1 de agosto de 2026
NUEVO: 'Una lucidez desconocida (Pantemas)' (Ediciones del 4 de agosto, 2026)
6 de abril de 2026
'LA PARTICIPACIÓN': Una exposición de fotografía analógica (+ algunos textos) en el Bar El Rincón (C/ Espíritu Santo, 26, Malasaña), abril-mayo de 2026
Hubo un tiempo en que rondaba
por mi cabeza la posibilidad de titular a todos los proyectos que fuera
acometiendo en el futuro, por muy diversos que fueran, bajo un mismo título: La
participación. No en vano, cuando aún tenía redes sociales, realicé en
Instagram un proyecto intermedial bajo ese #, publicando con método un post
cada tres días durante tres meses. Después, escribiría una novela entre mi ciudad natal,
Salobreña y Praga, la cual llegué a considerar «esencialmente póstuma», rematándola
tras cuatro años (2020-2024) y decir «hasta pronto siempre» a la base de mi
proyecto como artista: la lírica. En ese durante, tras un instante vital difícil,
abordé un texto de crisis en la línea de la Carta de Lord Chandos y el
paradigma bartleby, que es la simiente de este proyecto. En ese cuento, de unas
veinte carillas + 3 fotografías analógicas (una de ellas incluida en esta
exposición), las ideas principales eran la aparición y la desaparición, de lo
cual se desprende que en esta muestra de 14 fotografías analógicas haya 7
imágenes habitadas y otras 7 deshabitadas. Aunque tomadas todas ellas en un
reconocible Madrid, el personaje principal de aquel relato era un extranjero de
sí mismo que busca la redención por medio de la escritura, dentro del escollo
social, la configuración psíquica y la figura de una madre ausente, todo ello
abordado desde la más terrible de las sinceridades. Es por eso que me parecía
importante continuar la senda de ese título omniabarcante que es La
participación, y hablar de nuevo de lo que significa el otro en un presente
que parece haber olvidado la otredad (y, con ella, la comunidad): nuestro
verdadero asidero en el mundo.
Faltan, pero vinieron: Federico Ocaña, Matías Costa, Natalia Palomar, Julia García Felipe (y su roomie), Clara, Felipe Crispín y Catalina
26 de marzo de 2026
'UN ESTALLIDO': Memoria de una presentación (Librería Grant, 21 de marzo de 2026)
Comenzó la mañana cuando siempre
pero más temprano y con calmita, más de la que hubiera imaginado. Yo trabajaba
ese sábado 21 de 14:30 a 20:00 en el Museo, Día Mundial de la Poesía, me
tocaba, y aunque me concedieron el día y hubiera podido ser/estar en la
Librería Grant a las 12:00 (y darme tiempo a disfrutar del evento más o menos
para luego marchar desde Lavapiés sobre las 14:00), que es cuando nos citaron
para la presentación de Un estallido. Antología de la poesía española 2000-2025 (Cátedra, 2026) a antologados y no —sí, yo soy
uno de los 25 nombres de ese proyecto, pero tranquilidad: esto no es una reseña
ni un artículo laudatorio, sino una crónica o un gesto de periodismo gonzo—, no
quería ir con prisas. Tanto es así que desayuné con Odile, Dan, Helena y críos
en el Juan Raro a las 10:30, donde ya vi a alguien del contexto: la brillante
Martha Asunción Alonso, con la que hablé un poco y que dedica un poema al
grafitero Muelle en dicha Antología.
Una vez allí, en la puerta de la
librería y en un ambiente in crescendo del que los
responsables de prensa de Cátedra guardan fotos o larga fila, nos repartieron
tickets, como en el mercado de abastos, “por temas de aforo”; un tema,
justamente, en el que no me quiero meter, porque sólo sé por terceros y no
tengo RRSS, que hubo algunos problemas, gente quedándose fuera y un sistema, en
general, a revisar. De hecho, Miguel Retana, un amigo, me escribió diciendo que
estaba arriba con más amigos míos —Telmo, Federico y Marina, José Tono, Silvia
Flechoso, Paz y Ricardo Ranz, Nieves, Diego, Carlo Laurena—, viendo el acto
por streaming, un mensaje con un emoticono de llorerías por risa y
peteneras acompañado de una imagen de una cinta roja en la escalera de acceso a
la planta sótano y galería, que es donde se festejó la poesía de lleno total,
con un lateral de asientos, y otro, el izquierdo, de pies. Bajé con mi hermana
Silvia y nos pusimos casi al final de la sala ya quedando poco espacio, una
imagen recurrente porque, cuando voy con ella al cine, siempre se pone debajo
del proyector. No me quité un segundo el sombrero (esto es como lo del botón de
la americana al sentarse, lo sé), ya no tanto por Pessoa, que eso siempre, sino
por Richard Brautigan, en homenaje a la mala noticia con la que abrió el acto
Juan F. Rivero —poeta y editor en Cátedra, responsable máximo de esta Antología junto
al estudio crítico, selección, muestra y semblanzas de Raúl Molina Gil y Álvaro
López Fernández, estudiosos máximos de este contexto, y por ello figuras de
honor—: el fallecimiento de Aníbal Cristobo, ya que el último libro que compré
de Kriller71 fue el del bueno de Brautigan, un mito en sí mismo.
Luego, ya empezó la conversación
entre Juan, Álvaro y Raúl, así sentados de izquierda a derecha. En ella, se
puso en alza la pertinencia de la muestra tomando en consideración que en una
fotografía nunca cabe todo el paisaje, razón por la que se citaron algunos
nombres no incluidos en la nómina de “lxs 25”; y también se dijo que Juan F.
Rivero estaba convocado pero que, por su condición de editor del libro,
consideró no participar: todo un gesto. Yo, que soy alto, veía las cabezas y
molestaba a los de atrás, y ya antes había podido saludar al bueno de Juan
Gallego Benot, al que conocía de un único encuentro en el CBA una tarde-noche,
brillante en su Oración en el huerto y también con un pie en
el mundo del arte, junto a Pablo Caldera, respetado; y a otras gentes como
Bolo, pertinaz organizador de eventos literarios y musicales desde hace unos
500 años, la edad que le dije que yo tenía, a lo que me respondió: “¿Sólo?”.
Antes de empezar (volvemos al acto) Juan se acercó a los antologados que
estábamos allí en presencia para ver si queríamos leer al final de la
conversación a tres, cosa que no estaba pactada hasta ese momento, pero que
resultó ser una buena idea porque pude escuchar a Laura Rodríguez Díaz a un
palmo —su anuncio, seguido de Las niñas de plata,
publicado en Ultramarinos y que obtuvo El Ojo Crítico, me pareció delicioso y
ascensional—, preguntarle a Pablo Baleriola cómo se llegaba a Pueblo Lavanda,
escuchar con admiración a Benot y cerrar con el bueno de Javier Vicedo Alós,
quien fuera compañero en los años de Filosofía en la UCM, que abandoné en favor
de la Fotografía y la Literatura, pero que siempre trabaja con Pre-Textos en
las ferias y con el que había estado en la última FLM firmando ejemplares
de Los últimos y los primeros (mi testamento poético, no en
las prosas, que es hacia donde vamos, + el ensayo).
Una vez abierto el diálogo, se
habló de uno de los pilares teóricos que sustentan el aparato crítico de Un
estallido: la tensión entre las poéticas de corte figurativo frente a las
más vanguardistas, que yo diría que en esta edición preponderan, en tanto que
avance, o, como diría Julio Fuertes Tarín, “hay proyecto”. Y es que aunque, en
términos generales, frente a algún ejemplo “ortodoxo”, la vanguardia suele ir
vinculada al concepto de “progreso”, al menos dentro del estilo o la voz de
un/a autor/ora dentro de su obra o camino, hablaba con Raúl Molina Gil hace
unos meses sobre este tema, regalándole un libro firmado de Felipe Núñez (DEP,
febrero de 2026) y, dada la variedad de poéticas, de la que también es síntoma
este proyecto del primer cuarto de siglo XXI en España, no llegamos a
conclusión fehaciente, aunque sí trajo a colación una reflexión de Helena Pagán
(consultada como Vicente Luis Mora o Rafael Banegas Cordero para terminar de
afinar el libro): los poetas hoy se mueven por casas editoriales, que son su
fuente de prestigio, sean éstas La Bella Varsovia o Letraversal, por poner dos
ejemplos muy evidentes, y que hacen las veces de asidero o valor seguro en la
traviesa travesía de la lírica lírica. También se leyó el Índice, tan sucinto
como vertebral, con líneas como la corporalidad o la (auto)reflexión sobre el
lenguaje, después de las poéticas del cambio de siglo, las del principio del
todo y la deuda con una generación, la de los nacidos a finales de los
70/principios de los 80 a los que agradecerles mucho, pero que distan de la
suerte de fenómeno que viven —vivimos, porque el presente es otro ahora y así
lleva siéndolo desde Tenían veinte años y estaban locos (La
Bella Varsovia, 2011), crisis 2008-2020, feminismo(s) o las RRSS, el auge
editorial economista de editoriales interesadas en la poesía como mercancía,
etc.— los poetas nacidos desde María Salgado (1984), lenguajeadora máxima y
figura tutelar, hasta la talentosísima María de la Cruz (2000), que cierra la
muestra con su Cruzamos por el ras de la montaña, una metáfora
de otra de las cuestiones vertebrales de la propuesta: la preeminencia de
autoras en la selección.
Y no quiero convertir esto en una autoentrevista, eso sólo lo haría Cravan (al que cité en mi intervención con la mediana broma del recuerdo de aquel poema de Borges, “A un poeta menor de la antología”), pero me he apuntado una serie de frases que para mí resumen cómo me siento con todo esto, así que aquí van: 1) "Porque no es sólo hacer poesía, sino también pensarla"; 2) "Justo cuando me despido de la lírica, llega, para mi felicidad y mi justicia, este acontecimiento"; 3) "No tengo miedo en hablar de generación, y más si es desde el lado de las poéticas más rupturistas"; 4) "La muestra incluye a la que es, para mi conocimiento, la gran escritora de mi quinta, Ángela Segovia, que configuró un Prólogo para un libro mío en un proyecto editorial trascendente y pionero: Cartonera del Escorpión Azul, que dirige el mejor de los editores"; 5) "Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández son los mayores conocedores de la (ya no tan) joven poesía española. Sólo por eso, esta Antología está justificada"; 6) "Mi camino ha ido de la vanguardia al clasicismo, cosa rara, pero la novedad y la música me han hecho jóven aún"; 7) “Con este proyecto, hasta mi padre entiende que esto iba en serio”.
Al final, la marcha en La Mancha,
en la misma Miguel Servet, hasta la media tarde, donde le pregunté a Elizabeth
Duval, a la que llevaba tiempo queriendo conocer en persona, dónde demonios
estaban Luna Miguel y Ernesto Castro, porque les echaba de menos; a Rodrigo
García Marina le pude saludar también años ha, en los que no hace más que
mejorar en todo, según yo sé y sabré; el pintor de retratos más rápidos que
conozco, Víctor Gutiérrez Pancorbo, que andaba de un lado para otro;
conversación lateral con Mariano Peyrou y Elena Martínez Bavière, al primero
aclarándole que con decir que no hablaba con gratuidad de “gratis” sino de
“verdad” respecto a mi mirada sobre su literatura, y con la segunda
recordándonos que habíamos coincidido ya en el cumpleaños de Cristina Oñoro; y
mi amiga Andrea Yoko, que el año pasado vendió su furgoneta para comprarse un
Mazda mínimo pero descapotable, llevándome a casa y pasando juntos el resto de
la jornada.
Por añadir un final a esta pequeña
crónica vital, sólo diré lo que ya dije delante de los allí presentes antes de
homenajear con mi poema en voz alta a Pedro Casariego Córdoba: me ilusiona este
estallido, y su eco también me ilusiona demasiado, pero lo hubiera hecho de
igual forma si yo no fuera parte de él como lo soy ahora de iure,
perteneciendo a una editorial que yo qué sé, pues San Juan, María Zambrano,
Cernuda… Y es que, tal vez, sólo había que esperar, esperar, como le decía a
una amiga el otro día; años de búsqueda que aquí se encuentran en forma de
"una discreta cima".
4 de marzo de 2026
SE ES COMO SE ESCRIBE, NO SE ESCRIBE COMO SE ES
Si nos diera en gana aceptar en
poesía como herencia más directa y a modo de diagnóstico, todavía, tanto el
Romanticismo —los Romanticismos— como las vanguardias históricas o las dos olas
modernistas (la hispanoamericana y la anglosajona), en una época cercana a la
falsificación y lo maquinal como la que atravesamos en pleno 2026, nos daremos
de bruces con una idea: la del “Yo fuerte”, que sus autores y autoras encarnaron
tan debidamente, desde Nerval a Emily Dickinson y de Storni a Mayakovski. Esta
“opción” trae consigo importantes consecuencias, como la ilación entre el yo biográfico
y el yo lírico o la asunción de que el “entre” en el que se sitúa el poeta o la
poeta no es ya tanto un “entre” entre lo objetivo y lo subjetivo, ni siquiera
entre realidad y mundo, sino más bien, o más primeramente, entre el yo biográfico
y el yo lírico. Porque ¿cómo debe ser el poema de una persona sincera, triste o
excéntrica? ¿Ha de parecerse o hacer resonar eso que conocemos de aquélla durante
el café al leer una determinada pieza suya, ahora elevada a obra artística? La
respuesta que ofrezco es: el sujeto lírico empieza sí-o-sí donde acaba el
sujeto biográfico, ya que es sólo en la escritura, como código a desentrañar o
desentrañado, ejercitado siempre, donde el yo biográfico continúa en el
poema o se aleja de él, pero siempre generando una existencia otra, la
que se corresponde con el lenguaje. O dicho de una forma más sentenciosa: se es
como se escribe, no se escribe como se es.
Aquí
entra otro factor determinante: el estilo, que, como una gramática, tiene que
ver con cada configuración psíquica. De hecho, es muy habitual leer a Pizarnik
o a Artaud con devoción y encontrarse escribiendo una prosa de ironía
ramoniana, por poner un ejemplo. Llamo “estilo” aquí a eso que subyace pese
a todo y que se pone de manifiesto como algo único dentro de ese ejercicio
al que ya hemos aludido cuando hablábamos de la escritura. Una fuerza
originaria que trasciende lecturas e influencias y se inscribe como algo
indivisible del sujeto lírico, ya dejado atrás el sujeto biográfico. Es el
sujeto biográfico, quien es y no quien escribe, esto es, quien lee a Pizarnik y
a Artaud de noche cerrada, quien desea ser escritura; y es el sujeto
lírico, de día (o también de anochecida), quien escribe el deseo,
transfiriendo la suma de todos los elementos que confluyen en el poema cuando éste
es acometido. Así pues, no creo que ninguna influencia quepa u obstaculice en
la ecuación yo biográfico-yo lírico, pues hay algo personal en quien escribe,
probablemente lo único de ese “yo biográfico” que aún sobrevive en el poema.
Elevando
esta reflexión al contexto de la historiografía literaria actual, creo que
pronto estaremos ante un auge del biografismo, debido justamente al desafío
creativo que las tecnologías ocupan en nuestra sociedad. Ramas especializadas
como la sociocrítica, o la erótica entre los autores y los lectores generada
por las diferentes travesías vitales de dichos escritores, cuyas obras muchas
veces son o han sido encumbradas por dichos factores biográficos —de Sade a Stella
Díaz Varín—, irán creciendo en importancia, y esa máxima de “el texto queda” se
me antoja, como contraparte, totalmente insuficiente, debiendo tirar ahora del
hilo de un camino vital que justifique, cuanto más exagerado mejor,
cuanto más a rebase o complejo, el camino literario en sí mismo. Es por eso por
lo que, en el par en que bailamos, ese yo lírico, aunque de facto no se
vincule con las características —o con los caracteres, según Aristóteles— del
yo biográfico del que parte, pronto le rendirá cuentas, aunque, como ya hemos
explorado, no sean lo mismo. Así, auguro biografías, memorias y múltiples “about”,
jugándose ahora la partida de la literatura en el terreno de los hechos y los
gestos. En este sentido, poco se habla de cómo ha sido escrito un determinado
libro, con todos sus pormenores, cuando, por otro lado, tenemos crónicas y “sucesos”
de cómo se ha hecho un álbum musical o una película.
Otra
vía alternativa lógica seguida de esta simetría sería el anonimato, que dicha
maquinaria a la que hemos aludido facilitará como vía y a la fuerza, pero
no se trata aquí de un anonimato de ese yo biográfico “real”, sino de un yo
biográfico “artificial”, cosa que se entiende como cuando uno se pregunta quién
o quiénes fueron los autores de las pinturas murales de Altamira: nadie y
todos, pero alguien. Para el Derecho de Propiedad Intelectual, por ejemplo, y
esto es interesante, siempre que haya obra, habrá un autor, más o menos
desconocido, y, en último término, anónimo. Dicha anonimia es hoy otra otredad
aún por perfilar, pues el poema que pueda generar una IA dadas unas
indicaciones es o bien el resultado de un vuelco de potencialidades que un día
fueron biográficas en tanto que se rigen por un sistema humanamente concebido o,
más bien, un desierto en forma de código donde voces surgen de la nada,
artefactos o belleza sin dueño ni autor/ores. Un anonimato, por cierto, no como
el del polímata Boris Vian o la Victoria Lucas de La campana de cristal,
esto es, destinado a ser descubierto haciendo del nominalismo un juego, sino
algo mucho más peligroso: el rostro borroso de nadie o de Nadie, donde tampoco
es lícito ya hablar de horizontalidad, sino de Horizontalidad, esto es, de que
se una a este espacio cualquiera que disponga de un ordenador y una forma
correcta de dirigirse a la máquina. Y cuanto mejor se le hable, mejor para ser
alguien o Alguien.
Cerrando
filas, también cabe el término medio: que ni se sea como se escriba ni que se
escriba como se es, pero es una opción que desecho no porque sea poco
silogística y no sirva para mi cometido de hacer teoría, sino porque habla de
una falta de entrega al oficio de la escritura que, al menos yo, no contemplo,
pues para mí esta pasión es a todo o nada, a perder o a ganar, porque competir
es de mal gusto. A colación de esto, el interés por la teoría está en declive;
y añado al crítico las mismas circunstancias en que está delineado el/la poeta del
presente que he tratado de esbozar en estas líneas. Preguntarse por qué obtiene
una respuesta fácil: somos nosotros ahora los que generamos información sin
acudir siempre a las fuentes —ensayos, revistas, publicaciones de alcance, coloquios
de importancia—, cada día más desacreditadas e igualmente bajo la sombra de un hacer
menos personal, cuyo antónimo, la de la vertebración de los discursos desde un
hacer humanísimo es la única vía que puede salvar la revitalización doble
o ligazón entre crítica y creación como hechos de sociedad y como fruto,
todavía, de la autorreflexión.
En
definitiva, hay trabajo por hacer, hay visiones para contemplar, estructuras
que desmantelar. Lo que yo denomino como “la radicalidad del adentro” —tal como
me corrigió Belén Gopegui en un club de lectura en una cooperativa de mi barrio
a cuya última sesión de un club de lectura acudí de casualidad hace algunas
semanas, interviniendo para hablar
de “la radicalidad del afuera”, su cara B—, y que es tan propia de
nuestros días, un mundo injusto y criminal, debiera obtener como único fruto la
posibilidad de generar aún pensamiento y grandes obras elevando esa
“radicalidad del adentro” a una posible “horizontalidad verdadera del afuera”,
sin olvidarnos de la vida, que hará la diferencia, como ya hemos insinuado. Y
sin que eso requiera optar por manosear todavía más la autoficción o llevarlo
todo al terreno de las autobiografías; pero sí aceptar el milagro de existir y
desvelar en ese milagro los códigos, como hiciera Baudelaire, para crear
todavía dejando un camino de espejos detrás de nosotros que sugieran que hubo,
en la investigación y en el hecho creativo, saber y tiempo, o una experiencia
no como las que se hacen pasar ahora por experiencias, sino verdaderamente
vertebrales e iluminadoras. De esta forma, ser como se escribe estará a la
altura de la vida y escribir como se es será una ficción negada por la falta de
entendimiento que supone que el poema empieza cuando empieza el lenguaje, y así
hasta el final de los tiempos.
_______________________
Este
artículo/comentario/adenda surge como respuesta a la presentación de Palabra de mundo.
Intervenciones y entrevistas (2005-2025) (Libros de la Resistencia, 2026),
de Antonio Méndez Rubio, el pasado día 24/01/2026 en la tan querida librería madrileña
Enclave de Libros. Sirva como diálogo abierto con el autor y los/as allí presentes.
12 de enero de 2025
LA PUESTA EN ALZA DEL PRIMER POUND FRENTE AL SEGUNDO: La belleza iniciática de 'Personae' y los 'Cantos', o fin del hacedor execrable
Decidí que a los treinta años sabría sobre poesía más
que nadie.
EZRA POUND, “How I began”, en T.P.’s Weekly (junio de 1913)
Para la pequeña
investigación o propuesta de espíritu comparatista que ahora iniciamos, partimos
de la premisa de que hay dos autores en uno, como ha sucedido, o la Academia ha
hecho suceder, con muchos autores y autoras a lo largo de la historiografía
literaria (y también en otras disciplinas o ramas del saber), en este caso Ezra
Pound (1885-1972), mentor del imagismo –escuela en favor del estilo claro y la
precisión en el empleo de imágenes– y, en términos más cenitales, del
modernismo anglosajón. Intelectual, poeta y execrable defensor del fascismo en
sus últimos años bajo la luz de la psiquiatría, también fue crítico, labor que
dejaremos de lado, aunque no del todo, y que se puede rastrear en su ABC
of Reading (1934) o en sus Literary Essays (1935), seleccionados por
T. S. Eliot, quien dedicó a Pound –para él, “Il miglior fabbro”– su
revolucionario poema The Waste Land (1922) en un año clave para la
literatura mundial, con Trilce y Ulises. De este modo, el primero
de los dos ciclos vendría a ser el del autor de Personae (1908-1920), escrito
por el autor en su época londinense y donde ya investigaría la inclusión de ciertas
tradiciones, como la latina, la provenzal o la oriental, desarrolladas de forma
exponencial y definitiva en su obra posterior, y que a veces se subtitula con
la nomenclatura Los poemas breves. Menos canónico, en él destacan las
colecciones de Cathay (1915) y Lustra (1916); y, si hablamos de
virtudes literarias, la exactitud, un manejo total de las formas poéticas y una
erudición en camino. En camino a la que será su segunda etapa, más consensuada
por la crítica sea cual sea su ámbito y en alta o baja cultura: la de la
elaboración de los Cantos, para algunos el poema épico más importante
del siglo XX y cuya escritura tardó más de cincuenta años en acometer hasta
morir solo y loco en Venecia. Y es que este acercamiento constructivo quiere
rebajar la atención sobre la capitalidad de una obra como los Cantos
que, aunque basada en la intertextualidad en grado sumo y sin duda con logros
en nada despreciables, es hermética, vertical, cerrada y enferma subjetivamente
por quien la escribe o la copia; no como pasa con los excelentes poemas de Personae,
donde el poeta ambicioso que ya entonces era Ezra Pound todavía nos deja llegar
a él sin manuales como los que proliferan para acercarnos bien a su
trabajo, textos que ante todo se apoyan en una mirada humanística, armónica y
bella, a modo de pequeños gestos histórico-íntimos y recursos por llegar como el encaje cubista: un lenguaje sin encriptar como
sí ya en los Cantos.
Haciendo acopio de textos que nos sirvan de modelo, y
para connotar de forma esencial ambas etapas o épocas del autor, leamos el
primer poema de la producción de Pound, que, al contrario que como le pasó a Jorge
Luis Borges con Fervor de Buenos Aires (1923), no anticipa, como sí le
pasó a él o le dijo pasar, su obra futura, y en versión de Guillermo Rousset
Banda, que es la edición base que manejaremos de Personae publicada en
México en 1981 en la Editorial Domés, con posfacio de Juan José Arreola:
TRENOS
Nunca más el
suspiro leve.
Nunca más los vientos
turbarán en el crepúsculo.
Mirad a la belleza
muerta!
Nunca más arderé.
Nunca más el
aleteo
que zumbaba encima.
Mirad a la belleza
muerta!
Nunca más me
desollará el deseo,
nunca más el
temblor
al encuentro de
mis manos.
Mirad a la belleza
muerta!
Nunca más el vino
de los labios,
Nunca más el
saber.
Mirad a la belleza
muerta!
Nunca más el
torrente,
nunca más el punto
de la cita
(mirad a la
belleza muerta!)
Tintagoel.
(1908)
Y ahora coloquemos en contraposición o como (im)posible diálogo
un fragmento del que es uno de los principales cantos de la obra considerada
magna: el “Canto XLV”, en relación con la usura, concepto clave en su obra
aunque haya quienes hayan aducido que el acercamiento del poeta a la economía
fue más metafórico que sabio o estudiado, y para el que elegiremos
la edición bilingüe de Javier Coy con traducción de José Vázquez Amaral y
apéndice de Archie Henderson (Cátedra), contenido en el Tomo I (de tres):
CANTO
XLV
[…]
Usura es un ántrax, usura
mella la aguja en las manos de la muchacha
y detiene la pericia del que hila. Pietro
Lombardo
no vino por usura
ni Pier della Francesca; Zuan Bellin’ no
por usura
ni pintóse “La Calunnia”
Angelico no vino por usura, no vino
Ambrogio Praedis
No vino iglesia de piedra cincelada
firmada: Adamo
me fecit
No por usura St. Trophime
No por usura Saint Hilaire
Usura oxida el cincel
Oxida el oficio y al artesano
Roe los hilos del telar
Nadie aprende a tejer oro en su dibujo;
El azur tiene una llaga por usura; el
carmesí sin bordar se queda
El esmeralda a ningún Memling tiene
[…]
¿Diferencias, cierto? Y para colmo, lo único que los
vincula es el uso de la referencia culturalista con la que Pound cierra de
forma muy enigmática su poema “Trenos” frente a todas las demás
que hallamos en el “Canto XLV”. Un culturalismo de aporte o matiz en el caso
del primer poema y de laberinto o desfiguración en el caso segundo, donde ya no
es que se nos solicite como ese “lector modelo” al que eludía Umberto Eco, sino que, como ya hemos
apuntado, la lógica que vincula dichas referencias es, en cierto grado,
paranoica, hasta tornarse inaccesible. Ya no es que Tintagoel sea una metáfora
–o en este caso, un espacio metafórico: una aldea inglesa ligada con la leyenda del Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda– que nos sirva de ilustración a lo que
se ha escrito para ampliar su sentido, sino que, en el caso del estudioso
de la usura, todas esas referencias son catalogables, y se disponen en el poema
con un valor torrencial que impide una interpretación concreta y razonada, o
sólo para aquellos que tienen a mano el Finnegans Wake. Por lo demás,
también es significativo el tempo de cada poema, siendo el primero más calmado
–pese a las exclamaciones, incluso–; y el segundo claramente nervioso o como
hecho con prisa (u hoy, como por una máquina).
Es también notoria la anáfora con carácter de manifiesto à la vanguardias históricas del primer poema de Pound: “Mirad a la belleza muerta!”, que funciona a modo de máxima y muy anticipadamente; así como el espacio para una intimidad personal que se relaciona con los imaginarios de la bohemia crepuscular: “Nunca más el vino de los labios, / Nunca más el saber”, y que bien podría relacionarse con la mención al “azur” que hace Pound, color estrechamente ligado con los movimientos literarios de finales del XIX como el decadentismo, el parnasianismo o el simbolismo, Baudelaire a la cabeza. Hay, en este sentido, más espacio para la biografía en la “zona Personae”, mientras que la mascarada es un requisito en la “zona Cantos”, como ya preludiara Robert Browning con el monólogo dramático y aunque el propio Pound, pese a la intertextualidad que enmarca su obra, llegara a decir que su obra “contiene una innovación, una contribución definitiva en el arte de la expresión verbal”, que, como veremos, se basa en una serie de objetivos estilísticos.
Dichos
aportes, de índole esencialmente técnica dentro del hacer poemático, incluyen
densos estudios sobre el versolibrismo o el ritmo en poesía más
sus implicaciones, hasta su ulterior relación con la emoción, la síntesis y los
fines del texto; al margen, los postulados imagistas –o modernistas, si
queremos hacer una lectura de carácter más amplia–, que también comparten
poetas como la sobresaliente Hilda Doolitle o H. D. (cuyo nombre elevado a
iniciales fue una propuesta del propio Pound y cuya obra se está recuperando en
España estos días) o el epítome
tutelar de T. S. Eliot (también en dos franjas o dos autores, con sus Four
Quartets (1941), en nada vinculante a su texto fundacional de 1922,
corregido por Pound), serán indicios del camino a seguir para una propuesta de
escuela elevada a sistema poético. Tampoco nos olvidarnos del idioma en el que
escribe Pound: el inglés. Shakespeare mediante, pasa por yambos, hasta dar
lugar a una métrica que se compone de cuatro metros fundamentales: yámbico y
trocaico (dos sílabas) y anapéstico y dactílico (de tres). Veamos un ejemplo de
esta relación con la tradición en un poema de Lustra (1916), donde
aparece –v. 9– la que es, para muchos, la clave, al menos, de este primer Pound:
EPÍLOGO
Oh canciones precedentes,
admiración semanaria.
Al salir en las revistas
conmovieron a Chicago.
Y ahora gastadas, rancias,
son ya tan exhausta moda,
caperuza, miriñaque,
la vetustez cotidiana.
Sólo la emoción perdura.
¿Sus emociones?
Las de un
maître-de-café.
(1916)
“Sólo la emoción perdura”… Interesantísimo, y más en
relación con el exhaustivo estudio de las formas que desarrolló Ezra Pound, en
este poema colmado de octosílabos tipo romancero-cancionero, y que bien podrían clausurar
dicha emoción. ¿Es entonces la emoción el después de las formas? ¿O el
alma de las formas, mejor dicho, en tanto que es humano lo que da lugar al
empleo de dichos recursos? Aquí es menester una nota de carácter psicológico:
la emoción como noción de libertad y no como noción de cosa liberada. Si es
libre, es universal; si está liberada, no olvida a lo que responde, y por tanto
es rastreable el diálogo con el contrapeso del que se desprende y al que niega.
La emoción, en suma, es el hombre; o el ser desnudo detrás de la máscara. No en
vano, “persona”, en su etimología, refiere a “máscara”, algo básico para
comprender la poética poundiana. En este sentido, nosotros defendemos que esa
mascarada estará más presente en el segundo Pound, y ya no sólo con máscaras
sino con personajes; con todo, en Personae, el autor ya ha reconocido su
deuda con la tradición, razón por la cual se justifica su instancia. Es
imposible obviar, en esta dirección, el homenaje o la reescritura que Pound
acomete en el primero de sus Cantos, que es una fundición del contenido
de los cantos X y XI de la Odisea de Homero, y donde entra el propio Odiseo,
también el vidente Tiresias y otros. Y más concretamente, ya desde el frontispicio
de este primer texto, se esgrime un diálogo en relación con el canto XI del
relato griego, con el tópico del “descensus ad Inferos”:
CANTO I
Y bajamos a la
nave,
Enfilamos quilla a
los cachones, nos deslizamos en el mar divino, e
Izamos mástil y
vela sobre aquella nave oscura
Ovejas llevábamos
a bordo, y también nuestros cuerpos
Deshechos en
llanto, y los vientos soplaban de popa
Impulsándonos con
hinchadas velas,
De Circe esta
nave, la diosa bien peinada.
Nos sentamos luego
en medio de la nave, mientras el viento
hacía saltar la caña del timón,
Así con velas
reventando, navegamos hasta el fin del día.
El sol a su
descanso, las sombras en el océano todo.
Llegamos entonces
al confín del mar más hondo
[…]
También es notorio, en el poema “Epílogo”, la actitud
de cierta saña o espíritu revolucionario o a-la-contra, que dice mucho de la
figura, en términos gestuales o de postura, según los crecientes
estudios autoriales, que vino a ocupar Pound en el contexto en el que se mueve:
el siglo XX, con las dos terribles guerras mundiales de las que fue testigo y
el momento de mayor terror y crueldad al que ha llegado el hombre, o el nazismo,
al que se adscribió y sobre el que generó propaganda. No puedo sino hablar de mi
posicionamiento en este punto, y es que este trabajo es un enfrentamiento con un
enemigo, porque a los enemigos es mejor conocerlos a fondo; y aunque haya
algún otro autor como Antonin Artaud, al que valoro especialmente, bajo similar
pesadilla, alejado del humanismo y en radicalización. Dicho esto, las pretensiones de Pound son desmesuradas, eso es algo innegable; y Allen Ginsberg, por
poner un ejemplo notorio de intelectual de izquierdas que representó tan
ejemplarmente la (contra)cultura norteamericana de los años 50 y 60 junto a
otros compañeros beat como Kerouac o Gary Snyder –y al que estimo por
encima de Artaud y muy por encima de Ezra Pound– en lo que era un proceso de
liberación y recuperación de derechos inalienables (con la joya de Howl
(1956), una suerte de poema épico también a su manera, no exento de juicios y
trifulcas), tuvo interés en Pound, llegando a visitarle, encuentro del que hay
imágenes. No es baladí, esto; y nos enseña que, en aquel entonces, autor y obra
estaban todavía separados, no como nosotros planteamos en otro artículo, donde quedan vinculados y
a un nivel exponencial a medida que avancen las perspectivas de carácter ético y
político por parte del autor dentro del mundo –o mundillo– del arte; o con
Bourdieu: en el campo literario. Un presente con fenómenos
como tendencias que se aleja, bastante, del siglo anterior.
Otro
poema que rescataría de Personae es “Causa” –tengo la esquina doblada en
esa página–, y que me lleva indefectiblemente a un epigrama de Ernesto Cardenal;
subgénero, el del epigrama, en el que ya destacara el poeta latino Marcial o
directamente él (re)fundara y que Pound desarrolla a lo largo de toda su
trayectoria, en tanto que imprecatorio, una forma de encarar obra y vida muy coherente
según ya hemos entrevisto. Los expongo a continuación, para mostrar la
sutilidad y grandeza de ambos y para ilustrar la expansividad y a quiénes se
dirigen realmente las obras literarias, ya sean muchos lectores o un
escritor amanecido en sombra, metáfora de la recepción de sus trabajos:
CAUSA
Uno estas palabras para cuatro tipos,
algunos otros alcanzarán a oírlas,
oh mundo, lo siento por ti,
desconoces a estos cuatro tipos.
EZRA POUND
EPIGRAMA
Te doy, Claudia, estos versos, porque tú
eres su dueña.
Los he escrito sencillos para que tú los entiendas.
Son para ti solamente, pero si a ti no te interesan,
un día se divulgarán tal vez por toda Hispanoamérica.
ERNESTO CARDENAL
El
epigrama se define como la “composición poética breve en que, con precisión y
agudeza, se expresa un motivo por lo común festivo o satírico”, o así lo recoge
la RAE; pero es interesante ver cómo ese motivo es dirigido a un interlocutor,
en este caso el lector, que habrá de cerrar el círculo comunicativo. ¿Para
quién ha escrito Pound, en este sentido, según la tradición? En España, los
novísimos le leyeron con atención, y me atrevo a
decir que lo hizo también Gerardo Deniz (1934-2014), por el acoplamiento de la
intertextualidad que late en su obra, obra, por cierto, que no debería ser el
secreto que es; y más allá del ámbito hispanohablante, la deuda es con todo
poeta fuerte o de escuela, o con todo escritor que entiende la tradición y el
canon como algo en lo que apoyarse para fortalecer su obra, salto sagrado, y no
para hacerla más minoritaria o epigonal. En cualquier caso, debido al perfil biográfico
de Pound, y al que ya hemos aludido queriendo insinuar al monstruo, al
menos hacia el final, que hay detrás la obra, su figura ha sido muy denostada
desde finales del siglo pasado, pese a la monumentalidad de su trabajo.
Mas
no nos alejemos demasiado de nuestros presupuestos, y retomemos, ya hacia el
final, los valores enfrentados de las dos etapas que hemos distinguido tan
claramente, o hemos intentado clarificar. Y es que falta decir que en Personae
también hay espacio para poemas de aliento, como sucede con Hugh Selwyn Mauberley
(1920), que marcaría un punto de inflexión en la carrera de Pound, similares
en pretensión a los contenidos en los Cantos, frente a los que se
disponen más como investigaciones que como materiales netos; aunque
panorámicamente, la imagen sea la de poemas cortos, y agudos formal y
temáticamente. Textos o tejidos que también se apoyan en referencias para
crecer en sentido, pero que aún son preparativos frente a la esquemática incontinencia
de su etapa final, donde, aunque hay versos de gran valor cognitivo y un
sentido de la narración inserta en la lírica como género que lo eleva hasta la
consideración de la épica al modo en que era considerada en la Antigüedad,
nosotros no preferimos por ser azarosa; y no un azar releído como el que hiciera
el último gran poeta norteamericano, John Ashbery, esto es, desde las
lógicas que subyacen al lenguaje como aparato o en su relación con el flujo
mental desde una poética tan seria como irónica, sino más bien
desde un empleo de las referencias literarias y del canon que se nos antoja impracticable
y plegado hacia sí. Leamos, entonces, la primera parte de ese poema al que
hemos aludido un poco más arriba, escrito en 1920 y que cierra la época de Personae,
para ya dirigirse Pound hacia los Cantos –aunque se sabe de su
confección desde 1915–, y que sirve como epitafio:
ODA DE E. P. PARA
LA ELECCIÓN DE SU SEPULCRO
Durante tres años,
desentonó con su tiempo,
en pugna para
resucitar el arte extinto
de la poesía; por
preservar “lo sublime”
en el viejo
sentido. Desde el comienzo errado,
no, apenas, pero
mirando que había nacido
en cierto
semisalvaje país, anacrónico;
resuelto a sacar
azucenas de las bellotas;
Capaneo; trucha
para facticio señuelo;
Ἴδμεν γάρ τοι πάνθ’
ὅσ’ ἐνὶ Τροίῃ
Aprisionado por la
destaponada oreja;
a los escollos
dando muy pequeña deriva,
así, ese año, los
mares hirsutos lo atraparon.
Y su verdadera
Penélope fue Flaubert,
pescando alrededor
de las islas obstinadas;
observó la
elegante cabellera de Circe
con más interés
que los motes de los cuadrantes.
Sin alterarse por “la
marcha de los eventos”,
salió de la
memoria de los hombres el año
trentiunésimo de
su edad; el caso no brinda
ningún agregado a
la diadema de las Musas.
Como epitafio o como arte poética, también, por las
referencias que se incluyen en el texto a la persona y a la cosa literaria;
y a otros temas que ya hemos estudiado, como su actitud en la comunidad
literaria de la que fue partícipe y en la que figura como figura emblemática. De
ahí Flaubert, en tanto que acercamiento a la perfección de la página en blanco
que el autor francés siempre promocionaría; o la referencia a Troya en griego
del v. 9 –de nuevo, el v. 9–, que hace labor de extrañamiento para el lector. Un poema
que nos podría llevar a las declaraciones de intenciones de un Verlaine, con su
mención a la música-ritmo, o un Huidobro, por situarnos en posiciones
geográficas diferentes a las del poeta norteamericano y también siendo ambos mentores
clave:
ARTE POÉTICA
Antes que nada música,
Y a lo Impar favorece,
Que se pierde en el aire
Sin que se pose o pese.
En la elección de tus palabras
Tienes que ser remiso:
Nada mejor que el canto gris
Que une lo Indeciso a lo Preciso.
[…]
De Jadis et Naguére (1884)
PAUL VERLAINE
ARTE POÉTICA
Que el verso sea como una llave
Que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
Cuanto miren los ojos creado sea,
Y el alma del oyente quede
temblando.
Inventa mundos nuevos y cuida tu
palabra;
El adjetivo, cuando no da vida,
mata.
[…]
De El espejo del agua (1916)
VICENTE HUIDOBRO
Un adjetivo, como bien anota Huidobro, puede llegar a matar. Para nuestro caso, en una época tan personal como la nuestra, Ezra Pound viene a morir bajo diferentes adjetivos, como el de “fascista”, por situarnos en el principal, y aunque también “erudito” sea otro. Labor de contrapesos, el futuro del autor norteamericano, cuyo pasado fue tutelar (y no queremos olvidarnos aquí de otra figura, tutelar también a su modo: el crítico y poeta T. E. Hulme), está en desuso; pero aquí hemos querido, al menos, rescatar ese primer espacio creativo donde todavía no había una sombra inmensa que opacara el acercamiento a una obra que se deseaba mayúscula en sus postulados. De este modo, Personae vendría a ser el instante lucidísimo previo al hacedor de los Cantos, donde Pound se propuso reelaborar los grandes relatos que la época postmoderna tiraría luego por la borda. Un barco al que Ezra Pound se subió con la inconsciencia de a dónde le llevaría, en este caso, a una vida marcada por el dolor y que podemos reconocer en cualquiera de sus biografías (y las hay). O tal vez la clave de bóveda se halle en la cita que abría este artículo, esto es, un sentido de la ambición que le costó la salud, el odio y la vida, por posicionamientos moralmente infames y despreciables. ¿Personae?: lo que pudo ser, y donde podemos –aún– mirarnos. Al menos tenemos ese consuelo, pese a la pena que supondrá la transformación de esa serie de espejos que para el autor norteamericano fue la poesía, uno de los cuales, el del doble que hace los Cantos, en el que no nos queremos reflejar.




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