26 de marzo de 2026

'UN ESTALLIDO': Memorias de la Librería Grant el 21 de marzo de 2026


De izqda. a dcha.: Juan F. Rivero, Álvaro Guijarro, Álvaro López Fernández, Raúl Molina Gil, Juan Gallego Benot, Pablo Baleriola, Javier Vicedo Alós y Laura Rodríguez Díaz

Comenzó la mañana cuando siempre pero más temprano y con calmita, más de la que hubiera imaginado. Yo trabajaba ese sábado 21 de 14:30 a 20:00 en el Museo, Día Mundial de la Poesía, me tocaba, y aunque me concedieron el día y hubiera podido ser/estar en la Librería Grant a las 12:00 (y darme tiempo a disfrutar del evento más o menos para luego marchar desde Lavapiés sobre las 14:00), que es cuando nos citaron para la presentación de Un estallido. Antología de la poesía española (2000-2025) (Ediciones Cátedra, 2026) a antologados y no —sí, yo soy uno de los 25 nombres de ese proyecto, pero tranquilidad: esto no es una reseña ni un artículo laudatorio, sino una crónica o un gesto de periodismo gonzo—, no quería ir con prisas. Tanto es así que desayuné con Odile, Dan, Helena y críos en el Juan Raro a las 10:30, donde ya vi a alguien del contexto: la brillante Martha Asunción Alonso, con la que hablé un poco y que dedica un poema al grafitero Muelle en dicha Antología.

Una vez allí, en la puerta de la librería y en un ambiente in crescendo del que los responsables de prensa de Cátedra guardan fotos o larga fila, nos repartieron tickets, como en el mercado de abastos, “por temas de aforo”; un tema, justamente, en el que no me quiero meter, porque sólo sé por terceros y no tengo RRSS, que hubo algunos problemas, gente quedándose fuera y un sistema, en general, a revisar. De hecho, Miguel Retana, un amigo, me escribió diciendo que estaba arriba con más amigos míos —Telmo, Federico y Marina, José Tono, Silvia Flechoso, Paz y Ricardo Ranz, Nieves, Diego, Carlo Laurena—, viendo el acto por streaming, un mensaje con un emoticono de llorerías por risa y peteneras acompañado de una imagen de una cinta roja en la escalera de acceso a la planta sótano y galería, que es donde se festejó la poesía de lleno total, con un lateral de asientos, y otro, el izquierdo, de pies. Bajé con mi hermana Silvia y nos pusimos casi al final de la sala ya quedando poco espacio, una imagen recurrente porque, cuando voy con ella al cine, siempre se pone debajo del proyector. No me quité un segundo el sombrero (esto es como lo del botón de la americana al sentarse, lo sé), ya no tanto por Pessoa, que eso siempre, sino por Richard Brautigan, en homenaje a la mala noticia con la que abrió el acto Juan F. Rivero —poeta y editor en Cátedra, responsable máximo de esta Antología junto al estudio crítico, selección, muestra y semblanzas de Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández, estudiosos máximos de este contexto, y por ello figuras de honor—: el fallecimiento de Aníbal Cristobo, ya que el último libro que compré de Kriller71 fue el del bueno de Brautigan, un mito en sí mismo.

Luego, ya empezó la conversación entre Juan, Álvaro y Raúl, así sentados de izquierda a derecha. En ella, se puso en alza la pertinencia de la muestra tomando en consideración que en una fotografía nunca cabe todo el paisaje, razón por la que se citaron algunos nombres no incluidos en la nómina de “lxs 25”; y también se dijo que Juan F. Rivero estaba convocado pero que, por su condición de editor del libro, consideró no participar: todo un gesto. Yo, que soy alto, veía las cabezas y molestaba a los de atrás, y ya antes había podido saludar al bueno de Juan Gallego Benot, al que conocía de un único encuentro en el CBA una tarde-noche, brillante en su Oración en el huerto y también con un pie en el mundo del arte, junto a Pablo Caldera, respetado; y a otras gentes como Bolo, pertinaz organizador de eventos literarios y musicales desde hace unos 500 años, la edad que le dije que yo tenía, a lo que me respondió: “¿Sólo?”. Antes de empezar (volvemos al acto) Juan se acercó a los antologados que estábamos allí en presencia para ver si queríamos leer al final de la conversación a tres, cosa que no estaba pactada hasta ese momento, pero que resultó ser una buena idea porque pude escuchar a Laura Rodríguez Díaz a un palmo —su anuncio, seguido de Las niñas de plata, publicado en Ultramarinos y que obtuvo El Ojo Crítico, me pareció delicioso y ascensional—, preguntarle a Pablo Baleriola cómo se llegaba a Pueblo Lavanda, escuchar con admiración a Benot y cerrar con el bueno de Javier Vicedo Alós, quien fuera compañero en los años de Filosofía en la UCM, que abandoné en favor de la Fotografía y la Literatura, pero que siempre trabaja con Pre-Textos en las ferias y con el que había estado en la última FLM firmando ejemplares de Los últimos y los primeros (mi testamento poético, no en las prosas, que es hacia donde vamos, + el ensayo).

Una vez abierto el diálogo, se habló de uno de los pilares teóricos que sustentan el aparato crítico de Un estallido: la tensión entre las poéticas de corte figurativo frente a las más vanguardistas, que yo diría que en esta edición preponderan, en tanto que avance, o, como diría Julio Fuertes Tarín, “hay proyecto”. Y es que aunque, en términos generales, frente a algún ejemplo “ortodoxo”, la vanguardia suele ir vinculada al concepto de “progreso”, al menos dentro del estilo o la voz de un/a autor/ora dentro de su obra o camino, hablaba con Raúl Molina Gil hace unos meses sobre este tema, regalándole un libro firmado de Felipe Núñez (DEP, febrero de 2026) y, dada la variedad de poéticas, de la que también es síntoma este proyecto del primer cuarto de siglo XXI en España, no llegamos a conclusión fehaciente, aunque sí trajo a colación una reflexión de Helena Pagán (consultada como Vicente Luis Mora o Rafael Banegas Cordero para terminar de afinar el libro): los poetas hoy se mueven por casas editoriales, que son su fuente de prestigio, sean éstas La Bella Varsovia o Letraversal, por poner dos ejemplos muy evidentes, y que hacen las veces de asidero o valor seguro en la traviesa travesía de la lírica lírica. También se leyó el Índice, tan sucinto como vertebral, con líneas como la corporalidad o la (auto)reflexión sobre el lenguaje, después de las poéticas del cambio de siglo, las del principio del todo y la deuda con una generación, la de los nacidos a finales de los 70/principios de los 80 a los que agradecerles mucho, pero que distan de la suerte de fenómeno que viven —vivimos, porque el presente es otro ahora y así lleva siéndolo desde Tenían veinte años y estaban locos (La Bella Varsovia, 2011), crisis 2008-2020, feminismo(s) o las RRSS, el auge editorial economista de editoriales interesadas en la poesía como mercancía, etc.— los poetas nacidos desde María Salgado (1984), lenguajeadora máxima y figura tutelar, hasta la talentosísima María de la Cruz (2000), que cierra la muestra con su Cruzamos por el ras de la montaña, una metáfora de otra de las cuestiones vertebrales de la propuesta: la preeminencia de autoras en la selección.

Y no quiero convertir esto en una autoentrevista, eso sólo lo haría Cravan (al que cité en mi intervención con la mediana broma del recuerdo de aquel poema de Borges, “A un poeta menor de la antología”), pero me he apuntado una serie de frases que para mí resumen cómo me siento con todo esto, así que aquí van: 1) "Porque no es sólo hacer poesía, sino también pensarla"; 2) "Justo cuando me despido de la lírica, llega, para mi felicidad y mi justicia, este acontecimiento"; 3) "No tengo miedo en hablar de generación, y más si es desde el lado de las poéticas más rupturistas"; 4) "La muestra incluye a la que es, para mi conocimiento, la gran escritora de mi quinta, Ángela Segovia, que configuró un Prólogo para un libro mío en un proyecto editorial trascendente y pionero: Cartonera del Escorpión Azul, que dirige el mejor de los editores"; 5) "Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández son los mayores conocedores de la (ya no tan) joven poesía española. Sólo por eso, esta Antología está justificada"; 6) "Mi camino ha ido de la vanguardia al clasicismo, cosa rara, pero la novedad y la música me han hecho jóvenes aún"; 7) “Con este proyecto, hasta mi padre entiende que esto iba en serio”.

Al final, la marcha en La Mancha, en la misma Miguel Servet, hasta la media tarde, donde le pregunté a Elizabeth Duval, a la que llevaba tiempo queriendo conocer en persona, dónde demonios estaban Luna Miguel y Ernesto Castro, porque les echaba de menos; a Rodrigo García Marina le pude saludar también años ha, en los que no hace más que mejorar en todo, según yo sé y sabré; el pintor de retratos más rápidos que conozco, Víctor Gutiérrez Pancorbo, que andaba de un lado para otro; conversación lateral con Mariano Peyrou y Elena Martínez Bavière, al primero aclarándole que con decir que no hablaba con gratuidad de “gratis” sino de “verdad” respecto a mi mirada sobre su literatura, y con la segunda recordándonos que habíamos coincidido ya en el cumpleaños de Cristina Oñoro; y mi amiga Andrea Yoko, que el año pasado vendió su furgoneta para comprarse un Mazda mínimo pero descapotable, llevándome a casa y pasando juntos el resto de la jornada.  

Por añadir un final a esta pequeña crónica vital, sólo diré lo que ya dije delante de los allí presentes antes de homenajear con mi poema en voz alta a Pedro Casariego Córdoba: me ilusiona este estallido, y su eco también me ilusiona demasiado, pero lo hubiera hecho de igual forma si yo no fuera parte de él como lo soy ahora de iure, perteneciendo a una editorial que yo qué sé, pues San Juan, María Zambrano, Cernuda… Y es que, tal vez, sólo había que esperar, esperar, como le decía a una amiga el otro día; años de búsqueda que aquí se encuentran en forma de "una discreta cima".

 
Postpresentación en La Mancha (Miguel Servet, Lavapiés), con amigos y mi hermana Silvia