6 de abril de 2026

'LA PARTICIPACIÓN': Una exposición de fotografía analógica (+ algunos textos) en el Bar El Rincón (C/ Espíritu Santo, 26, Malasaña), abril-mayo de 2026

 


Hubo un tiempo en que rondaba por mi cabeza la posibilidad de titular a todos los proyectos que fuera acometiendo en el futuro, por muy diversos que fueran, bajo un mismo título: La participación. No en vano, cuando aún tenía redes sociales, realicé en Instagram un proyecto intermedial bajo ese #, publicando con método un post cada tres días durante tres meses. Después, escribiría una novela entre mi ciudad natal, Salobreña y Praga, la cual llegué a considerar «esencialmente póstuma», rematándola tras cuatro años (2020-2024) y decir «hasta pronto siempre» a la base de mi proyecto como artista: la lírica. En ese durante, tras un instante vital difícil, abordé un texto de crisis en la línea de la Carta de Lord Chandos y el paradigma bartleby, que es la simiente de este proyecto. En ese cuento, de unas veinte carillas + 3 fotografías analógicas (una de ellas incluida en esta exposición), las ideas principales eran la aparición y la desaparición, de lo cual se desprende que en esta muestra de 14 fotografías analógicas haya 7 imágenes habitadas y otras 7 deshabitadas. Aunque tomadas todas ellas en un reconocible Madrid, el personaje principal de aquel relato era un extranjero de sí mismo que busca la redención por medio de la escritura, dentro del escollo social, la configuración psíquica y la figura de una madre ausente, todo ello abordado desde la más terrible de las sinceridades. Es por eso que me parecía importante continuar la senda de ese título omniabarcante que es La participación, y hablar de nuevo de lo que significa el otro en un presente que parece haber olvidado la otredad (y, con ella, la comunidad): nuestro verdadero asidero en el mundo.

Inauguración I (L6 de abril de 2026)

Inauguración II (L6 de abril de 2026)

Faltan, pero vinieron: Federico Ocaña, Matías Costa, Natalia Palomar, Julia García Felipe (y su roomie), Clara, Felipe Crispín y Catalina

26 de marzo de 2026

'UN ESTALLIDO': Memoria de una presentación (Librería Grant, 21 de marzo de 2026)


De izqda. a dcha.: Juan F. Rivero, Álvaro Guijarro, Álvaro López Fernández, Raúl Molina Gil, Juan Gallego Benot, Pablo Baleriola, Javier Vicedo Alós y Laura Rodríguez Díaz

Comenzó la mañana cuando siempre pero más temprano y con calmita, más de la que hubiera imaginado. Yo trabajaba ese sábado 21 de 14:30 a 20:00 en el Museo, Día Mundial de la Poesía, me tocaba, y aunque me concedieron el día y hubiera podido ser/estar en la Librería Grant a las 12:00 (y darme tiempo a disfrutar del evento más o menos para luego marchar desde Lavapiés sobre las 14:00), que es cuando nos citaron para la presentación de Un estallido. Antología de la poesía española 2000-2025 (Cátedra, 2026) a antologados y no —sí, yo soy uno de los 25 nombres de ese proyecto, pero tranquilidad: esto no es una reseña ni un artículo laudatorio, sino una crónica o un gesto de periodismo gonzo—, no quería ir con prisas. Tanto es así que desayuné con Odile, Dan, Helena y críos en el Juan Raro a las 10:30, donde ya vi a alguien del contexto: la brillante Martha Asunción Alonso, con la que hablé un poco y que dedica un poema al grafitero Muelle en dicha Antología.

Una vez allí, en la puerta de la librería y en un ambiente in crescendo del que los responsables de prensa de Cátedra guardan fotos o larga fila, nos repartieron tickets, como en el mercado de abastos, “por temas de aforo”; un tema, justamente, en el que no me quiero meter, porque sólo sé por terceros y no tengo RRSS, que hubo algunos problemas, gente quedándose fuera y un sistema, en general, a revisar. De hecho, Miguel Retana, un amigo, me escribió diciendo que estaba arriba con más amigos míos —Telmo, Federico y Marina, José Tono, Silvia Flechoso, Paz y Ricardo Ranz, Nieves, Diego, Carlo Laurena—, viendo el acto por streaming, un mensaje con un emoticono de llorerías por risa y peteneras acompañado de una imagen de una cinta roja en la escalera de acceso a la planta sótano y galería, que es donde se festejó la poesía de lleno total, con un lateral de asientos, y otro, el izquierdo, de pies. Bajé con mi hermana Silvia y nos pusimos casi al final de la sala ya quedando poco espacio, una imagen recurrente porque, cuando voy con ella al cine, siempre se pone debajo del proyector. No me quité un segundo el sombrero (esto es como lo del botón de la americana al sentarse, lo sé), ya no tanto por Pessoa, que eso siempre, sino por Richard Brautigan, en homenaje a la mala noticia con la que abrió el acto Juan F. Rivero —poeta y editor en Cátedra, responsable máximo de esta Antología junto al estudio crítico, selección, muestra y semblanzas de Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández, estudiosos máximos de este contexto, y por ello figuras de honor—: el fallecimiento de Aníbal Cristobo, ya que el último libro que compré de Kriller71 fue el del bueno de Brautigan, un mito en sí mismo.

Luego, ya empezó la conversación entre Juan, Álvaro y Raúl, así sentados de izquierda a derecha. En ella, se puso en alza la pertinencia de la muestra tomando en consideración que en una fotografía nunca cabe todo el paisaje, razón por la que se citaron algunos nombres no incluidos en la nómina de “lxs 25”; y también se dijo que Juan F. Rivero estaba convocado pero que, por su condición de editor del libro, consideró no participar: todo un gesto. Yo, que soy alto, veía las cabezas y molestaba a los de atrás, y ya antes había podido saludar al bueno de Juan Gallego Benot, al que conocía de un único encuentro en el CBA una tarde-noche, brillante en su Oración en el huerto y también con un pie en el mundo del arte, junto a Pablo Caldera, respetado; y a otras gentes como Bolo, pertinaz organizador de eventos literarios y musicales desde hace unos 500 años, la edad que le dije que yo tenía, a lo que me respondió: “¿Sólo?”. Antes de empezar (volvemos al acto) Juan se acercó a los antologados que estábamos allí en presencia para ver si queríamos leer al final de la conversación a tres, cosa que no estaba pactada hasta ese momento, pero que resultó ser una buena idea porque pude escuchar a Laura Rodríguez Díaz a un palmo —su anuncio, seguido de Las niñas de plata, publicado en Ultramarinos y que obtuvo El Ojo Crítico, me pareció delicioso y ascensional—, preguntarle a Pablo Baleriola cómo se llegaba a Pueblo Lavanda, escuchar con admiración a Benot y cerrar con el bueno de Javier Vicedo Alós, quien fuera compañero en los años de Filosofía en la UCM, que abandoné en favor de la Fotografía y la Literatura, pero que siempre trabaja con Pre-Textos en las ferias y con el que había estado en la última FLM firmando ejemplares de Los últimos y los primeros (mi testamento poético, no en las prosas, que es hacia donde vamos, + el ensayo).

Una vez abierto el diálogo, se habló de uno de los pilares teóricos que sustentan el aparato crítico de Un estallido: la tensión entre las poéticas de corte figurativo frente a las más vanguardistas, que yo diría que en esta edición preponderan, en tanto que avance, o, como diría Julio Fuertes Tarín, “hay proyecto”. Y es que aunque, en términos generales, frente a algún ejemplo “ortodoxo”, la vanguardia suele ir vinculada al concepto de “progreso”, al menos dentro del estilo o la voz de un/a autor/ora dentro de su obra o camino, hablaba con Raúl Molina Gil hace unos meses sobre este tema, regalándole un libro firmado de Felipe Núñez (DEP, febrero de 2026) y, dada la variedad de poéticas, de la que también es síntoma este proyecto del primer cuarto de siglo XXI en España, no llegamos a conclusión fehaciente, aunque sí trajo a colación una reflexión de Helena Pagán (consultada como Vicente Luis Mora o Rafael Banegas Cordero para terminar de afinar el libro): los poetas hoy se mueven por casas editoriales, que son su fuente de prestigio, sean éstas La Bella Varsovia o Letraversal, por poner dos ejemplos muy evidentes, y que hacen las veces de asidero o valor seguro en la traviesa travesía de la lírica lírica. También se leyó el Índice, tan sucinto como vertebral, con líneas como la corporalidad o la (auto)reflexión sobre el lenguaje, después de las poéticas del cambio de siglo, las del principio del todo y la deuda con una generación, la de los nacidos a finales de los 70/principios de los 80 a los que agradecerles mucho, pero que distan de la suerte de fenómeno que viven —vivimos, porque el presente es otro ahora y así lleva siéndolo desde Tenían veinte años y estaban locos (La Bella Varsovia, 2011), crisis 2008-2020, feminismo(s) o las RRSS, el auge editorial economista de editoriales interesadas en la poesía como mercancía, etc.— los poetas nacidos desde María Salgado (1984), lenguajeadora máxima y figura tutelar, hasta la talentosísima María de la Cruz (2000), que cierra la muestra con su Cruzamos por el ras de la montaña, una metáfora de otra de las cuestiones vertebrales de la propuesta: la preeminencia de autoras en la selección.

Y no quiero convertir esto en una autoentrevista, eso sólo lo haría Cravan (al que cité en mi intervención con la mediana broma del recuerdo de aquel poema de Borges, “A un poeta menor de la antología”), pero me he apuntado una serie de frases que para mí resumen cómo me siento con todo esto, así que aquí van: 1) "Porque no es sólo hacer poesía, sino también pensarla"; 2) "Justo cuando me despido de la lírica, llega, para mi felicidad y mi justicia, este acontecimiento"; 3) "No tengo miedo en hablar de generación, y más si es desde el lado de las poéticas más rupturistas"; 4) "La muestra incluye a la que es, para mi conocimiento, la gran escritora de mi quinta, Ángela Segovia, que configuró un Prólogo para un libro mío en un proyecto editorial trascendente y pionero: Cartonera del Escorpión Azul, que dirige el mejor de los editores"; 5) "Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández son los mayores conocedores de la (ya no tan) joven poesía española. Sólo por eso, esta Antología está justificada"; 6) "Mi camino ha ido de la vanguardia al clasicismo, cosa rara, pero la novedad y la música me han hecho jóvenes aún"; 7) “Con este proyecto, hasta mi padre entiende que esto iba en serio”.

Al final, la marcha en La Mancha, en la misma Miguel Servet, hasta la media tarde, donde le pregunté a Elizabeth Duval, a la que llevaba tiempo queriendo conocer en persona, dónde demonios estaban Luna Miguel y Ernesto Castro, porque les echaba de menos; a Rodrigo García Marina le pude saludar también años ha, en los que no hace más que mejorar en todo, según yo sé y sabré; el pintor de retratos más rápidos que conozco, Víctor Gutiérrez Pancorbo, que andaba de un lado para otro; conversación lateral con Mariano Peyrou y Elena Martínez Bavière, al primero aclarándole que con decir que no hablaba con gratuidad de “gratis” sino de “verdad” respecto a mi mirada sobre su literatura, y con la segunda recordándonos que habíamos coincidido ya en el cumpleaños de Cristina Oñoro; y mi amiga Andrea Yoko, que el año pasado vendió su furgoneta para comprarse un Mazda mínimo pero descapotable, llevándome a casa y pasando juntos el resto de la jornada.  

Por añadir un final a esta pequeña crónica vital, sólo diré lo que ya dije delante de los allí presentes antes de homenajear con mi poema en voz alta a Pedro Casariego Córdoba: me ilusiona este estallido, y su eco también me ilusiona demasiado, pero lo hubiera hecho de igual forma si yo no fuera parte de él como lo soy ahora de iure, perteneciendo a una editorial que yo qué sé, pues San Juan, María Zambrano, Cernuda… Y es que, tal vez, sólo había que esperar, esperar, como le decía a una amiga el otro día; años de búsqueda que aquí se encuentran en forma de "una discreta cima".

 
Celebración en La Mancha (Miguel Servet, Lavapiés), con amigos y mi hermana Silvia

4 de marzo de 2026

SE ES COMO SE ESCRIBE, NO SE ESCRIBE COMO SE ES

 

Fotograma de La sangre de un poeta (1932), de Jean Cocteau

Si nos diera en gana aceptar en poesía como herencia más directa y a modo de diagnóstico, todavía, tanto el Romanticismo —los Romanticismos— como las vanguardias históricas o las dos olas modernistas (la hispanoamericana y la anglosajona), en una época cercana a la falsificación y lo maquinal como la que atravesamos en pleno 2026, nos daremos de bruces con una idea: la del “Yo fuerte”, que sus autores y autoras encarnaron tan debidamente, desde Nerval a Emily Dickinson y de Storni a Mayakovski. Esta “opción” trae consigo importantes consecuencias, como la ilación entre el yo biográfico y el yo lírico o la asunción de que el “entre” en el que se sitúa el poeta o la poeta no es ya tanto un “entre” entre lo objetivo y lo subjetivo, ni siquiera entre realidad y mundo, sino más bien, o más primeramente, entre el yo biográfico y el yo lírico. Porque ¿cómo debe ser el poema de una persona sincera, triste o excéntrica? ¿Ha de parecerse o hacer resonar eso que conocemos de aquélla durante el café al leer una determinada pieza suya, ahora elevada a obra artística? La respuesta que ofrezco es: el sujeto lírico empieza sí-o-sí donde acaba el sujeto biográfico, ya que es sólo en la escritura, como código a desentrañar o desentrañado, ejercitado siempre, donde el yo biográfico continúa en el poema o se aleja de él, pero siempre generando una existencia otra, la que se corresponde con el lenguaje. O dicho de una forma más sentenciosa: se es como se escribe, no se escribe como se es.

            Aquí entra otro factor determinante: el estilo, que, como una gramática, tiene que ver con cada configuración psíquica. De hecho, es muy habitual leer a Pizarnik o a Artaud con devoción y encontrarse escribiendo una prosa de ironía ramoniana, por poner un ejemplo. Llamo “estilo” aquí a eso que subyace pese a todo y que se pone de manifiesto como algo único dentro de ese ejercicio al que ya hemos aludido cuando hablábamos de la escritura. Una fuerza originaria que trasciende lecturas e influencias y se inscribe como algo indivisible del sujeto lírico, ya dejado atrás el sujeto biográfico. Es el sujeto biográfico, quien es y no quien escribe, esto es, quien lee a Pizarnik y a Artaud de noche cerrada, quien desea ser escritura; y es el sujeto lírico, de día (o también de anochecida), quien escribe el deseo, transfiriendo la suma de todos los elementos que confluyen en el poema cuando éste es acometido. Así pues, no creo que ninguna influencia quepa u obstaculice en la ecuación yo biográfico-yo lírico, pues hay algo personal en quien escribe, probablemente lo único de ese “yo biográfico” que aún sobrevive en el poema.

            Elevando esta reflexión al contexto de la historiografía literaria actual, creo que pronto estaremos ante un auge del biografismo, debido justamente al desafío creativo que las tecnologías ocupan en nuestra sociedad. Ramas especializadas como la sociocrítica, o la erótica entre los autores y los lectores generada por las diferentes travesías vitales de dichos escritores, cuyas obras muchas veces son o han sido encumbradas por dichos factores biográficos —de Sade a Stella Díaz Varín—, irán creciendo en importancia, y esa máxima de “el texto queda” se me antoja, como contraparte, totalmente insuficiente, debiendo tirar ahora del hilo de un camino vital que justifique, cuanto más exagerado mejor, cuanto más a rebase o complejo, el camino literario en sí mismo. Es por eso por lo que, en el par en que bailamos, ese yo lírico, aunque de facto no se vincule con las características —o con los caracteres, según Aristóteles— del yo biográfico del que parte, pronto le rendirá cuentas, aunque, como ya hemos explorado, no sean lo mismo. Así, auguro biografías, memorias y múltiples “about”, jugándose ahora la partida de la literatura en el terreno de los hechos y los gestos. En este sentido, poco se habla de cómo ha sido escrito un determinado libro, con todos sus pormenores, cuando, por otro lado, tenemos crónicas y “sucesos” de cómo se ha hecho un álbum musical o una película.

            Otra vía alternativa lógica seguida de esta simetría sería el anonimato, que dicha maquinaria a la que hemos aludido facilitará como vía y a la fuerza, pero no se trata aquí de un anonimato de ese yo biográfico “real”, sino de un yo biográfico “artificial”, cosa que se entiende como cuando uno se pregunta quién o quiénes fueron los autores de las pinturas murales de Altamira: nadie y todos, pero alguien. Para el Derecho de Propiedad Intelectual, por ejemplo, y esto es interesante, siempre que haya obra, habrá un autor, más o menos desconocido, y, en último término, anónimo. Dicha anonimia es hoy otra otredad aún por perfilar, pues el poema que pueda generar una IA dadas unas indicaciones es o bien el resultado de un vuelco de potencialidades que un día fueron biográficas en tanto que se rigen por un sistema humanamente concebido o, más bien, un desierto en forma de código donde voces surgen de la nada, artefactos o belleza sin dueño ni autor/ores. Un anonimato, por cierto, no como el del polímata Boris Vian o la Victoria Lucas de La campana de cristal, esto es, destinado a ser descubierto haciendo del nominalismo un juego, sino algo mucho más peligroso: el rostro borroso de nadie o de Nadie, donde tampoco es lícito ya hablar de horizontalidad, sino de Horizontalidad, esto es, de que se una a este espacio cualquiera que disponga de un ordenador y una forma correcta de dirigirse a la máquina. Y cuanto mejor se le hable, mejor para ser alguien o Alguien.

            Cerrando filas, también cabe el término medio: que ni se sea como se escriba ni que se escriba como se es, pero es una opción que desecho no porque sea poco silogística y no sirva para mi cometido de hacer teoría, sino porque habla de una falta de entrega al oficio de la escritura que, al menos yo, no contemplo, pues para mí esta pasión es a todo o nada, a perder o a ganar, porque competir es de mal gusto. A colación de esto, el interés por la teoría está en declive; y añado al crítico las mismas circunstancias en que está delineado el/la poeta del presente que he tratado de esbozar en estas líneas. Preguntarse por qué obtiene una respuesta fácil: somos nosotros ahora los que generamos información sin acudir siempre a las fuentes —ensayos, revistas, publicaciones de alcance, coloquios de importancia—, cada día más desacreditadas e igualmente bajo la sombra de un hacer menos personal, cuyo antónimo, la de la vertebración de los discursos desde un hacer humanísimo es la única vía que puede salvar la revitalización doble o ligazón entre crítica y creación como hechos de sociedad y como fruto, todavía, de la autorreflexión.

            En definitiva, hay trabajo por hacer, hay visiones para contemplar, estructuras que desmantelar. Lo que yo denomino como “la radicalidad del adentro” —tal como me corrigió Belén Gopegui en un club de lectura en una cooperativa de mi barrio a cuya última sesión de un club de lectura acudí de casualidad hace algunas semanas, interviniendo para hablar de “la radicalidad del afuera”, su cara B—, y que es tan propia de nuestros días, un mundo injusto y criminal, debiera obtener como único fruto la posibilidad de generar aún pensamiento y grandes obras elevando esa “radicalidad del adentro” a una posible “horizontalidad verdadera del afuera”, sin olvidarnos de la vida, que hará la diferencia, como ya hemos insinuado. Y sin que eso requiera optar por manosear todavía más la autoficción o llevarlo todo al terreno de las autobiografías; pero sí aceptar el milagro de existir y desvelar en ese milagro los códigos, como hiciera Baudelaire, para crear todavía dejando un camino de espejos detrás de nosotros que sugieran que hubo, en la investigación y en el hecho creativo, saber y tiempo, o una experiencia no como las que se hacen pasar ahora por experiencias, sino verdaderamente vertebrales e iluminadoras. De esta forma, ser como se escribe estará a la altura de la vida y escribir como se es será una ficción negada por la falta de entendimiento que supone que el poema empieza cuando empieza el lenguaje, y así hasta el final de los tiempos.

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Este artículo/comentario/adenda surge como respuesta a la presentación de Palabra de mundo. Intervenciones y entrevistas (2005-2025) (Libros de la Resistencia, 2026), de Antonio Méndez Rubio, el pasado día 24/01/2026 en la tan querida librería madrileña Enclave de Libros. Sirva como diálogo abierto con el autor y los/as allí presentes.

30 de octubre de 2023

LAS PALABRAS

1. Mi madre: María Ángeles o Marigel

2. Hall del Edificio A (UCM), época de Filosofía, 2009

3. La Elipa, partido de fútbol de poetas contra poetas, 2012

4. Recital en la Sala Clamores

5. Presentación de La postpunk amante de Tiresias en Diablos Azules, 2013

6. En el Cementerio, con Javi (izq.) y Samu (der.), años 2000

7. 15M, con Marian

8. Cortometraje en Tetuán, 2016

9. María Eugenia, 2013-2015

10. Una lectura en Lavapiés

11. Con mi padre y mis hermanos mayores, en una boda, ca. 1998

12. En el programa de radio El Último Moyano, de M21, 2017

13. Cafetería del Edificio A (UCM), segunda etapa universitaria, 2016-2020

14. Días contra Bolonia, 2008-2010

15. Daniel G. Medranda y Helena García Hermida

16. Politeísta con sudor, Atenas, 2015

17. FLM 2017, con Mar

18. Tabaco negro y dulce, sin boquilla, Cuba, 2016

19. Tumba de Franz Kafka en el 100 aniversario, Praga, 2024

20. De la mano (y del pie) de Francisco José Sevilla, San Vicente de la Barquera, 2014

21. En Madrid Río junto a mi amiga y albacea Daniela Forero Arriola, ca. 2018

22. Labores de sala, en algún Museo de Madrid, finales de 2025

23. Viaje en familia a la Pensión Roma, El Cairo, 2006

24. Junto a mi gran amigo Federico Ocaña, por Azca, 2017

25. Presentación de Los últimos y los primeros en la Alberti en su 50 aniversario, en conversación con Odile Rodríguez, 2025

Nací el 5 de junio de 1990 en el madrileño barrio de Estrella, más concretamente en la calle Jesús Aprendiz n.º 19, cercana a la Colonia de Retiro y a mi primer colegio, el Santa María del Pilar. Cuando contaba siete años, mi padre, empresario de telecomunicaciones y propietario de una cuadra de caballos de carreras que destacó en los años 90, y mi madre, azafata de vuelo de Iberia, se divorciaron, razón por la cual me separé de mi madre y pasé mi adolescencia con aquél y algunos de mis hermanos en el extrarradio de la capital. Allí terminé bachillerato en el progresista Colegio Mirabal teniendo como amigo a Javier García Tramón –y a Daniel G. Medranda, mi otro gran amigo de infancia–, que ya escribía, impulsándome en el afán literario; y conocí a Enrique López, profesor de Ética y Filosofía que me orientó en mis primeras lecturas –Baudelaire, Pizarnik, Dostoyevski, Hesse–, y con el cual, quince años más tarde, escribiría un libro a cuatro manos. Gracias al oficio de mi madre, viajo mucho: Nicaragua, Sri Lanka, Indonesia, Egipto, Cuba, Brasil, China, Hawáii, Europa..., con estancias en Cobh, Rhode Island y Ámsterdam; y a la edad de dieciocho años decido matricularme en la UCM para estudiar Filosofía bajo la premisa de ser escritor, siendo reveladora la lectura de un cuento –Nieve, de Maxence Fermine– y la obra de Arthur Rimbaud. Aunque abandonaré estos estudios en tercer curso, tengo tiempo para publicar mis primeros textos en la gaceta universitaria Mephisto, participar en la I Semana Complutense de las Letras y trabar relación con poetas e intelectuales como Federico Ocaña, Odile Rodríguez o Rodrigo Amírola; así como para organizar recitales musicales y literarios en la Taberna Angosta junto a Sara Valenzuela y Lucía de la Fuente. Acontecido el año 2011, participo activamente en el 15M y soy asiduo de la escena poética madrileña, en espacios underground como el Bukowski Club, Diablos Azules o La Bella Ciao, todos desaparecidos; y también en Lavapiés, al lado de Francisco José Sevilla, Silvia Nieva, Pablo Cortina o Toño Benavides. En este contexto, publico mi primer libro y participo en la blogosfera con mi blog Ruido por todas partes, que me conecta con escritores/as como Batania, Luna Miguel o Bárbara Butragueño, y paso a formar parte de una antología importante de la joven poesía española: Tenían veinte años y estaban locos. Después de un viaje con lo puesto desde mi ciudad natal hasta Lyon durante el mes de septiembre de 2012, soy devuelto a España poco después incluyendo un cambio de ambulancia en la frontera con Francia, y tras mi recuperación, estudio un curso general de cine en la Escuela Metrópolis C. E. y obtengo un Máster en Fotografía Editorial y Fotoperiodismo por la Escuela TAI, donde recibo clases de fotógrafos como Matías Costa, Gianfranco Tripodo o Jerónimo Álvarez, bajo cuya coordinación participo, en el año 2015, en una muestra colectiva –Latino– dentro del marco de PHE, y para la que retrato al poeta y crítico hispanoperuano Martín Rodríguez-Gaona. Es entonces cuando conozco a María Eugenia –pianista de formación–, mi gran amor. Más tarde, trabajo como fotógrafo en DIMAD (Asociación de Diseñadores de Madrid) durante varios años, dentro de Matadero Madrid; y en Tetuán 30 Días, un periódico local. Mientras tanto, sigo escribiendo y publicando, y en 2016, tras el suicidio de mi madre –2014–, que se arroja al vacío desde el octavo piso de nuestra casa familiar, retomo la vida universitaria para graduarme en Literatura General y Comparada en el año 2020 con un Trabajo Fin de Grado sobre Félix Francisco Casanova bajo la tutela de la poeta y profesora Isabel González Gil, y donde tengo como profesores a Luis Martínez-Falero, Cristina Oñoro o Ángel García Galiano, como compañeros a los integrantes del Vitalismo y como confidente a mi gran amiga: Daniela Forero Arriola. Ya en 2021, mi poema testamentario «El faro escondido» es merecedor del 2.º Premio en los Premios Madroño, cuyo ganador es Mario Obrero y recayendo el accésit en la poeta María de la Cruz; y en 2022 realizo mi primera muestra fotográfica individual: Primer paseo en la ciudad de siempre, inspirada por Robert Walser y el acto de pasear en clave situacionista, en la libreria Olavide | Bar de Libros, a la que seguirá entre abril y mayo de 2026 otra selección, esta vez analógica, en el Bar El Rincón (Malasaña). Antes y después de este tiempo, trabajo en diferentes museos de mi ciudad como auxiliar de sala (custodiando la tumba de Goya, el despacho de Ramón Gómez de la Serna en el Museo de Arte Contemporáneo u obras de Picasso dedicadas a Dora Maar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, entre otros espacios) o taquillero y conserje del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), mientras mi obra aparece en revistas de calado –Estación PoesíaOculta LitKokoroNayaguaVallejo & Co., etc.– y estudios académicos –«Lecturas del desierto: nuevas propuestas poéticas en la España actual», monográfico coordinado por Álvaro López Fernández, Ángela Martínez Fernández y Raúl Molina Gil desde Kamchatka. Revista de análisis cultural (UV), etc.–. También he sido invitado en dos ocasiones –2015 y 2023– al festival de poetas mediterráneos Voix Vives (en la sede de Toledo), y una –2018– a la Casa de los Poetas y las Letras (Sevilla), junto a otros compañeros de quinta/generación. Guardo en mi haber una novela en clave que tiene como corriente de fondo el art brut, escrita entre Madrid, Salobreña y Praga entre los años 2020 y 2024, así como un segundo texto en prosa de 20 carillas que hace de apostilla a mi obra según un amigo, titulado La participación; así como un notable volumen de ensayos misceláneos escritos entre 2015 y 2025 que han hallado fin con la entrega de un TFM sobre el concepto de presente como instancia histórica y transformadora después de haber cursado en 2024-2025 un segundo Máster en Cultura Contemporánea: Literatura, Instituciones Artísticas y Comunicación Cultural en la Fundación Ortega-Marañón. Profesionalmente, trabajo en museos, y ejerzo esporádicamente la crítica cultural en Qué Leer, mes a mes y en papel, y de forma virtual, en Popper; y ociosamente paseo, juego ocasionalmente a bolos y a ajedrez y albergo interés por el arte contemporáneo.


2 de octubre de 2023

ÁRBOL (Segunda semana)

 


Yo utilizo la física. Él la fabrica. Yo llego a la Luna en proyectil de cañón, no hay en ello ninguna superchería. Él se va a Marte en una astronave que ha construido con un metal para el que no cuentan las Leyes de la Gravedad. Todo esto es muy bonito, pero que me enseñe este metal, que lo produzca. 

JULIO VERNE tras la lectura de The First Men in the Moon (1901), de H. G. WELLS

 

Decidí abandonar la fábrica por un periodo de seis meses, un tiempo que según los médicos era de sobra suficiente para mi recuperación. Mi problema era de carácter anímico. Llevaba diecinueve años trabajando entre sustancias tóxicas y maquinaria de grado 3, en el Centro. En ese arco, había presenciado amputaciones de extremidades y voces perseguidoras entre mis compañeros. Teníamos el sueldo más alto del país, por si alguien se preguntara qué hacíamos allí. Y cuidaban de nuestras familias con llamadas telefónicas diarias y comida a domicilio que preparaban en el Anexo 100. No sé si todo eso es suficiente para explicar mi dependencia. En cualquier caso, como digo, viajé a la costa, estableciéndome en un pequeño pueblo casi deshabitado con una única tienda de menesteres y otra fábrica, esta vez en desuso, que en sus años de bonanza producía alcoholes destilados.

         Las mañanas eran ricas en luz y gatos de monte, y las tardes eran empleadas por las vecinas para realizar gestiones en las aldeas aledañas, a las que se accedía solo con motocicleta. En este sentido, era virtuoso contemplar a las abuelas del pueblo con las faldas levantadas por las cuestas de arenisca no siempre ayudadas por jóvenes. De hecho, el primer día que llegué, ya vi a una mujer transportar butano no sé bien aún de qué manera con setenta u ochenta años con una cuerda atada a su espalda. Solo había un hombre en el pueblo, o dos si cuento en alza la extrema historia de Jacinto Robles, razón por la que llamaban a este emplazamiento «Lagar de las Viudas». También había mujeres jóvenes y saludables que pisaban la uva, pero ya digo: no había hombres a excepción del viejo farero y del hombre Jacinto, que okupaba una casa en construcción. Yo desconocía esta situación antes de llegar aquí, y hasta muy avanzada mi estancia no supe que, aunque por supuesto había mujeres jóvenes en el pueblo, estas provenían de las ciudades medianas de alrededor, en las que habían dejado a sus padres varones por una suerte de pacto. Lagar de las Viudas era sinónimo de matriarcado y futuro social en una sociedad hostil con las mujeres, algo de lo que yo era muy consciente en el Centro por nuestra relación con los medios de información, aquí inhábiles, aunque mi visión política me acercara más a ellas que a los hombres por una figura de madre fuerte y mis doce jefas en la fábrica, cada una a la cabeza de los principales departamentos, incluidos, por supuesto, los de Utilidad y Supervisión.

         Era fácil fijarse en aquel árbol, el único contrario a los viñedos y que además se alzaba honorable en la entrada del pueblo, con toda su oscuridad. Una oscuridad sencilla si atendemos a la continua cadena de zarzas que rodeaba su tronco, a modo de peligro o autoprotección; o a sus ramas desnudas, tal nervios. El árbol era célebre en la zona. A sus pies había dispuestas desde piedras pintadas por niños a ofrendas efímeras como las de la cultura budista, que muchos peregrinos venían a traer. Esta mezcolanza me hacía pensar en la evidente transversalidad que abriga la cultura popular, concebida, de algún modo, para todos y para uno. El hecho de que un símbolo pueda ser experimentado tanto por el Bibliotecario como por el Chapista, y eso no rebaje su intensidad o su sentido. No en vano existen el árbol de la vida y los bosques prohibidos. Mi propósito, si el departamento de Conexión no me lo impide, es narrar aquí mi relación con aquel árbol único, que es lo mismo que narrar mi relación con el Lagar, como quedará claro. Solo si me es permitido, como ahora está siendo.

          Mis jornadas eran atléticas. Nada más levantarme, bebía una cantimplora de suero y subía a la terraza a introducirme veinte o treinta cigarros mientras mi vecina Margarita silbaba con éxito desde la terraza adyacente sentada frente al horizonte en su silla de plástico blanco. Bien podía ponerme los cascos y escuchar la radio y eludir todo aquello, pero de ocho a diez de la mañana ya digo que solía fumar y comer ajo compulsivamente mientras me adentraba en el folklore local a través de su boca de siglos. Este hecho hacía de transición entre mis noches soñadas y el despunte del alba, con un dibujo del mar elevadísimo frente a nosotros, tan alto que parecía venírsenos encima. Tal vez por eso, las canciones de Margarita, con la que hablaba de materiales y de química en el rellano, incluían extrañas alusiones al agua, presentada de forma monstruosa y omnipotente y ajena a la aparente apacibilidad con la que ella ejecutaba su silbo. Y aunque me aprendí dichas canciones inconscientemente, fue entre sus rimas dolientes cuando escuché por primera vez una alusión clara al árbol en cuestión. Obviamente, yo no relacioné hasta mucho más tarde la presencia de ese árbol en dichas romanzas de iniciación con el árbol que principiaba el Lagar de las Viudas. Fue solo cuando vi a Margarita un día apoyando su motocicleta y sus bolsas de componentes electrónicos a su vera repitiendo lo que sería para cualquier persona cualificada una oración mientras doblaba su cuerpo al ritmo de un metrónomo y zarandeaba sus brazos ancianos de los que colgaba sangre, que pude relacionar las líneas mañaneras de su voz con la fisonomía y el estandarte del árbol. Sin duda, se trataba de él, pero ¿a qué se debía tal importancia? No solo en el Centro lo tildarían de fundacional, sino también en el Círculo 7, obligando a su extirpación inmediata. Como yo había aprendido a lo largo de mi carrera, la Naturaleza es avara por su lógica netamente potencial e irracional, en último término contraria a los límites, que para cualquier experto en Convivencia, haya obtenido o no el rango de Ideador, son la regla primera de la libertad. Para colmo, este árbol parecía albergar dentro de sí propiedades anímicas, un hecho que parecía evidente por su popularidad dentro y fuera del Lagar.

         Al margen de los postulados de la Ceremonia Global, firmados, como todo el mundo sabe, el 3 de junio de 2024, o justamente a razón de ellos, los pueblos de dentro y fuera del Centro han venido teniendo especial cuidado con los errores de la Naturaleza, concebidos, si se quiere, como anatemas. Aunque mi tarea principal en el Lagar de las Viudas era el mero descanso y la remisión absoluta de una enfermedad no siempre clara a mis ojos, los trabajadores de la fábrica del Centro, en agradecimiento por nuestras condiciones laborales y nuestro ambiente filial, firmamos un contrato, en el inicio de nuestra prometedora trayectoria, en el que la cláusula XY soluciona nuestra intermediación si tuviéramos conocimiento sobre alguna anomalía ya no solo en el Centro, sino también en el Entorno o en la Zona Gris. En este sentido, el Lagar se enmarcaba en la categoría de pueblo de Entorno por el uso de materiales humildes en sus casas, la presencia de menos de 21 antenas, animales callejeros y la salida al mar, con útiles para ello y la posibilidad de puerto. Después de examinar a conciencia el poder de imantación de aquel árbol tras entrevistar a las vecinas del pueblo –una tarea no siempre fácil, pues empleaban metáforas místicas con su propio léxico, muy diferente al mío–, examinar la zona para recoger muestras –fui una noche para intentar grabar con mi videocámara el nivel de plasma del árbol y una escopeta prendió seis cartuchos no muy lejos de allí y se trajeron lobos anónimos y tuve que escapar del lugar ingiriendo inmediatamente una pastilla de protección– y redactar, finalmente, un informe, mi excedencia de cura trocó en un caso de trabajo extraoficial.

         Las gentes del Lagar se mostraron colaborativas con mi nuevo papel comunicativo, que además no podía ocultar al necesitar su parte. Es de suponer que ellas ya sabían que tarde o temprano alguien de la fábrica del Centro o alguna persona ajena al Entorno podría llegar a su pueblo y fijarse en lo que era un enigma a vista de todos a excepción de sus vecinas, aunque para todas esas mujeres el árbol fuera un enigma vivo también. Aunque era de género hombre y en la última revisión actualicé la casilla 49 confirmando tal condición, la masiva mayoría femenina del pueblo no se mostró ni un segundo guerrera conmigo, un hecho tal vez debido a mi Índice de Intuición y mi Coeficiente de Relación Femenina, destacados a nivel interestatal. No en vano, ambos indicadores eran subrayados como cualidades por mis jefas en la fábrica y eran también la culpa por la que crecí tan rápido, según ellas, dentro de los estamentos de la organización.

         A grandes rasgos, mi investigación aclaró varios puntos ciegos. En primer lugar, que el árbol era saludado a la entrada y salida del pueblo por cada una de sus habitantes de forma obligatoria y no opcional, normalmente incluyendo este saludo saliva en las raíces del árbol, algo que sin duda recordaba a los ritos religiosos y que excedía el cerco de lo Impersonal atribuido a todo ente natural o inerte; seguidamente, el hecho de que solo los niños y los turistas extranjeros estaban autorizados, en lo que era una clara vinculación con lo Inconsciente, a mantener contacto físico con el árbol, pero en ningún caso las vecinas, que era lo mismo que decir que la Naturaleza podría estar por encima de la Razón y no al revés, como efectivamente dice el documento comunitario surgido de la Ceremonia Global y como ya contenía la pretérita Tabla Universal, origen de nuestra civilización; y, por último y con la mayor urgencia: la posibilidad, remota pero dibujada según las respuestas de las entrevistadas, bajo la aplicación en los casos más esquivos de dosis de Palabra Neutra, de que el árbol supusiera el Final de la Espera, una negligencia, una herejía y un desacato que me hizo deber activar el Primer Protocolo –reitero mi perdón– pero que no activé por la aparición de Jacinto Robles en tales respuestas, apareciendo su nombre en el 63 % de las mismas en vinculación al árbol, en algún caso figurándole como la persona que lo trajo al pueblo en el año 2048 e inacabando el caso, pues aunque traté de dar con él en numerosas ocasiones durante mi orquestación, no le encontré nunca ni en su casa okupada ni en ningún otro espacio, siendo incongruente por tanto cerrar el fichero.

         El encuentro y la encuesta con el masculino Jacinto Robles se convirtió, por tanto, en mi mayor prioridad. Ya había vencido el quinto mes (o quinto día de una larga semana) y todavía no le ponía cara. Llegué a dormir entre materiales de obra cercanos al que era su hogar según todo el mundo y a fondear la costa con una barca propiedad de una prima de Margarita, prestada un sábado por amistad, bordeando las Fosas. Ni rastro. Contaba los días (las horas) para el final de mi proceso, que dentro de no mucho llegaría a su cierre, y en las graves consecuencias que tiene para el perfil de un trabajador de la fábrica del Centro un Caso Inacabado. Decidí entonces consultar al autor de estas líneas. Solo él sabría dónde se encontraba Jacinto y qué papel ocupaba en la historia del árbol. Con cierta desesperación (el viento entraba furioso por la ventana y señalaba el séptimo día), ordené los libros, me comí tres granadas enteras sin pelar, me tumbé en la cama con una toalla de agua caliente sobre las rodillas y prendí la Cinta de Emergencia esperando su respuesta, hasta que sonó tono. 

         Recibí contacto, y después un largo silencio. Realicé entonces una exposición sucinta, de unos diez minutos, después de dar mi número de operario, del caso que tenía entre manos, estimado en Importancia 6. Antes de acabar, y yo lo sabía porque en mi contrato aceptaba el uso de Telepatía incluso a través de medios electrónicos protésicos y no protésicos, el Autor pisó mis palabras, cada una de estas últimas palabras mías, y añadió:

 

–Jacinto Robles es un «Adán», resto del Viejo Mundo. Si no le encuentras, es porque le estás buscando, y además no existe ya. Todas esas mujeres lo encontraron hace mucho tiempo, pero ellas son parte del Mundo Nuevo, que ellas y no otros han de construir. Si respetan a ese árbol al que aludes es a razón de su respeto por el Viejo Mundo, un respeto más asentado en el Entorno que en el Centro, como deberías saber. Igual su respeto por los llamados «Adán», ya que en el Entorno la pregunta por el origen de nuestra existencia, y por ende de nuestro lenguaje, es necesaria todavía. Respecto a tu fotografía, si la examinas con detenimiento, verás que las espinas, los acúleos y aguijones que de su tronco forman parte, no son otra cosa que lágrimas, lágrimas que el Viejo Mundo todavía transfiere al Mundo Nuevo a través de la Naturaleza. Tu árbol, mi querido amigo, es uno de los Primeros Árboles, o «Árbol».