Si nos diera en gana aceptar en
poesía como herencia más directa y a modo de diagnóstico, todavía, tanto el
Romanticismo —los Romanticismos— como las vanguardias históricas o las dos olas
modernistas (la hispanoamericana y la anglosajona), en una época cercana a la
falsificación y lo maquinal como la que atravesamos en pleno 2026, nos daremos
de bruces con una idea: la del “Yo fuerte”, que sus autores y autoras encarnaron
tan debidamente, desde Nerval a Emily Dickinson y de Storni a Mayakovski. Esta
“opción” trae consigo importantes consecuencias, como la ilación entre el yo biográfico
y el yo lírico o la asunción de que el “entre” en el que se sitúa el poeta o la
poeta no es ya tanto un “entre” entre lo objetivo y lo subjetivo, ni siquiera
entre realidad y mundo, sino más bien, o más primeramente, entre el yo biográfico
y el yo lírico. Porque ¿cómo debe ser el poema de una persona sincera, triste o
excéntrica? ¿Ha de parecerse o hacer resonar eso que conocemos de aquélla durante
el café al leer una determinada pieza suya, ahora elevada a obra artística? La
respuesta que ofrezco es: el sujeto lírico empieza sí-o-sí donde acaba el
sujeto biográfico, ya que es sólo en la escritura, como código a desentrañar o
desentrañado, ejercitado siempre, donde el yo biográfico continúa en el
poema o se aleja de él, pero siempre generando una existencia otra, la
que se corresponde con el lenguaje. O dicho de una forma más sentenciosa: se es
como se escribe, no se escribe como se es.
Aquí
entra otro factor determinante: el estilo, que, como una gramática, tiene que
ver con cada configuración psíquica. De hecho, es muy habitual leer a Pizarnik
o a Artaud con devoción y encontrarse escribiendo una prosa de ironía
ramoniana, por poner un ejemplo. Llamo “estilo” aquí a eso que subyace pese
a todo y que se pone de manifiesto como algo único dentro de ese ejercicio
al que ya hemos aludido cuando hablábamos de la escritura. Una fuerza
originaria que trasciende lecturas e influencias y se inscribe como algo
indivisible del sujeto lírico, ya dejado atrás el sujeto biográfico. Es el
sujeto biográfico, quien es y no quien escribe, esto es, quien lee a Pizarnik y
a Artaud de noche cerrada, quien desea ser escritura; y es el sujeto
lírico, de día (o también de anochecida), quien escribe el deseo,
transfiriendo la suma de todos los elementos que confluyen en el poema cuando éste
es acometido. Así pues, no creo que ninguna influencia quepa u obstaculice en
la ecuación yo biográfico-yo lírico, pues hay algo personal en quien escribe,
probablemente lo único de ese “yo biográfico” que aún sobrevive en el poema.
Elevando
esta reflexión al contexto de la historiografía literaria actual, creo que
pronto estaremos ante un auge del biografismo, debido justamente al desafío
creativo que las tecnologías ocupan en nuestra sociedad. Ramas especializadas
como la sociocrítica, o la erótica entre los autores y los lectores generada
por las diferentes travesías vitales de dichos escritores, cuyas obras muchas
veces son o han sido encumbradas por dichos factores biográficos —de Sade a Stella
Díaz Varín—, irán creciendo en importancia, y esa máxima de “el texto queda” se
me antoja, como contraparte, totalmente insuficiente, debiendo tirar ahora del
hilo de un camino vital que justifique, cuanto más exagerado mejor,
cuanto más a rebase o complejo, el camino literario en sí mismo. Es por eso por
lo que, en el par en que bailamos, ese yo lírico, aunque de facto no se
vincule con las características —o con los caracteres, según Aristóteles— del
yo biográfico del que parte, pronto le rendirá cuentas, aunque, como ya hemos
explorado, no sean lo mismo. Así, auguro biografías, memorias y múltiples “about”,
jugándose ahora la partida de la literatura en el terreno de los hechos y los
gestos. En este sentido, poco se habla de cómo ha sido escrito un determinado
libro, con todos sus pormenores, cuando, por otro lado, tenemos crónicas y “sucesos”
de cómo se ha hecho un álbum musical o una película.
Otra
vía alternativa lógica seguida de esta simetría sería el anonimato, que dicha
maquinaria a la que hemos aludido facilitará como vía y a la fuerza, pero
no se trata aquí de un anonimato de ese yo biográfico “real”, sino de un yo
biográfico “artificial”, cosa que se entiende como cuando uno se pregunta quién
o quiénes fueron los autores de las pinturas murales de Altamira: nadie y
todos, pero alguien. Para el Derecho de Propiedad Intelectual, por ejemplo, y
esto es interesante, siempre que haya obra, habrá un autor, más o menos
desconocido, y, en último término, anónimo. Dicha anonimia es hoy otra otredad
aún por perfilar, pues el poema que pueda generar una IA dadas unas
indicaciones es o bien el resultado de un vuelco de potencialidades que un día
fueron biográficas en tanto que se rigen por un sistema humanamente concebido o,
más bien, un desierto en forma de código donde voces surgen de la nada,
artefactos o belleza sin dueño ni autor/ores. Un anonimato, por cierto, no como
el del polímata Boris Vian o la Victoria Lucas de La campana de cristal,
esto es, destinado a ser descubierto haciendo del nominalismo un juego, sino
algo mucho más peligroso: el rostro borroso de nadie o de Nadie, donde tampoco
es lícito ya hablar de horizontalidad, sino de Horizontalidad, esto es, de que
se una a este espacio cualquiera que disponga de un ordenador y una forma
correcta de dirigirse a la máquina. Y cuanto mejor se le hable, mejor para ser
alguien o Alguien.
Cerrando
filas, también cabe el término medio: que ni se sea como se escriba ni que se
escriba como se es, pero es una opción que desecho no porque sea poco
silogística y no sirva para mi cometido de hacer teoría, sino porque habla de
una falta de entrega al oficio de la escritura que, al menos yo, no contemplo,
pues para mí esta pasión es a todo o nada, a perder o a ganar, porque competir
es de mal gusto. A colación de esto, el interés por la teoría está en declive;
y añado al crítico las mismas circunstancias en que está delineado el/la poeta del
presente que he tratado de esbozar en estas líneas. Preguntarse por qué obtiene
una respuesta fácil: somos nosotros ahora los que generamos información sin
acudir siempre a las fuentes —ensayos, revistas, publicaciones de alcance, coloquios
de importancia—, cada día más desacreditadas e igualmente bajo la sombra de un hacer
menos personal, cuyo antónimo, la de la vertebración de los discursos desde un
hacer humanísimo es la única vía que puede salvar la revitalización doble
o ligazón entre crítica y creación como hechos de sociedad y como fruto,
todavía, de la autorreflexión.
En
definitiva, hay trabajo por hacer, hay visiones para contemplar, estructuras
que desmantelar. Lo que yo denomino como “la radicalidad del adentro” —tal como
me corrigió Belén Gopegui en un club de lectura en una cooperativa de mi barrio
a cuya última sesión de un club de lectura acudí de casualidad hace algunas
semanas, interviniendo para hablar
de “la radicalidad del afuera”, su cara B—, y que es tan propia de
nuestros días, un mundo injusto y criminal, debiera obtener como único fruto la
posibilidad de generar aún pensamiento y grandes obras elevando esa
“radicalidad del adentro” a una posible “horizontalidad verdadera del afuera”,
sin olvidarnos de la vida, que hará la diferencia, como ya hemos insinuado. Y
sin que eso requiera optar por manosear todavía más la autoficción o llevarlo
todo al terreno de las autobiografías; pero sí aceptar el milagro de existir y
desvelar en ese milagro los códigos, como hiciera Baudelaire, para crear
todavía dejando un camino de espejos detrás de nosotros que sugieran que hubo,
en la investigación y en el hecho creativo, saber y tiempo, o una experiencia
no como las que se hacen pasar ahora por experiencias, sino verdaderamente
vertebrales e iluminadoras. De esta forma, ser como se escribe estará a la
altura de la vida y escribir como se es será una ficción negada por la falta de
entendimiento que supone que el poema empieza cuando empieza el lenguaje, y así
hasta el final de los tiempos.
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Este
artículo/comentario/adenda surge como respuesta a la presentación de Palabra de mundo.
Intervenciones y entrevistas (2005-2025) (Libros de la Resistencia, 2026),
de Antonio Méndez Rubio, el pasado día 24/01/2026 en la tan querida librería madrileña
Enclave de Libros. Sirva como diálogo abierto con el autor y los/as allí presentes.
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