2 de octubre de 2023

ÁRBOL (Segunda semana)

 


Yo utilizo la física. Él la fabrica. Yo llego a la Luna en proyectil de cañón, no hay en ello ninguna superchería. Él se va a Marte en una astronave que ha construido con un metal para el que no cuentan las Leyes de la Gravedad. Todo esto es muy bonito, pero que me enseñe este metal, que lo produzca. 

JULIO VERNE tras la lectura de The First Men in the Moon (1901), de H. G. WELLS

 

Decidí abandonar la fábrica por un periodo de seis meses, un tiempo que según los médicos era de sobra suficiente para mi recuperación. Mi problema era de carácter anímico. Llevaba diecinueve años trabajando entre sustancias tóxicas y maquinaria de grado 3, en el Centro. En ese arco, había presenciado amputaciones de extremidades y voces perseguidoras entre mis compañeros. Teníamos el sueldo más alto del país, por si alguien se preguntara qué hacíamos allí. Y cuidaban de nuestras familias con llamadas telefónicas diarias y comida a domicilio que preparaban en el Anexo 100. No sé si todo eso es suficiente para explicar mi dependencia. En cualquier caso, como digo, viajé a la costa, estableciéndome en un pequeño pueblo casi deshabitado con una única tienda de menesteres y otra fábrica, esta vez en desuso, que en sus años de bonanza producía alcoholes destilados.

         Las mañanas eran ricas en luz y gatos de monte, y las tardes eran empleadas por las vecinas para realizar gestiones en las aldeas aledañas, a las que se accedía solo con motocicleta. En este sentido, era virtuoso contemplar a las abuelas del pueblo con las faldas levantadas por las cuestas de arenisca no siempre ayudadas por jóvenes. De hecho, el primer día que llegué, ya vi a una mujer transportar butano no sé bien aún de qué manera con setenta u ochenta años con una cuerda atada a su espalda. Solo había un hombre en el pueblo, o dos si cuento en alza la extrema historia de Jacinto Robles, razón por la que llamaban a este emplazamiento «Lagar de las Viudas». También había mujeres jóvenes y saludables que pisaban la uva, pero ya digo: no había hombres a excepción del viejo farero y del hombre Jacinto, que okupaba una casa en construcción. Yo desconocía esta situación antes de llegar aquí, y hasta muy avanzada mi estancia no supe que, aunque por supuesto había mujeres jóvenes en el pueblo, estas provenían de las ciudades medianas de alrededor, en las que habían dejado a sus padres varones por una suerte de pacto. Lagar de las Viudas era sinónimo de matriarcado y futuro social en una sociedad hostil con las mujeres, algo de lo que yo era muy consciente en el Centro por nuestra relación con los medios de información, aquí inhábiles, aunque mi visión política me acercara más a ellas que a los hombres por una figura de madre fuerte y mis doce jefas en la fábrica, cada una a la cabeza de los principales departamentos, incluidos, por supuesto, los de Utilidad y Supervisión.

         Era fácil fijarse en aquel árbol, el único contrario a los viñedos y que además se alzaba honorable en la entrada del pueblo, con toda su oscuridad. Una oscuridad sencilla si atendemos a la continua cadena de zarzas que rodeaba su tronco, a modo de peligro o autoprotección; o a sus ramas desnudas, tal nervios. El árbol era célebre en la zona. A sus pies había dispuestas desde piedras pintadas por niños a ofrendas efímeras como las de la cultura budista, que muchos peregrinos venían a traer. Esta mezcolanza me hacía pensar en la evidente transversalidad que abriga la cultura popular, concebida, de algún modo, para todos y para uno. El hecho de que un símbolo pueda ser experimentado tanto por el Bibliotecario como por el Chapista, y eso no rebaje su intensidad o su sentido. No en vano existen el árbol de la vida y los bosques prohibidos. Mi propósito, si el departamento de Conexión no me lo impide, es narrar aquí mi relación con aquel árbol único, que es lo mismo que narrar mi relación con el Lagar, como quedará claro. Solo si me es permitido, como ahora está siendo.

          Mis jornadas eran atléticas. Nada más levantarme, bebía una cantimplora de suero y subía a la terraza a introducirme veinte o treinta cigarros mientras mi vecina Margarita silbaba con éxito desde la terraza adyacente sentada frente al horizonte en su silla de plástico blanco. Bien podía ponerme los cascos y escuchar la radio y eludir todo aquello, pero de ocho a diez de la mañana ya digo que solía fumar y comer ajo compulsivamente mientras me adentraba en el folklore local a través de su boca de siglos. Este hecho hacía de transición entre mis noches soñadas y el despunte del alba, con un dibujo del mar elevadísimo frente a nosotros, tan alto que parecía venírsenos encima. Tal vez por eso, las canciones de Margarita, con la que hablaba de materiales y de química en el rellano, incluían extrañas alusiones al agua, presentada de forma monstruosa y omnipotente y ajena a la aparente apacibilidad con la que ella ejecutaba su silbo. Y aunque me aprendí dichas canciones inconscientemente, fue entre sus rimas dolientes cuando escuché por primera vez una alusión clara al árbol en cuestión. Obviamente, yo no relacioné hasta mucho más tarde la presencia de ese árbol en dichas romanzas de iniciación con el árbol que principiaba el Lagar de las Viudas. Fue solo cuando vi a Margarita un día apoyando su motocicleta y sus bolsas de componentes electrónicos a su vera repitiendo lo que sería para cualquier persona cualificada una oración mientras doblaba su cuerpo al ritmo de un metrónomo y zarandeaba sus brazos ancianos de los que colgaba sangre, que pude relacionar las líneas mañaneras de su voz con la fisonomía y el estandarte del árbol. Sin duda, se trataba de él, pero ¿a qué se debía tal importancia? No solo en el Centro lo tildarían de fundacional, sino también en el Círculo 7, obligando a su extirpación inmediata. Como yo había aprendido a lo largo de mi carrera, la Naturaleza es avara por su lógica netamente potencial e irracional, en último término contraria a los límites, que para cualquier experto en Convivencia, haya obtenido o no el rango de Ideador, son la regla primera de la libertad. Para colmo, este árbol parecía albergar dentro de sí propiedades anímicas, un hecho que parecía evidente por su popularidad dentro y fuera del Lagar.

         Al margen de los postulados de la Ceremonia Global, firmados, como todo el mundo sabe, el 3 de junio de 2024, o justamente a razón de ellos, los pueblos de dentro y fuera del Centro han venido teniendo especial cuidado con los errores de la Naturaleza, concebidos, si se quiere, como anatemas. Aunque mi tarea principal en el Lagar de las Viudas era el mero descanso y la remisión absoluta de una enfermedad no siempre clara a mis ojos, los trabajadores de la fábrica del Centro, en agradecimiento por nuestras condiciones laborales y nuestro ambiente filial, firmamos un contrato, en el inicio de nuestra prometedora trayectoria, en el que la cláusula XY soluciona nuestra intermediación si tuviéramos conocimiento sobre alguna anomalía ya no solo en el Centro, sino también en el Entorno o en la Zona Gris. En este sentido, el Lagar se enmarcaba en la categoría de pueblo de Entorno por el uso de materiales humildes en sus casas, la presencia de menos de 21 antenas, animales callejeros y la salida al mar, con útiles para ello y la posibilidad de puerto. Después de examinar a conciencia el poder de imantación de aquel árbol tras entrevistar a las vecinas del pueblo –una tarea no siempre fácil, pues empleaban metáforas místicas con su propio léxico, muy diferente al mío–, examinar la zona para recoger muestras –fui una noche para intentar grabar con mi videocámara el nivel de plasma del árbol y una escopeta prendió seis cartuchos no muy lejos de allí y se trajeron lobos anónimos y tuve que escapar del lugar ingiriendo inmediatamente una pastilla de protección– y redactar, finalmente, un informe, mi excedencia de cura trocó en un caso de trabajo extraoficial.

         Las gentes del Lagar se mostraron colaborativas con mi nuevo papel comunicativo, que además no podía ocultar al necesitar su parte. Es de suponer que ellas ya sabían que tarde o temprano alguien de la fábrica del Centro o alguna persona ajena al Entorno podría llegar a su pueblo y fijarse en lo que era un enigma a vista de todos a excepción de sus vecinas, aunque para todas esas mujeres el árbol fuera un enigma vivo también. Aunque era de género hombre y en la última revisión actualicé la casilla 49 confirmando tal condición, la masiva mayoría femenina del pueblo no se mostró ni un segundo guerrera conmigo, un hecho tal vez debido a mi Índice de Intuición y mi Coeficiente de Relación Femenina, destacados a nivel interestatal. No en vano, ambos indicadores eran subrayados como cualidades por mis jefas en la fábrica y eran también la culpa por la que crecí tan rápido, según ellas, dentro de los estamentos de la organización.

         A grandes rasgos, mi investigación aclaró varios puntos ciegos. En primer lugar, que el árbol era saludado a la entrada y salida del pueblo por cada una de sus habitantes de forma obligatoria y no opcional, normalmente incluyendo este saludo saliva en las raíces del árbol, algo que sin duda recordaba a los ritos religiosos y que excedía el cerco de lo Impersonal atribuido a todo ente natural o inerte; seguidamente, el hecho de que solo los niños y los turistas extranjeros estaban autorizados, en lo que era una clara vinculación con lo Inconsciente, a mantener contacto físico con el árbol, pero en ningún caso las vecinas, que era lo mismo que decir que la Naturaleza podría estar por encima de la Razón y no al revés, como efectivamente dice el documento comunitario surgido de la Ceremonia Global y como ya contenía la pretérita Tabla Universal, origen de nuestra civilización; y, por último y con la mayor urgencia: la posibilidad, remota pero dibujada según las respuestas de las entrevistadas, bajo la aplicación en los casos más esquivos de dosis de Palabra Neutra, de que el árbol supusiera el Final de la Espera, una negligencia, una herejía y un desacato que me hizo deber activar el Primer Protocolo –reitero mi perdón– pero que no activé por la aparición de Jacinto Robles en tales respuestas, apareciendo su nombre en el 63 % de las mismas en vinculación al árbol, en algún caso figurándole como la persona que lo trajo al pueblo en el año 2048 e inacabando el caso, pues aunque traté de dar con él en numerosas ocasiones durante mi orquestación, no le encontré nunca ni en su casa okupada ni en ningún otro espacio, siendo incongruente por tanto cerrar el fichero.

         El encuentro y la encuesta con el masculino Jacinto Robles se convirtió, por tanto, en mi mayor prioridad. Ya había vencido el quinto mes (o quinto día de una larga semana) y todavía no le ponía cara. Llegué a dormir entre materiales de obra cercanos al que era su hogar según todo el mundo y a fondear la costa con una barca propiedad de una prima de Margarita, prestada un sábado por amistad, bordeando las Fosas. Ni rastro. Contaba los días (las horas) para el final de mi proceso, que dentro de no mucho llegaría a su cierre, y en las graves consecuencias que tiene para el perfil de un trabajador de la fábrica del Centro un Caso Inacabado. Decidí entonces consultar al autor de estas líneas. Solo él sabría dónde se encontraba Jacinto y qué papel ocupaba en la historia del árbol. Con cierta desesperación (el viento entraba furioso por la ventana y señalaba el séptimo día), ordené los libros, me comí tres granadas enteras sin pelar, me tumbé en la cama con una toalla de agua caliente sobre las rodillas y prendí la Cinta de Emergencia esperando su respuesta, hasta que sonó tono. 

         Recibí contacto, y después un largo silencio. Realicé entonces una exposición sucinta, de unos diez minutos, después de dar mi número de operario, del caso que tenía entre manos, estimado en Importancia 6. Antes de acabar, y yo lo sabía porque en mi contrato aceptaba el uso de Telepatía incluso a través de medios electrónicos protésicos y no protésicos, el Autor pisó mis palabras, cada una de estas últimas palabras mías, y añadió:

 

–Jacinto Robles es un «Adán», resto del Viejo Mundo. Si no le encuentras, es porque le estás buscando, y además no existe ya. Todas esas mujeres lo encontraron hace mucho tiempo, pero ellas son parte del Mundo Nuevo, que ellas y no otros han de construir. Si respetan a ese árbol al que aludes es a razón de su respeto por el Viejo Mundo, un respeto más asentado en el Entorno que en el Centro, como deberías saber. Igual su respeto por los llamados «Adán», ya que en el Entorno la pregunta por el origen de nuestra existencia, y por ende de nuestro lenguaje, es necesaria todavía. Respecto a tu fotografía, si la examinas con detenimiento, verás que las espinas, los acúleos y aguijones que de su tronco forman parte, no son otra cosa que lágrimas, lágrimas que el Viejo Mundo todavía transfiere al Mundo Nuevo a través de la Naturaleza. Tu árbol, mi querido amigo, es uno de los Primeros Árboles, o «Árbol».


20 de junio de 2022

DÍAS QUE ENCUENTRAN SU DIARIO: 'Mapas del vagabundo' (Ediciones de la Isla de Siltolá, 2022), de Miguel Floriano

Viernes 3

Acabo de recoger Mapas del vagabundo, de Miguel Floriano (Oviedo, 1992), sobresaliente poeta con el que hablé unas líneas hace algunos días por IG para felicitarle por su TFG y al que me une, cómo decirlo, y creo que él aceptaría esto, una veloz complicidad intelectual. Hice el encargo hace exactamente una semana. Como el martes viajo a Cantabria cuatro noches, y quería llevarme el libro conmigo, llamé hoy a la librería desde la pausa de la comida, en el trabajo. “Ya lo tenemos, para cuando te puedas pasar”. Eso he hecho. Siltolá lo publicó el pasado febrero.

Martes 7

Escribir desde la emoción no es tarea fácil, porque se corre el riesgo de, solo, aportar claves como instantes, acaso fugitivos. Miguel piensa siempre; de hecho, creo que tal vez ese sea su tesoro (y su condena). Y elabora los materiales liviano-pesados de sus resultados como los amantes: del lenguaje, del tono, y en esta cartografía, de la travesía. Un camino sobrevivido, en el que hay espacio para la contemplación –gatos, caballos blancos– y, de nuevo, las ideas –carácter, conocimiento–, afianzadas. Este hecho altera en mucho el acercamiento a sus obras, e irá haciéndose más pronunciado a medida que avance en su producción: el paseante, ahora lector, sabe ya que va a pensar, y que ese pensar suyo se verá acompañado –o machacado dulcemente– por el sistema inscrito en peso del que escribe. Alianza o condena, el diálogo es fructífero en cualquier caso; una conversación entre experimentados. Por esta última razón –la de la poesía como saber–, disfruto yo tanto con la empatía de la poética inherente a estos poemas: ya no basta el lenguaje, sino su superación ulterior y en destino a lo vivo, testigo de ese peligro.

Es oportuno, por tanto, el concepto del mapa, paradoja en manos de los errantes, con los que el poeta se identifica hasta formalizar un contraste que humaniza, de algún modo, la posibilidad de los errores sumados. Y es que el vagabundo, por encima de todo, lo que alberga dentro de sí es una experiencia inusitada del tiempo; “inusitada” porque, aunque en realidad en él el tiempo es una costumbre, vive al margen del tiempo, como el amor en el sistema de aquel filósofo, pues el tiempo en él está encarnado como los gestos de un animal en su nacimiento o las formas de los objetos a los que nosotros insuflamos cierta versatilidad. Nos reconocemos y no, de este modo. Es clave, para que se efectúe en todas sus dimensiones la unión/desunión de este vértigo frente a la errancia, la alusión a una tercera persona completa del yo en perspectiva que recorre el texto de principio a fin, convertida accidentalmente en segunda persona en el instante de la lectura.


LETRILLA 

Nos refiere igual que una fábula infantil.

Regresa siempre

de todas partes,

y de todas se marcha contemplándose a sí mismo.

Del abandono, que es la forma

trágica de la ausencia, hace su mito,

la imagen inexacta del dolor,

haciendo huir al hombre de lo que no conoce.

La suya es la belleza de los mapas falsos.

 

Con todo, no todos, al perdernos, nos perdemos igual. Y Miguel Floriano hace en este libro de la pérdida un merecimiento. “Hay, después de los caminos, un camino que siempre nos engaña”, escribí yo en 2017. Pero aquí no hay engaño posible, sino más bien desengaño según el Barroco.

Miércoles 8

El reino divide al libro en dos, pero como en aquel Origen, se correlacionan las dos partes hace meses divididas –el libro se escribe entre diciembre del 19 y octubre del 21– para reunir algo así como “una experiencia del devenir”. A esto se suma el poema inicial, sin título y paladeado sin comas, donde los cuartos, las paredes, las ciudades, los cuerpos, han sido trascendidos en favor de una mirada –mirada, recordémoslo durante toda la lectura– cegadora.

Jueves 9

y porque conoce

ha cegado las paredes

Este cuerpo, que es tuyo, y este cuerpo, que es mío,

Poema

es un lugar que mi lenguaje asola

Cuánto rostro

sin vengar se refleja en el agua de la fuente,

Tantas veces

 la vimos sonreír,

Vivir como posible ironía.

Vivir como ley velada.

En la primera no confío.

La segunda quisiera quebrantarla.

 

La escritura es buscar, avaramente,

sucias las manos, agua en el agua.

Lunes 13

Hay afán de sistema. No se ha optado por otra cosa sino por la definición estrictamente vital-literaria de lo sentido. Unos sentimientos que crecen como ríos fuertes allá adentro, para exponerse afuera de forma lógica siendo lo último que desearía quien los padece el hecho de que fueran un día vulgares por su domesticación. Podemos ver un cerebro sobre la mesa; un poema culturalista, podemos leer; música de once sílabas sobre todo, podemos escuchar, y riesgo en una metonimia. No saber si el libro apunta siempre al amor o si el amor es una forma lingüística suprema que abrazara los demás temas, entendidos como narración. Hay orden y concierto, manías y tics de maticemos el matiz matizado una vez más y en grupo esta noche porque si no no voy a poder dormir tranquilo, esto es, personas queridas detrás de los poemas. Versos de tiraje como naipes en confrontación con versos como cuadros con los que se convive a diario, en favor de una atmósfera que alivie. Y aunque ya sabemos, desde hace siglos, que las comas estructuran las ideas, hay algún juego extraño en el autor hacia otras formas no trabajadas previamente, e igual con lo de fijar el otoño así porque sí. Hay actitud, como en la música que nos gusta escuchar cuando el día está a punto de encenderse. Un tengo que decir pero un tengo que vivir primero pero un tengo que escribir antes pero seguiré creyendo, te lo prometo, en estas palabras que tocaran un día algo así como "lo que quisimos aprender".

(Hoy)


Largo autobús, el de Madrid a Santander. Y otro hasta San Vicente de la Barquera después de parar, como siempre, en el kiosquito que está frente al Botín. Las notas precedentes, esta reseña entera, fueron escritas entre valles y puertos, estaciones de autobús que bien conozco. Lo de estar casi en Asturias –una tarde Llanes, en la frontera, no en vano– no fue gratuito: pensé que sería idóneo pese a no ser, del todo, la Tapia de Casariego ya simbólica de Miguel Floriano. Poemas hechos para acompañar, me digo, como música sedienta pero serena, pulso innato del autor. El puente de noche, las sardinas en decena, la pradera de hierba del Capricho… Hemos envejecido algo; se podría decir que para bien. Nuestros amores pasados conviven con el Nuevo. Era el verano en la primera quincena de junio, los pueblos aún por iniciar la marcha. Uno y solo en el apartamento: lo necesario. La decisión de la escritura, quince años después, demostraba que la diferencia es la pasión. Aquí, los locales presenciaron diez veranos míos. Mi madre se me fue en este autobús rojo, o al menos aquí recibimos la llamada. Escucho la palabra “mapa” y algo recuerdo: la cadencia de los graneros, las pisadas que la pleamar borraría, el pensamiento indócil... Tierna cadencia, solo es exagerada la coda, porque continuamos. Las barcas están en su sitio, amigos; el amanecer desvelando las formas. Todo pendiente, todo por recorrer. La palabra “vagabundo” como algo familiar. Entonces los mapas –¿los poemas?– nos siguen guiando, o al menos aquí, en las palabras de la literatura. ¿Es verdad que debía leer este libro en este viaje, instante al que siempre volver? Es por eso que, tal vez, estos apuntes, estos días de diario, hayan sido escritos en algún otro lugar, con el corazón harapiento. Eso, ni tú ni yo, lo sabremos nunca.

Cantabria-Madrid, junio de 2022

31 de marzo de 2022

30 de enero de 2022

MELANCÓLICO EN SHANGHÁI

A Angélica Liddell


Acabo de escribir, en edding blanco sobre un póster en A1 de Antonin Artaud durante un rodaje que recibí por error tras haber solicitado uno de los puños de Arthur Cravan vía web y que ahora se sitúa en el borde de mi cama, la siguiente frase: “Melancólico en Shanghái”. La ternura, la monstruosidad y el mes de enero, Angélica, ya ves. Porque no es exactamente irracional este contenido que recibo de ti, siquiera inconsciente en términos de empatía si es que no conseguimos tocarnos unos a otros cuando no comprendemos, sino racional por el gusto y la estética, de los que no escaparás, aunque la guerra exista o cuaje el barro en las botellas: más bien, sí, yo diría que tu teatro es como observar en fuga o con la cantata más señalada de Bach los últimos peldaños de la Realidad. Está bien si aceptamos que no podemos escapar de nuestra historia personal, siquiera desde la imaginación, también fruto de infancia (Wendy) y experiencia (quien escribe a Wendy), siendo para la política una maniobra escapista en términos objetivos cuando no descansa en un detalle o “algo inexplicable”; es honesto y privado el goce de todos los autores hasta que el Surrealismo los apadrina –me aburro ya, Breton– si aprendemos a escuchar la derrota que debemos seguro provocar para que un amigo te trate como un desconocido de repente un día, al entrar al teatro por ejemplo, como con miedo, como sí pero no, etc. Tú te has atrevido a conjurar, en este sentido; hay valentía en tu soledad al hacerla cuerpo, y libertad ejemplar después para los ojos de los dormidos, incluso en la que taconeó ayer yéndose de la función. Terminó y quería fumar, pero les dije a dos acompañantes: “Me va a acompañar, me va a acompañar mucho tiempo”. ¿Qué es eso que me llevo y que en este texto traigo como deseando que lo leas, como si te hablara? Me encantó, en este sentido, que le hablaras así a tu Padre (de mierda), sobre todo el giro coloquial y las moscas y los monos, demonios todos y no incesto sino abuso. ¿Qué es un monstruo? Yo creo que el paradigma de los Malditos está muerto en favor, tal vez, de un paradigma de los Sabios o de los Complejos. Que digas “Dante” y no sepas por dónde empezar, por ejemplo: creo que esto es una clave para el presente... Esto te lo digo más bien entre risas viendo cómo escriben sobre ti otros, o cómo escribirán otros sobre otros toda la Historia de los Otros que se repetirá para mal de los señalados siempre, aunque a saber cómo gestionas tú la lacra de los relatos, en eso la verdad es que no me atrevo a decir por mucho que adivine. La otra vez fue con una gran amiga, una a la que quiero mucho, en El Escorial, hace más de una década. Digamos que la liaste pardísima solo teniendo en cuenta el emplazamiento, que hacía de contraste entre el velatorio y el pulso humano inscrito a velocidad, Reyes, y que, para colmo, tenía en cuenta una adolescencia mía en ese pueblo, veranos tórridos de piscina y grupos de chavalitos, ya sabes: “nadadores/atletas con los que quieres compartir un vaso de agua”. Pero yo volvería a la cuestión previa: engendrar la obra. ¿Qué tipo de epifanía o momento límite, qué tiene que pasar para entender que no solo seguirás, sino que llevarás a término, sin lacre, el caos más fecundo? ¿Eso, cuando sucede, se ve o se escucha? ¿O se entiende? Pienso en la posibilidad de esto último, aunque estoy seguro de que compartimos el placer por los detalles y un olor, como para Nietzsche, podría ser definitivo; la mirada de narrador, que a su pesar capta cada cosa y, dependiendo del día, decide jugar/sobreactuar o dejar que el espectáculo sacuda mansamente el delirio inocente de la ciudad. Te he visto dos veces en vida, y paradójicamente cerca, por el centro de Madrid, si hablamos de ciudades. Una de ellas llevaba encima 430 folios porque venía de la imprenta, pero por no aburrir, y aunque lo pude ver claro un segundo, di vuelta, sin darte esos esbozos interminables de mi poesía. Yo creo que, para ti, hay un momento en el que la poesía se hace teatro, y el teatro vida y la vida poesía, y me atrevo a señalar esta línea causal porque tú eres la primera que no diferencias sendos espacios. Sobre esto último diré que ya veía yo en 2008-2009-2010 fotografías tuyas oscuras en hoteles, cortes, fármacos, dolor. No sé, entonces, si es que, volviendo a eso de la Chispa, hay un momento en el que todo se encauza, en el que el arte por fin cobra sentido porque da sentido a todo el desmenuzamiento, racionalidad u otros. Yo me encuentro en un momento parecido, sin escapatoria ni desde las metáforas o el sentido dando sentido al sentido, laberintos y ciénagas leídas ya. Me debato entre el escondite contra el que siempre me he posicionado y la integración de arte y vida en un plano total. Para una persona sensible, sensible en una acepción fuerte, acudir a una boda puede desbaratarlo todo y más si lee biografías de Kafka. Un malentendido, Angélica, es triste pero es así. Y es tal la cantidad de signos, de señales, de acciones en respuesta a lo que yo pretendí de forma unívoca comunicar, que tal vez el conflicto no es la acción, la señal, el signo como potencia de significado, sino más bien mi error o mi cadena de errores: mi inadecuación o una adecuación solo posible desde la literatura, que a pocos importa y menos a los que no saben leer entre líneas (no hablo, clarísimo, de los forzados en ingenio e ironía: "lectores"). Hay gafas de ensayistas, pero no de poetas o narradores, y cuando te encuentras a uno que desearías como amigo, cómplice o válido interlocutor, resulta que es más bien un especialista, y echas de menos en él las gafas del ensayista pero bien entendidas, la cosa de lo cotidiano bien entendida, los placeres sencillos como tus programas basura de las cuatro de la madrugada, tal vez, Angélica. Los raros, tú lo sabes, bien que estén en los tomos de las Facultades, y hasta son amados y haremos camisetas, pero cuando uno tiene a uno cerca, o comparte piso, o se lo folla, adiós al pacto de ficción porque me escapo pero que ya, corro, no quiero saber nada y vuelve a ser ese que te trata como un desconocido a las puertas del teatro. Eres exquisita, por lo demás. Tu voz crece en el diálogo como crece la sangre en el doble movimiento. Lo del índice sonando techno me pareció, directamente, una genialidad. ¡Los códigos para quien los quiera, que yo hago arte por capas como toda gran artista o como toda Madre cuando habla con sus espectadores y a todos satisfago!, parecías decir. No sé si podré, pero está bien así también. Además, si no me atrevo ahora, muchos saben que ya me atreví lo suficiente. No creo, tampoco, que seamos iguales. Tal vez ese sea mi consuelo. Que ya viví, aprendido lo aprendido, y que lo está más adelante es la vieja y bella relación de los artistas con los que escuchan, leen o ven en Shanghái, una tarde cualquiera. O en Lausanne, sí, también allí.


Madrid, madrugada del 30 de enero de 2022

21 de noviembre de 2021

'Una pequeña personalidad linda', melódica, completa (La Bella Varsovia, 2021), de Berta García Faet



Pero prometo que corrijo a menudo la teoría de que los grandes escritores, libro tras libro y admirados por su comunidad tras su exposición debida, deben seguro hacer esfuerzos por ir preservando espacios de libertad que la cosa del texto como comunicación social resta aunque luego sume el consiguiente reconocimiento, y aunque tal vez este esbozo tonto mío tenga que ver con el carácter –con la personalidad– de cada autor/ora, la sensación de plenitud que me ha generado la lectura de esta última entrega de Berta García Faet (Valencia, 1988), por muchos esperada tras un durante de algunos años que seguro no son iguales para Berta que para otro por su concepción-investigación constante del tejido o texto, ha sido seguramente así de grande porque he percibido, como lector atento de su proyecto en poesía, que la autora ha sabido preservar ese lugar sagrado y a cuidar desde el cual poder seguir diciendo con el necesario amor de siempre, algo que, además, tras el reconocimiento del Premio Nacional de Poesía Joven “Miguel Hernández” con una obra de las que casi obligan a un cierre, me hace percibir este Una pequeña personalidad linda como un Aparte, más allá de los útiles lingüísticos tensados y recogidos en Los salmos fosforitos, la sólida consagración de la sentimentalidad que fue La edad de merecer o los indicios, secretos, deseos o huellas de Corazón tradicionalista. Poesía 2008-2011, todos ellos publicados por La Bella Varsovia en 2017, 2015 y 2017 respectivamente al margen del que abordaré hoy, publicado hace escasos días de noviembre.

Al ser total, es difícil escribirlo, eso vaya por delante, aunque menos hablarlo, así que mejor haré por hablar. Me pasa pocas veces, si soy impresionista. Es como que voy dejando correr las páginas con mucho cuidado y voy sintiendo que algo así como “la esfera por colorear del libro” se va completando. En el primer esbozo de poética de la página 16 (“Lo que voy a escribir está cuajado/ cuajado de claves”) no están aún las preguntas prematrimoniales de la impar 89 (“¿Es una herida fresca?/ ¿Tienes mucho calor?/ ¿Nihilismo o pétalo?/ ¿Nihilismo o pétalo?”) ni la ciudad y la montaña de la 93 –vera, vega y alborada– o el zenit de la 185 (“He escrito este libro/ este libro para hallarme”): es cuando voy haciéndolas pasar que siento “la esfera por colorear del libro” coloreada en continuo, aristas, matices, etc., hasta esa totalidad. Pareciera incluso, sobre esto que intuyo, que el esfuerzo no existe en el lector tanto como en el autor o el crítico, y más con tal disposición de vidas, de canciones, de relatos cantados como vivencias en torno al torno de la identidad. De esto último extraigo algo que siempre me ha importado en poesía, y que de alguna manera está muy presente en el libro de García Faet cuando entendemos fantasía como realidad o realidad como fantasía, exacto pacto sea, como ya digo, sí o no desde lo confesional: la experiencia narrándose desde su devenir lingüístico. Y es que pensar es escribir también –lo sabe esta época contrastada– cuando hay un (im)pulso por hacer de la gramática un agua, pese a que la belleza sea lenta y fije con joyas como “ajuar de vaho”, siendo de fondo materiales aparentemente diferenciados los de un pensamiento o un signo, pero reunidos después, ya digo, extrañamente.


Una pequeña personalidad.

equivale vivir equivale vivir

a besar.

se asemeja vivir se asemeja vivir

a ajar.

una cestilla de frutas podridas

no me amilana.

una cestilla de trapos,

saludo cordial.

una cestilla de costras

no me acobarda.

el cenacho de dichos

por las castillas,

el capazo de corzos.

el sol que nos chupa nos quiera o no.

el sol

nos chupó,

que chupóse el canal.

el sol que tiene una gran personalidad.

fue lo que dijimos.

lo que juramos.

eso y eso.

fue lo que dijimos.

que lo consignaríamos.

baliza y seña.

fue lo que dijimos.

eso, lo del besar

la lesión y la tierra

y el mal, si existiera.

[...]

 

Sobre el imaginario, va de lo medieval al XXI, cuentos-fábulas y padecer-de-tajos en forma de andolas tarareadas, borceguíes de muchos caminós y, finalmente, pitayas y soles, todo ello bajo muy distintos lenguajes (y estilos) que apuntan a un mismo valor o centro: el del corazón en forma de biografía o lectora de sus propias memorias, aunque, ya lo hemos dicho, la fantasía arrastre su propia aventura. No en vano el libro se estructura en diez capítulos subdivididos a su vez en múltiples partes a modo de variaciones o enigmas, con dichos capítulos dialogando interiormente unos con otros –vivos– dentro del libro, como el IV y el IX bajo la premisa “Mi vida” y los concéntricos I-X, por poner dos ejemplos cenitales. Si fuera una antología, sólo sería la de la vida, que qué antología no es. Pero hay una virtud que trasciende esa lectura: la del leer como continuidad. En este sentido, Una pequeña personalidad linda tiene mucho de macrocosmos y universo personal, al mismo tiempo; de deuda con el narrar(se), tiene. El diálogo con las formas medievales la relaciona, al margen de las propias referencias contextuales como Guillermo de Poitiers o el Dante de la Vita nuova, a los que la propia autora cita en las Notas y agradecimientos finales y que aparecen entreverados desde cierto simbolismo, con otra gran poeta de su generación: Ángela Segovia, y más concretamente con su singular Amor divino, donde se realiza una revisión de la sentimentalidad desde estas coordenadas; así como también están presentes los arquetipos de las personas amadas a los que esta poeta da lugar en su último libro, Mi paese salvaje, y que, novio o marido, se hallan en García Faet en similar perspectiva. En lo tocante al presente, es clara la voluntad de renovación de Berta García Faet tanto en las formas como en los temas desde sus comienzos, algo que no la exime de dialogar con el Vallejo monosilábico y eterno de 1919 en tres páginas.

 

[...]


en esto que voy y abrí la puerta

y al otro lado

estaba

yo y estaba ella

la misma puerta

no otra puerta

 

que es como decir

ella viaja porque ella es viajera

la

causa de su amor es que en

efecto

ama

porque hay sol bajo el sol

nos asoleamos

que es como decir

 

hay fantasía porque los seres fantásticos son fantásticos

hay puertas de madera porque la madera es una puerta

 

yo

como soy cuerpo

soy lo mismo que un pedazo de madera

hay rectángulos porque hay cuatro lados

y un camino recto

y como hay una puerta hay por fuerza dos lados

y como hay dos puertas hay por fuerza cuatro lados

y como los rectángulos son puertas yo los cruzo

[...]

 

Hay, como ya había en otros trabajos de la autora, un estudio de la sensibilidad en constante proceso de elaboración, y eso nos llevará de algún dolor a los cuerpos al Mal, sorteado; o a ejercicios más conceptuales como el de este fragmento de “Cuentoportezuela”, de mucha inteligencia. En líneas generales, la narratividad de los poemas de García Faet obedece muchas veces a la identificación de varios centros, los cuales vibran y laten durante el poema para irse desvaneciendo, ser recuperados o, finalmente, ser erigidos cuando se determine con una muy natural lógica o sutil imprimación de voluntad, pero evitando en la visión general cualquier efectismo, pues dichos centros, muchas veces obsesivos o nerviosos desde su concepción, obedecen a algo muy estético en sus bases, y que pueden ser aquí un nido y un gusano o un cuento cuyo planteamiento general la autora resuelve en los tres primeros versos (“tres capitanes/ mil huestes/ una reina”) para ser ya lana roja lo siguiente. El sentido del ritmo, también, que a mí siempre me pareció metafóricamente en poesía, incluso con los antiacadémicos, sinónimo de la actitud del poeta fuera de la página en la que se ejecuta ese ritmo, hace compañía aquí a una cognición abarcadora que siempre halla objetivos cuando apunta con su arco. Eso por no hablar del lenguaje investigado. Vamos, que como cuando uno ama un poema y lo copia a mano en su juventud para examinar detalles, se aprende leyendo a Berta García Faet.

En definitiva, la magia. Contagiosa, hábil, fecunda. Las fresas y el futuro que ella reúne para nosotros. Celebrado.

 

mi vida es mágica

 

de lo otro

no sé nada

 

ya lo sabré

[...]