Hubo un tiempo en que rondaba
por mi cabeza la posibilidad de titular a todos los proyectos que fuera
acometiendo en el futuro, por muy diversos que fueran, bajo un mismo título: La
participación. No en vano, cuando aún tenía redes sociales, realicé en
Instagram un proyecto intermedial bajo ese #, publicando con método un post
cada tres días durante tres meses. Después, escribiría una novela entre mi ciudad natal,
Salobreña y Praga, la cual llegué a considerar «esencialmente póstuma», rematándola
tras cuatro años (2020-2024) y decir «hasta pronto siempre» a la base de mi
proyecto como artista: la lírica. En ese durante, tras un instante vital difícil,
abordé un texto de crisis en la línea de la Carta de Lord Chandos y el
paradigma bartleby, que es la simiente de este proyecto. En ese cuento, de unas
veinte carillas + 3 fotografías analógicas (una de ellas incluida en esta
exposición), las ideas principales eran la aparición y la desaparición, de lo
cual se desprende que en esta muestra de 14 fotografías analógicas haya 7
imágenes habitadas y otras 7 deshabitadas. Aunque tomadas todas ellas en un
reconocible Madrid, el personaje principal de aquel relato era un extranjero de
sí mismo que busca la redención por medio de la escritura, dentro del escollo
social, la configuración psíquica y la figura de una madre ausente, todo ello
abordado desde la más terrible de las sinceridades. Es por eso que me parecía
importante continuar la senda de ese título omniabarcante que es La
participación, y hablar de nuevo de lo que significa el otro en un presente
que parece haber olvidado la otredad (y, con ella, la comunidad): nuestro
verdadero asidero en el mundo.
Faltan, pero vinieron: Federico Ocaña, Matías Costa, Natalia Palomar, Julia García Felipe (y su roomie), Clara, Felipe Crispín y Catalina

