Soy la biznieta de un
genio, tal vez el mayor que haya creado Francia. Sí, personas que
escucháis, Arthur Rimbaud fue mi bisabuelo; y yo una pobre niña
esclavizada por la historia de ese mal hombre. Sobre él se ha dicho
todo, pero no se ha dicho lo que yo vengo a traer en esta carta. Por
otro lado, basta que conozcáis un poco la historia para llamarme
falsa, pues nunca ha sido relatado el amor que mi bisabuelo contrajo
con mi bisabuela en África durante la penúltima década del siglo
XIX, línea de sangre de la cual yo desciendo como un pájaro que
hubiera crecido en una cueva.
Tras nacer en Charleville en el año
1854 y abandonando el padre –capitán de guerra– la casa familiar
cuando Rimbaud tenía sólo seis años, su educación pasó a manos
de su madre, la cual dirigió su sensibilidad con mano férrea. En su
colegio, un humilde edificio cercano al río Meuse, símbolo de su
mitología personal, destacó desde el principio, con trabajos en
latín y ejercicios llamativos para los profesores. De todos ellos,
uno, George Izambard, pasó a ser confidente de los secretos que
latían en su cerebro condenándole a ser el mejor o el peor de los
hombres, y gracias a él pudo leer a Victor Hugo y a los poetas
parnasianos y simbolistas establecidos en París en aquellos días
contiguos a la Comuna. Fruto del deseo de pertenecer a algo, pero
también consciente de su progresivo distanciamiento de todo cuanto
fuera aburrido, envió, durante esos días, cartas y poemas a los
grandes poetas del momento, entre ellos Théodore de Banville o el
mismísimo Paul Verlaine. Con este último, como todos sabéis, mi
bisabuelo mantuvo una relación sentimental oscura como pozo,
dinámica que no les impidió vagabundear felices por París y
después por Europa hasta el disparo que le propició Verlaine a mi
bisabuelo en la mano, sirviendo de fin al trato denso vivido por
ambos. También son conocidas, en este sentido, las primeras fugas de
Charleville a diferentes puntos de las Ardenas, Bélgica o la ya
contemplada París. Él, como después escribiría, fue “un
bruto que no entendía las leyes”; o “un místico en
estado salvaje”, como le definió Paul Claudel. Aquellos días
desembocaron en un instante clave para el reconocimiento de su
identidad. Espíritu malvado pese al deseo de Dios, al cual anhelaba
y cuya pregunta movía su existencia, decide abandonar la escritura,
rebelarse, marchar a África y convertirse en ese hombre “ocioso
y brutal” que él mismo había descrito, sin espacio para la
compasión, en “Una temporada en el Infierno”.
“Una temporada en
el Infierno” es la única obra que él publicó en vida por sus
propios medios. Esta carta, dirigida a la comunidad académica, tiene
como motivo principal el de sacar a la luz una carta del propio
Rimbaud hablando sobre dicha obra y cómo debe ser entendida. Mi
bisabuelo sabía que la historia es el refugio de los inmortales, y
así lo hizo evidente con el carácter panteísta de las llamadas
“Cartas del vidente”, donde expuso su teoría del
desarreglo de los sentidos considerando al poeta como “un ladrón
de fuego”. Es en el marco de esas cartas desde donde debe
entenderse esta “Carta del terror divino”, que aquí
comparto después de haber sido custodiada por las tres generaciones
que me anteceden y cuya repercusión, ya, imaginamos. Sin más, os
entrego:
Harar (Etiopía)
8/2/1884
¿Qué habrá sido de la marea iracunda de mi primera juventud? Yo
me fui. ¡Me fui! Dejé las pesadillas baratas, el falso oro que
secan al aire los burgueses, el panteón idiota de los poetas que no
durarán segundos... Lo hice todo, y desembarqué en este viejo
continente, donde ahora mi cara reluce como el carbón de los Reyes.
Sólo guardo el recuerdo de mi madre, a la que abandoné por triste;
y los ecos en la granja nocturna, donde las aves pasan y pasan para
que, juntos, creamos por fin en la cosmogonía.
¡Mi obra! Dije
adiós a la escritura, hasta no ser hijo del abismo ya; pero quien ha
cruzado el laberinto debe, para morir de verdad, nacer de nuevo. La
esencia es fuerte porque la fuerza se ha convertido en el motivo
último de Dios: ¡así es la encarnación en la rueda! Os afanáis
en que la lógica se disuelva, los perros no ladren y la luz provoque
luz y no su sombra: estáis confundidos. Por eso, y porque no quiero
equívocos respecto a mi grandeza, escribo esta carta, en la que se
explica qué quise con ese librillo diabólico que nació
necesariamente.
"Una temporada en el
Infierno” es una investigación sobre la fe y el negro
ancestral que cubre de barro los cantos de la Biblia, y como toda
investigación que yo he emprendido, supone avances directos en el
hecho literario universal. A ese nivel, y como hice con la invención
del color de las vocales, esta obrita mía crea un género literario
nuevo, e indiscutible: el terror divino.
Jamás seremos libres frente a la condena que propicia Dios,
porque ésta está basada en la hermosura. La belleza es el motor de
cada una de esas páginas, cuyo horizonte tatué en mi cerebro con
tinta indeleble. Lo bello, según como yo lo dispongo, es la razón
más íntima del miedo, de ahí que narre el caso de mi genealogía
robada en “Mala sangre”.
Ese miedo, entendido como sensación y anticipada como concepto ya en
la obra de Horace Walpole, inglés loco al que leí de milagro, se
mezcla entonces con el miedo a la no vinculación con Dios, duelo
presente en “Delirio I”
y “Delirio II”.
Así, ante este doble temor, queda la individuación, puerta de
salida de ambos frentes, y cuyo horizonte es aún más terrorífico
si cabe.
Es evidente también la presencia de los fantasmas que han
acompañado cada una de todas mis visiones, como cuando afirmé que
estábamos “encaminados
al Espíritu”. Lo sobrenatural nos está
aguardando siempre en forma de imágenes lúcidas que hubiéramos
vivido y de las cuales no nos pudiéramos deshacer, porque su
vinculación con lo fisiológico convierte su ser en algo químico,
¡y el cuerpo es el depósito más grande de nuestros recuerdos! Así
deben ser entendidos también los demonios que vivieron en mi
corazón, “fábrica de
Satanás”. Occidente está cansada de sufrir la memoria
de los viejos demonios que construyeron, con dolor, su sangre; y
estas páginas mías integran ese dolor a la vez que lo vinculan con
las supersticiones vivas de Oriente.
Sigo, y avanzo: ¿avanzáis conmigo? “¡Y
todavía es la vida!”, digo al principio de “Noche
del Infierno”. Aquí es donde el terror divino vuelve a
consagrarse como una gran invención, primero mía y después
vuestra. Siempre he vivido bajo el presagio de que la vida nos fue
arrebatada, hasta ser la existencia la única oportunidad que nos ha
dado la Naturaleza para hacer justicia con lo grave del expolio. Lo
divino, entonces, como parte B, es la acción propiciada por el ser
humano ante esa falta. Literariamente, esta ecuación se traduce en
dos conceptos: profecía y confesión, siendo aquel exceso de energía
ante la pregunta y siendo éste falta de ella. Dos respuestas, ¡oh
futuro vigor!, al enigma de los días. De este modo, lo religioso
retorna a la geografía al miedo.
Otro motivo constante es el silencio, antónimo de toda solución.
A lo largo de la obra pareciera que lo que están sucediendo no son
más que ecos, idea que trabajé a través de la idea del grito:
“¡Hambre, sed, gritos, danza,
danza, danza, danza!”. Hay que hablar para callarlo todo;
hay que nombrarlo todo para que las cosas puedan darse por
desaparecidas. Pilares de mi alquimia, estos procedimientos funcionan
como joyería o método: “Me
habitué a la alucinación simple: veía con toda precisión una
mezquita en vez de una fábrica, […], un salón en el fondo de un
lago”. Como un tierno desgraciado, yo siempre supe
saludar a las cosas idiotas, y fui consciente de que los objetos
contienen un límite de voz. Ese espacio no es otro que el área que
les es otorgada a los poetas.
Sé que os gusta reír ante lo despiadado y lo vacío, pero la
idea del terror divino estaba también presente cuando elegí el
título de “Canción de la más
alta torre”, donde se habla de una era dulce y por
llegar: “¡Que llegue, que
venga / el tiempo que nos prenda!”. Siempre tuve presente
nuestra tetralogía sagrada (muro, huerto, pozo y templo) al componer
mis textos y, en ese mapa, afán divino, la torre es el paso hacia lo
ignoto cuando el desierto insulta. Es, también, una metáfora del
contacto entre dos tiempos: el tiempo de la vida y el del deseo.
En lo relativo a mi género nuevo relacionado con los géneros
literarios mayores: ¡cumplo con todo! Podéis dejaros llevar
apaciguadamente por cada uno de los hechos legendarios que traen mis
pasajes como una épica, siendo siempre ineludibles para relatar mis
hazañas; cumplir con la lírica atendiendo a la gravedad de mis
emociones, al no haber sentido nadie como yo; y presenciar, como si
el teatro fuera una iglesia, diálogos picudos que ponen en alerta a
los espíritus sensibles hasta la purga final,“¡Adiós!”,
cierre de esta colección de textos ebrios. Igualmente, hay
definiciones más pequeñas dentro de las definiciones mayores, hasta
hacer yo églogas como si fuesen odas: “Pero
para qué añorar un sol eterno, cuando nos encontramos comprometidos
a descubrir la claridad divina”; así como cancioncillas
(“¡Volvió a encontrársela!
/ ¿Qué? La eternidad. / Es el sol mezclado / con el mar.”)
complementarias a los himnos imposibles (“¡El
aire del Infierno no tolera himnos!”).
Preocupado por el yo, y siendo Baudelaire un dios, es obligada la
disolución del poeta: “Así,
amé a un cerdo”. El poeta debe extraer de la
representación unos códigos que, después de ser tamizados por la
razón, se devuelvan a la representación como nuevos, a través de
la palabra. El yo lírico, en el terror divino, adquiere entonces la
forma crítica de un mediador; alguien que ha conseguido, mediante el
embrutecimiento, un conocer
verdadero acerca de los enigmas que laten en el mundo. Para
este proceso se debe hablar y sentir como lo hace un dios (“veía
con su idea el cielo
azul”), hasta forjar una lógica de carácter totalizador; al mismo
tiempo, el poeta debe asumir una idea similar a la del niño-monstruo.
A nivel formal, siempre cumplo con la idea del equilibrio. Sí,
sé que es un término un poco astral, pero creedme cuando os digo
que cada palabra supone un peso. La alquimia del verbo se hace, según
ese parámetro, pintura. Esa “ausencia
de facultades descriptivas o instructivas” en el escritor
que abre “Una temporada en el
Infierno” después de nombrar y situar a la Belleza, no
es más que el resultado de esta teoría del equilibrio mía, la cual
hace imposible una confusión de los elementos contemplados en
cualquier frase o verso. Como el pintor, ¡oh salones!, mi paleta
siempre está tierna; y atenta a no confundirse. A este nivel, la
intuición no es elegida.
Dentro de la religión: ¿alguna vez salimos de ella? Yo no quise
sino trasladar lo eminente de las pruebas que atan y desatan los
saltos heroicos, la cadena mortal de los acontecimientos. Como el
viejo paralítico, como la bruja cuyo saber nos dignifica, el terror
divino es semántico en esencia; y también lógico: mi propósito
fue crear un libro que nos contuviera. Como dije sobre la locura:
“conozco el sistema”;
y la experiencia de la religión, ¡para vosotros mesiánica!, es
como un órgano que despertara, cada mañana, a la humanidad, que
aguarda en tierna espera.
Sobre la horizontalidad o verticalidad del texto: sopor ante la
horizontalidad (“[...] exclama
el Eclesiastés moderno, es decir, Todo el mundo”) y
guerra de la verticalidad (“¡No!
¡No! ¡Ahora me rebelo contra la muerte!”). Nuestra
relación con Dios siempre ha sido sinónimo de vértigo, pero si yo
he llegado tan lejos y a mi antojo, ¿por qué otros no? Sólo
advierto la distinción entre dioses y hombres en términos de
materia y tiempo. Así, cuando he de pensar en mis proezas, pienso en
lo terrorífico que debe ser carecer de alguno de esos dos
caracteres. Parece que los dioses son más fuertes y cuentan con un
mayor arsenal, llegando a darse por perdida de antemano una guerra
entre ellos y nosotros; pero nosotros nos debemos al sentido, y en
esa línea no hay quien gane a un ser fuerte. Que yo haya conseguido
esta fuerza no significa, tampoco, que todos podáis, jijiji. Yo soy
un investigador y, aunque ahora me permita reír porque sé que vencí
por un instante, el tiempo, al alargarse, hace de todo una pesadilla.
De ahí el título de mi obrita perfecta: “Una
TEMPORADA en el Infierno”. El tiempo, como la libertad,
sólo se puede considerar en base a lo real; si no, estaríamos ante
la indeterminación.
Por último, los dos conceptos en igual canción: el terror de lo
divino y lo divino del terror. Par dialéctico, esconde su vínculo
el mayor de mis secretos, motivo de mi lírica, razón de que
abandonara la escritura: Dios existe, pero es malvado (y su réplica:
el mal es sinónimo de Dios). El cierre del libro (“y
me será posible poseer la verdad en un alma y un cuerpo”)
hace notar que el alma es Dios y el cuerpo el mal; y que yo he
llegado a la solución y vivencia última de ambas. ¿Quién, tras
conocer lo que es imposible conocer, conocerá de igual manera?
Id, entonces.
ARTHUR RIMBAUD
Esclarecedor, creo.
Todos sabemos, hoy, en pleno 2018, la innegable aportación de
Rimbaud a la historiografía literaria. Los poetas surrealistas
identificaron el poder cognitivo que habitaba en el fondo de su
gramática (entendiendo “gramática” como “sistema”),
rescatándolo del olvido; una gramática del sentir, con origen en la
vida y devuelta a la vida como acontecimiento nuevo. Después, en los
años 60 del siglo XX, el movimiento beat encontraría en él la
figura perfecta como símbolo de insurrección en un momento
histórico que prometía poco la idea de progreso. Pier Paolo
Pasolini, sensibilidad única, también bebería de su imaginario,
estando presente en películas como “Teorema”. En definitiva, la
alquimia que conquistó con tanto sufrimiento sigue dando soluciones
a los nuevos poetas y parece que las seguirá dando, siendo como es
sinónimo de juventud y fuerza.
Al final no os he hablado de mí, pero tampoco importa; y menos
frente a este documento.
Cuando os decía al principio de esta carta que había vivido
“esclavizada” por la historia de mi bisabuelo, no mentía; pero
las historias tristes, como la mía, a veces hay que dejarlas de
lado.
Sólo os diré que ojalá no tengáis que vivir bajo la idea de
alguien con tanto poder como el suyo, porque no sabéis cómo puede
llegar a disolverse y confundirse alguien con aquel que te nombra.
