6 de abril de 2026

'LA PARTICIPACIÓN': Una exposición de fotografía analógica (+ algunos textos) en el Bar El Rincón (C/ Espíritu Santo, 26, Malasaña) el mes de abril de 2026

 


Hubo un tiempo en que rondaba por mi cabeza la posibilidad de titular a todos los proyectos que fuera acometiendo en el futuro, por muy diversos que fueran, bajo un mismo título: La participación. No en vano, cuando aún tenía redes sociales, realicé en Instagram un proyecto intermedial bajo ese #, publicando con método un post cada tres días durante tres meses. Después, escribiría una novela entre mi ciudad natal, Salobreña y Praga, la cual llegué a considerar «esencialmente póstuma», rematándola tras cuatro años (2020-2024) y decir «hasta pronto siempre» a la base de mi proyecto como artista: la lírica. En ese durante, tras un instante vital difícil, abordé un texto de crisis en la línea de la Carta de Lord Chandos y el paradigma bartleby, que es la simiente de este proyecto. En ese cuento, de unas veinte carillas + 3 fotografías analógicas (una de ellas incluida en esta exposición), las ideas principales eran la aparición y la desaparición, de lo cual se desprende que en esta muestra de 14 fotografías analógicas haya 7 imágenes habitadas y otras 7 deshabitadas. Aunque tomadas todas ellas en un reconocible Madrid, el personaje principal de aquel relato era un extranjero de sí mismo que busca la redención por medio de la escritura, dentro del escollo social, la configuración psíquica y la figura de una madre ausente, todo ello abordado desde la más terrible de las sinceridades. Es por eso que me parecía importante continuar la senda de ese título omniabarcante que es La participación, y hablar de nuevo de lo que significa el otro en un presente que parece haber olvidado la otredad (y, con ella, la comunidad): nuestro verdadero asidero en el mundo.

Inauguración I (L6 de abril de 2026)

Inauguración II (L6 de abril de 2026)

Faltan, pero vinieron: Federico Ocaña, Matías Costa, Natalia Palomar, Julia García Felipe (y su roomie), Clara, Felipe Crispín y Catalina

26 de marzo de 2026

'UN ESTALLIDO': Memoria de una presentación (Librería Grant, 21 de marzo de 2026)


De izqda. a dcha.: Juan F. Rivero, Álvaro Guijarro, Álvaro López Fernández, Raúl Molina Gil, Juan Gallego Benot, Pablo Baleriola, Javier Vicedo Alós y Laura Rodríguez Díaz

Comenzó la mañana cuando siempre pero más temprano y con calmita, más de la que hubiera imaginado. Yo trabajaba ese sábado 21 de 14:30 a 20:00 en el Museo, Día Mundial de la Poesía, me tocaba, y aunque me concedieron el día y hubiera podido ser/estar en la Librería Grant a las 12:00 (y darme tiempo a disfrutar del evento más o menos para luego marchar desde Lavapiés sobre las 14:00), que es cuando nos citaron para la presentación de Un estallido. Antología de la poesía española 2000-2025 (Cátedra, 2026) a antologados y no —sí, yo soy uno de los 25 nombres de ese proyecto, pero tranquilidad: esto no es una reseña ni un artículo laudatorio, sino una crónica o un gesto de periodismo gonzo—, no quería ir con prisas. Tanto es así que desayuné con Odile, Dan, Helena y críos en el Juan Raro a las 10:30, donde ya vi a alguien del contexto: la brillante Martha Asunción Alonso, con la que hablé un poco y que dedica un poema al grafitero Muelle en dicha Antología.

Una vez allí, en la puerta de la librería y en un ambiente in crescendo del que los responsables de prensa de Cátedra guardan fotos o larga fila, nos repartieron tickets, como en el mercado de abastos, “por temas de aforo”; un tema, justamente, en el que no me quiero meter, porque sólo sé por terceros y no tengo RRSS, que hubo algunos problemas, gente quedándose fuera y un sistema, en general, a revisar. De hecho, Miguel Retana, un amigo, me escribió diciendo que estaba arriba con más amigos míos —Telmo, Federico y Marina, José Tono, Silvia Flechoso, Paz y Ricardo Ranz, Nieves, Diego, Carlo Laurena—, viendo el acto por streaming, un mensaje con un emoticono de llorerías por risa y peteneras acompañado de una imagen de una cinta roja en la escalera de acceso a la planta sótano y galería, que es donde se festejó la poesía de lleno total, con un lateral de asientos, y otro, el izquierdo, de pies. Bajé con mi hermana Silvia y nos pusimos casi al final de la sala ya quedando poco espacio, una imagen recurrente porque, cuando voy con ella al cine, siempre se pone debajo del proyector. No me quité un segundo el sombrero (esto es como lo del botón de la americana al sentarse, lo sé), ya no tanto por Pessoa, que eso siempre, sino por Richard Brautigan, en homenaje a la mala noticia con la que abrió el acto Juan F. Rivero —poeta y editor en Cátedra, responsable máximo de esta Antología junto al estudio crítico, selección, muestra y semblanzas de Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández, estudiosos máximos de este contexto, y por ello figuras de honor—: el fallecimiento de Aníbal Cristobo, ya que el último libro que compré de Kriller71 fue el del bueno de Brautigan, un mito en sí mismo.

Luego, ya empezó la conversación entre Juan, Álvaro y Raúl, así sentados de izquierda a derecha. En ella, se puso en alza la pertinencia de la muestra tomando en consideración que en una fotografía nunca cabe todo el paisaje, razón por la que se citaron algunos nombres no incluidos en la nómina de “lxs 25”; y también se dijo que Juan F. Rivero estaba convocado pero que, por su condición de editor del libro, consideró no participar: todo un gesto. Yo, que soy alto, veía las cabezas y molestaba a los de atrás, y ya antes había podido saludar al bueno de Juan Gallego Benot, al que conocía de un único encuentro en el CBA una tarde-noche, brillante en su Oración en el huerto y también con un pie en el mundo del arte, junto a Pablo Caldera, respetado; y a otras gentes como Bolo, pertinaz organizador de eventos literarios y musicales desde hace unos 500 años, la edad que le dije que yo tenía, a lo que me respondió: “¿Sólo?”. Antes de empezar (volvemos al acto) Juan se acercó a los antologados que estábamos allí en presencia para ver si queríamos leer al final de la conversación a tres, cosa que no estaba pactada hasta ese momento, pero que resultó ser una buena idea porque pude escuchar a Laura Rodríguez Díaz a un palmo —su anuncio, seguido de Las niñas de plata, publicado en Ultramarinos y que obtuvo El Ojo Crítico, me pareció delicioso y ascensional—, preguntarle a Pablo Baleriola cómo se llegaba a Pueblo Lavanda, escuchar con admiración a Benot y cerrar con el bueno de Javier Vicedo Alós, quien fuera compañero en los años de Filosofía en la UCM, que abandoné en favor de la Fotografía y la Literatura, pero que siempre trabaja con Pre-Textos en las ferias y con el que había estado en la última FLM firmando ejemplares de Los últimos y los primeros (mi testamento poético, no en las prosas, que es hacia donde vamos, + el ensayo).

Una vez abierto el diálogo, se habló de uno de los pilares teóricos que sustentan el aparato crítico de Un estallido: la tensión entre las poéticas de corte figurativo frente a las más vanguardistas, que yo diría que en esta edición preponderan, en tanto que avance, o, como diría Julio Fuertes Tarín, “hay proyecto”. Y es que aunque, en términos generales, frente a algún ejemplo “ortodoxo”, la vanguardia suele ir vinculada al concepto de “progreso”, al menos dentro del estilo o la voz de un/a autor/ora dentro de su obra o camino, hablaba con Raúl Molina Gil hace unos meses sobre este tema, regalándole un libro firmado de Felipe Núñez (DEP, febrero de 2026) y, dada la variedad de poéticas, de la que también es síntoma este proyecto del primer cuarto de siglo XXI en España, no llegamos a conclusión fehaciente, aunque sí trajo a colación una reflexión de Helena Pagán (consultada como Vicente Luis Mora o Rafael Banegas Cordero para terminar de afinar el libro): los poetas hoy se mueven por casas editoriales, que son su fuente de prestigio, sean éstas La Bella Varsovia o Letraversal, por poner dos ejemplos muy evidentes, y que hacen las veces de asidero o valor seguro en la traviesa travesía de la lírica lírica. También se leyó el Índice, tan sucinto como vertebral, con líneas como la corporalidad o la (auto)reflexión sobre el lenguaje, después de las poéticas del cambio de siglo, las del principio del todo y la deuda con una generación, la de los nacidos a finales de los 70/principios de los 80 a los que agradecerles mucho, pero que distan de la suerte de fenómeno que viven —vivimos, porque el presente es otro ahora y así lleva siéndolo desde Tenían veinte años y estaban locos (La Bella Varsovia, 2011), crisis 2008-2020, feminismo(s) o las RRSS, el auge editorial economista de editoriales interesadas en la poesía como mercancía, etc.— los poetas nacidos desde María Salgado (1984), lenguajeadora máxima y figura tutelar, hasta la talentosísima María de la Cruz (2000), que cierra la muestra con su Cruzamos por el ras de la montaña, una metáfora de otra de las cuestiones vertebrales de la propuesta: la preeminencia de autoras en la selección.

Y no quiero convertir esto en una autoentrevista, eso sólo lo haría Cravan (al que cité en mi intervención con la mediana broma del recuerdo de aquel poema de Borges, “A un poeta menor de la antología”), pero me he apuntado una serie de frases que para mí resumen cómo me siento con todo esto, así que aquí van: 1) "Porque no es sólo hacer poesía, sino también pensarla"; 2) "Justo cuando me despido de la lírica, llega, para mi felicidad y mi justicia, este acontecimiento"; 3) "No tengo miedo en hablar de generación, y más si es desde el lado de las poéticas más rupturistas"; 4) "La muestra incluye a la que es, para mi conocimiento, la gran escritora de mi quinta, Ángela Segovia, que configuró un Prólogo para un libro mío en un proyecto editorial trascendente y pionero: Cartonera del Escorpión Azul, que dirige el mejor de los editores"; 5) "Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández son los mayores conocedores de la (ya no tan) joven poesía española. Sólo por eso, esta Antología está justificada"; 6) "Mi camino ha ido de la vanguardia al clasicismo, cosa rara, pero la novedad y la música me han hecho jóvenes aún"; 7) “Con este proyecto, hasta mi padre entiende que esto iba en serio”.

Al final, la marcha en La Mancha, en la misma Miguel Servet, hasta la media tarde, donde le pregunté a Elizabeth Duval, a la que llevaba tiempo queriendo conocer en persona, dónde demonios estaban Luna Miguel y Ernesto Castro, porque les echaba de menos; a Rodrigo García Marina le pude saludar también años ha, en los que no hace más que mejorar en todo, según yo sé y sabré; el pintor de retratos más rápidos que conozco, Víctor Gutiérrez Pancorbo, que andaba de un lado para otro; conversación lateral con Mariano Peyrou y Elena Martínez Bavière, al primero aclarándole que con decir que no hablaba con gratuidad de “gratis” sino de “verdad” respecto a mi mirada sobre su literatura, y con la segunda recordándonos que habíamos coincidido ya en el cumpleaños de Cristina Oñoro; y mi amiga Andrea Yoko, que el año pasado vendió su furgoneta para comprarse un Mazda mínimo pero descapotable, llevándome a casa y pasando juntos el resto de la jornada.  

Por añadir un final a esta pequeña crónica vital, sólo diré lo que ya dije delante de los allí presentes antes de homenajear con mi poema en voz alta a Pedro Casariego Córdoba: me ilusiona este estallido, y su eco también me ilusiona demasiado, pero lo hubiera hecho de igual forma si yo no fuera parte de él como lo soy ahora de iure, perteneciendo a una editorial que yo qué sé, pues San Juan, María Zambrano, Cernuda… Y es que, tal vez, sólo había que esperar, esperar, como le decía a una amiga el otro día; años de búsqueda que aquí se encuentran en forma de "una discreta cima".

 
Celebración en La Mancha (Miguel Servet, Lavapiés), con amigos y mi hermana Silvia

4 de marzo de 2026

SE ES COMO SE ESCRIBE, NO SE ESCRIBE COMO SE ES

 

Fotograma de La sangre de un poeta (1932), de Jean Cocteau

Si nos diera en gana aceptar en poesía como herencia más directa y a modo de diagnóstico, todavía, tanto el Romanticismo —los Romanticismos— como las vanguardias históricas o las dos olas modernistas (la hispanoamericana y la anglosajona), en una época cercana a la falsificación y lo maquinal como la que atravesamos en pleno 2026, nos daremos de bruces con una idea: la del “Yo fuerte”, que sus autores y autoras encarnaron tan debidamente, desde Nerval a Emily Dickinson y de Storni a Mayakovski. Esta “opción” trae consigo importantes consecuencias, como la ilación entre el yo biográfico y el yo lírico o la asunción de que el “entre” en el que se sitúa el poeta o la poeta no es ya tanto un “entre” entre lo objetivo y lo subjetivo, ni siquiera entre realidad y mundo, sino más bien, o más primeramente, entre el yo biográfico y el yo lírico. Porque ¿cómo debe ser el poema de una persona sincera, triste o excéntrica? ¿Ha de parecerse o hacer resonar eso que conocemos de aquélla durante el café al leer una determinada pieza suya, ahora elevada a obra artística? La respuesta que ofrezco es: el sujeto lírico empieza sí-o-sí donde acaba el sujeto biográfico, ya que es sólo en la escritura, como código a desentrañar o desentrañado, ejercitado siempre, donde el yo biográfico continúa en el poema o se aleja de él, pero siempre generando una existencia otra, la que se corresponde con el lenguaje. O dicho de una forma más sentenciosa: se es como se escribe, no se escribe como se es.

            Aquí entra otro factor determinante: el estilo, que, como una gramática, tiene que ver con cada configuración psíquica. De hecho, es muy habitual leer a Pizarnik o a Artaud con devoción y encontrarse escribiendo una prosa de ironía ramoniana, por poner un ejemplo. Llamo “estilo” aquí a eso que subyace pese a todo y que se pone de manifiesto como algo único dentro de ese ejercicio al que ya hemos aludido cuando hablábamos de la escritura. Una fuerza originaria que trasciende lecturas e influencias y se inscribe como algo indivisible del sujeto lírico, ya dejado atrás el sujeto biográfico. Es el sujeto biográfico, quien es y no quien escribe, esto es, quien lee a Pizarnik y a Artaud de noche cerrada, quien desea ser escritura; y es el sujeto lírico, de día (o también de anochecida), quien escribe el deseo, transfiriendo la suma de todos los elementos que confluyen en el poema cuando éste es acometido. Así pues, no creo que ninguna influencia quepa u obstaculice en la ecuación yo biográfico-yo lírico, pues hay algo personal en quien escribe, probablemente lo único de ese “yo biográfico” que aún sobrevive en el poema.

            Elevando esta reflexión al contexto de la historiografía literaria actual, creo que pronto estaremos ante un auge del biografismo, debido justamente al desafío creativo que las tecnologías ocupan en nuestra sociedad. Ramas especializadas como la sociocrítica, o la erótica entre los autores y los lectores generada por las diferentes travesías vitales de dichos escritores, cuyas obras muchas veces son o han sido encumbradas por dichos factores biográficos —de Sade a Stella Díaz Varín—, irán creciendo en importancia, y esa máxima de “el texto queda” se me antoja, como contraparte, totalmente insuficiente, debiendo tirar ahora del hilo de un camino vital que justifique, cuanto más exagerado mejor, cuanto más a rebase o complejo, el camino literario en sí mismo. Es por eso por lo que, en el par en que bailamos, ese yo lírico, aunque de facto no se vincule con las características —o con los caracteres, según Aristóteles— del yo biográfico del que parte, pronto le rendirá cuentas, aunque, como ya hemos explorado, no sean lo mismo. Así, auguro biografías, memorias y múltiples “about”, jugándose ahora la partida de la literatura en el terreno de los hechos y los gestos. En este sentido, poco se habla de cómo ha sido escrito un determinado libro, con todos sus pormenores, cuando, por otro lado, tenemos crónicas y “sucesos” de cómo se ha hecho un álbum musical o una película.

            Otra vía alternativa lógica seguida de esta simetría sería el anonimato, que dicha maquinaria a la que hemos aludido facilitará como vía y a la fuerza, pero no se trata aquí de un anonimato de ese yo biográfico “real”, sino de un yo biográfico “artificial”, cosa que se entiende como cuando uno se pregunta quién o quiénes fueron los autores de las pinturas murales de Altamira: nadie y todos, pero alguien. Para el Derecho de Propiedad Intelectual, por ejemplo, y esto es interesante, siempre que haya obra, habrá un autor, más o menos desconocido, y, en último término, anónimo. Dicha anonimia es hoy otra otredad aún por perfilar, pues el poema que pueda generar una IA dadas unas indicaciones es o bien el resultado de un vuelco de potencialidades que un día fueron biográficas en tanto que se rigen por un sistema humanamente concebido o, más bien, un desierto en forma de código donde voces surgen de la nada, artefactos o belleza sin dueño ni autor/ores. Un anonimato, por cierto, no como el del polímata Boris Vian o la Victoria Lucas de La campana de cristal, esto es, destinado a ser descubierto haciendo del nominalismo un juego, sino algo mucho más peligroso: el rostro borroso de nadie o de Nadie, donde tampoco es lícito ya hablar de horizontalidad, sino de Horizontalidad, esto es, de que se una a este espacio cualquiera que disponga de un ordenador y una forma correcta de dirigirse a la máquina. Y cuanto mejor se le hable, mejor para ser alguien o Alguien.

            Cerrando filas, también cabe el término medio: que ni se sea como se escriba ni que se escriba como se es, pero es una opción que desecho no porque sea poco silogística y no sirva para mi cometido de hacer teoría, sino porque habla de una falta de entrega al oficio de la escritura que, al menos yo, no contemplo, pues para mí esta pasión es a todo o nada, a perder o a ganar, porque competir es de mal gusto. A colación de esto, el interés por la teoría está en declive; y añado al crítico las mismas circunstancias en que está delineado el/la poeta del presente que he tratado de esbozar en estas líneas. Preguntarse por qué obtiene una respuesta fácil: somos nosotros ahora los que generamos información sin acudir siempre a las fuentes —ensayos, revistas, publicaciones de alcance, coloquios de importancia—, cada día más desacreditadas e igualmente bajo la sombra de un hacer menos personal, cuyo antónimo, la de la vertebración de los discursos desde un hacer humanísimo es la única vía que puede salvar la revitalización doble o ligazón entre crítica y creación como hechos de sociedad y como fruto, todavía, de la autorreflexión.

            En definitiva, hay trabajo por hacer, hay visiones para contemplar, estructuras que desmantelar. Lo que yo denomino como “la radicalidad del adentro” —tal como me corrigió Belén Gopegui en un club de lectura en una cooperativa de mi barrio a cuya última sesión de un club de lectura acudí de casualidad hace algunas semanas, interviniendo para hablar de “la radicalidad del afuera”, su cara B—, y que es tan propia de nuestros días, un mundo injusto y criminal, debiera obtener como único fruto la posibilidad de generar aún pensamiento y grandes obras elevando esa “radicalidad del adentro” a una posible “horizontalidad verdadera del afuera”, sin olvidarnos de la vida, que hará la diferencia, como ya hemos insinuado. Y sin que eso requiera optar por manosear todavía más la autoficción o llevarlo todo al terreno de las autobiografías; pero sí aceptar el milagro de existir y desvelar en ese milagro los códigos, como hiciera Baudelaire, para crear todavía dejando un camino de espejos detrás de nosotros que sugieran que hubo, en la investigación y en el hecho creativo, saber y tiempo, o una experiencia no como las que se hacen pasar ahora por experiencias, sino verdaderamente vertebrales e iluminadoras. De esta forma, ser como se escribe estará a la altura de la vida y escribir como se es será una ficción negada por la falta de entendimiento que supone que el poema empieza cuando empieza el lenguaje, y así hasta el final de los tiempos.

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Este artículo/comentario/adenda surge como respuesta a la presentación de Palabra de mundo. Intervenciones y entrevistas (2005-2025) (Libros de la Resistencia, 2026), de Antonio Méndez Rubio, el pasado día 24/01/2026 en la tan querida librería madrileña Enclave de Libros. Sirva como diálogo abierto con el autor y los/as allí presentes.