el árbol supusiera el Final de la Espera, una negligencia, una herejía y un desacato que me hizo deber activar el Primer Protocolo –reitero mi perdón– pero que no activé por la aparición de Jacinto Robles en tales respuestas, apareciendo su nombre en el 63 % de las mismas en vinculación al árbol, en algún caso figurándole como la persona que lo trajo al pueblo en el año 2048 e inacabando el caso, pues aunque traté de dar con él en numerosas ocasiones durante mi orquestación, no le encontré nunca ni en su casa okupada ni en ningún otro espacio, siendo incongruente por tanto cerrar el fichero.

         El encuentro y la encuesta con el masculino Jacinto Robles se convirtió, por tanto, en mi mayor prioridad. Ya había vencido el quinto mes (o quinto día de una larga semana) y todavía no le ponía cara. Llegué a dormir entre materiales de obra cercanos al que era su hogar según todo el mundo y a fondear la costa con una barca propiedad de una prima de Margarita, prestada un sábado por amistad, bordeando las Fosas. Ni rastro. Contaba los días (las horas) para el final de mi proceso, que dentro de no mucho llegaría a su cierre, y en las graves consecuencias que tiene para el perfil de un trabajador de la fábrica del Centro un Caso Inacabado. Decidí entonces consultar al autor de estas líneas. Solo él sabría dónde se encontraba Jacinto y qué papel ocupaba en la historia del árbol. Con cierta desesperación (el viento entraba furioso por la ventana y señalaba el séptimo día), ordené los libros, me comí tres granadas enteras sin pelar, me tumbé en la cama con una toalla de agua caliente sobre las rodillas y prendí la Cinta de Emergencia esperando su respuesta, hasta que sonó tono. 

         Recibí contacto, y después un largo silencio. Realicé entonces una exposición sucinta, de unos diez minutos, después de dar mi número de operario, del caso que tenía entre manos, estimado en Importancia 6. Antes de acabar, y yo lo sabía porque en mi contrato aceptaba el uso de Telepatía incluso a través de medios electrónicos protésicos y no protésicos, el Autor pisó mis palabras, cada una de estas últimas palabras mías, y añadió:

 

–Jacinto Robles es un «Adán», resto del Viejo Mundo. Si no le encuentras, es porque le estás buscando, y además no existe ya. Todas esas mujeres lo encontraron hace mucho tiempo, pero ellas son parte del Mundo Nuevo, que ellas y no otros han de construir. Si respetan a ese árbol al que aludes es a razón de su respeto por el Viejo Mundo, un respeto más asentado en el Entorno que en el Centro, como deberías saber. Igual su respeto por los llamados «Adán», ya que en el Entorno la pregunta por el origen de nuestra existencia, y por ende de nuestro lenguaje, es necesaria todavía. Respecto a tu fotografía, si la examinas con detenimiento, verás que las espinas, los acúleos y aguijones que de su tronco forman parte, no son otra cosa que lágrimas, lágrimas que el Viejo Mundo todavía transfiere al Mundo Nuevo a través de la Naturaleza. Tu árbol, mi querido amigo, es uno de los Primeros Árboles, o «Árbol».