20 de junio de 2022

DÍAS QUE ENCUENTRAN SU DIARIO: 'Mapas del vagabundo' (Ediciones de la Isla de Siltolá, 2022), de Miguel Floriano

Viernes 3

Acabo de recoger Mapas del vagabundo, de Miguel Floriano (Oviedo, 1992), sobresaliente poeta con el que hablé unas líneas hace algunos días por IG para felicitarle por su TFG y al que me une, cómo decirlo, y creo que él aceptaría esto, una veloz complicidad intelectual. Hice el encargo hace exactamente una semana. Como el martes viajo a Cantabria cuatro noches, y quería llevarme el libro conmigo, llamé hoy a la librería desde la pausa de la comida, en el trabajo. “Ya lo tenemos, para cuando te puedas pasar”. Eso he hecho. Siltolá lo publicó el pasado febrero.

Martes 7

Escribir desde la emoción no es tarea fácil, porque se corre el riesgo de, solo, aportar claves como instantes, acaso fugitivos. Miguel piensa siempre; de hecho, creo que tal vez ese sea su tesoro (y su condena). Y elabora los materiales liviano-pesados de sus resultados como los amantes: del lenguaje, del tono, y en esta cartografía, de la travesía. Un camino sobrevivido, en el que hay espacio para la contemplación –gatos, caballos blancos– y, de nuevo, las ideas –carácter, conocimiento–, afianzadas. Este hecho altera en mucho el acercamiento a sus obras, e irá haciéndose más pronunciado a medida que avance en su producción: el paseante, ahora lector, sabe ya que va a pensar, y que ese pensar suyo se verá acompañado –o machacado dulcemente– por el sistema inscrito en peso del que escribe. Alianza o condena, el diálogo es fructífero en cualquier caso; una conversación entre experimentados. Por esta última razón –la de la poesía como saber–, disfruto yo tanto con la empatía de la poética inherente a estos poemas: ya no basta el lenguaje, sino su superación ulterior y en destino a lo vivo, testigo de ese peligro.

Es oportuno, por tanto, el concepto del mapa, paradoja en manos de los errantes, con los que el poeta se identifica hasta formalizar un contraste que humaniza, de algún modo, la posibilidad de los errores sumados. Y es que el vagabundo, por encima de todo, lo que alberga dentro de sí es una experiencia inusitada del tiempo; “inusitada” porque, aunque en realidad en él el tiempo es una costumbre, vive al margen del tiempo, como el amor en el sistema de aquel filósofo, pues el tiempo en él está encarnado como los gestos de un animal en su nacimiento o las formas de los objetos a los que nosotros insuflamos cierta versatilidad. Nos reconocemos y no, de este modo. Es clave, para que se efectúe en todas sus dimensiones la unión/desunión de este vértigo frente a la errancia, la alusión a una tercera persona completa del yo en perspectiva que recorre el texto de principio a fin, convertida accidentalmente en segunda persona en el instante de la lectura.


LETRILLA 

Nos refiere igual que una fábula infantil.

Regresa siempre

de todas partes,

y de todas se marcha contemplándose a sí mismo.

Del abandono, que es la forma

trágica de la ausencia, hace su mito,

la imagen inexacta del dolor,

haciendo huir al hombre de lo que no conoce.

La suya es la belleza de los mapas falsos.

 

Con todo, no todos, al perdernos, nos perdemos igual. Y Miguel Floriano hace en este libro de la pérdida un merecimiento. “Hay, después de los caminos, un camino que siempre nos engaña”, escribí yo en 2017. Pero aquí no hay engaño posible, sino más bien desengaño según el Barroco.

Miércoles 8

El reino divide al libro en dos, pero como en aquel Origen, se correlacionan las dos partes hace meses divididas –el libro se escribe entre diciembre del 19 y octubre del 21– para reunir algo así como “una experiencia del devenir”. A esto se suma el poema inicial, sin título y paladeado sin comas, donde los cuartos, las paredes, las ciudades, los cuerpos, han sido trascendidos en favor de una mirada –mirada, recordémoslo durante toda la lectura– cegadora.

Jueves 9

y porque conoce

ha cegado las paredes

Este cuerpo, que es tuyo, y este cuerpo, que es mío,

Poema

es un lugar que mi lenguaje asola

Cuánto rostro

sin vengar se refleja en el agua de la fuente,

Tantas veces

 la vimos sonreír,

Vivir como posible ironía.

Vivir como ley velada.

En la primera no confío.

La segunda quisiera quebrantarla.

 

La escritura es buscar, avaramente,

sucias las manos, agua en el agua.

Lunes 13

Hay afán de sistema. No se ha optado por otra cosa sino por la definición estrictamente vital-literaria de lo sentido. Unos sentimientos que crecen como ríos fuertes allá adentro, para exponerse afuera de forma lógica siendo lo último que desearía quien los padece el hecho de que fueran un día vulgares por su domesticación. Podemos ver un cerebro sobre la mesa; un poema culturalista, podemos leer; música de once sílabas sobre todo, podemos escuchar, y riesgo en una metonimia. No saber si el libro apunta siempre al amor o si el amor es una forma lingüística suprema que abrazara los demás temas, entendidos como narración. Hay orden y concierto, manías y tics de maticemos el matiz matizado una vez más y en grupo esta noche porque si no no voy a poder dormir tranquilo, esto es, personas queridas detrás de los poemas. Versos de tiraje como naipes en confrontación con versos como cuadros con los que se convive a diario, en favor de una atmósfera que alivie. Y aunque ya sabemos, desde hace siglos, que las comas estructuran las ideas, hay algún juego extraño en el autor hacia otras formas no trabajadas previamente, e igual con lo de fijar el otoño así porque sí. Hay actitud, como en la música que nos gusta escuchar cuando el día está a punto de encenderse. Un tengo que decir pero un tengo que vivir primero pero un tengo que escribir antes pero seguiré creyendo, te lo prometo, en estas palabras que tocaran un día algo así como "lo que quisimos aprender".

(Hoy)


Largo autobús, el de Madrid a Santander. Y otro hasta San Vicente de la Barquera después de parar, como siempre, en el kiosquito que está frente al Botín. Las notas precedentes, esta reseña entera, fueron escritas entre valles y puertos, estaciones de autobús que bien conozco. Lo de estar casi en Asturias –una tarde Llanes, en la frontera, no en vano– no fue gratuito: pensé que sería idóneo pese a no ser, del todo, la Tapia de Casariego ya simbólica de Miguel Floriano. Poemas hechos para acompañar, me digo, como música sedienta pero serena, pulso innato del autor. El puente de noche, las sardinas en decena, la pradera de hierba del Capricho… Hemos envejecido algo; se podría decir que para bien. Nuestros amores pasados conviven con el Nuevo. Era el verano en la primera quincena de junio, los pueblos aún por iniciar la marcha. Uno y solo en el apartamento: lo necesario. La decisión de la escritura, quince años después, demostraba que la diferencia es la pasión. Aquí, los locales presenciaron diez veranos míos. Mi madre se me fue en este autobús rojo, o al menos aquí recibimos la llamada. Escucho la palabra “mapa” y algo recuerdo: la cadencia de los graneros, las pisadas que la pleamar borraría, el pensamiento indócil... Tierna cadencia, solo es exagerada la coda, porque continuamos. Las barcas están en su sitio, amigos; el amanecer desvelando las formas. Todo pendiente, todo por recorrer. La palabra “vagabundo” como algo familiar. Entonces los mapas –¿los poemas?– nos siguen guiando, o al menos aquí, en las palabras de la literatura. ¿Es verdad que debía leer este libro en este viaje, instante al que siempre volver? Es por eso que, tal vez, estos apuntes, estos días de diario, hayan sido escritos en algún otro lugar, con el corazón harapiento. Eso, ni tú ni yo, lo sabremos nunca.

Cantabria-Madrid, junio de 2022

31 de marzo de 2022

30 de enero de 2022

MELANCÓLICO EN SHANGHÁI

A Angélica Liddell


Acabo de escribir, en edding blanco sobre un póster en A1 de Antonin Artaud durante un rodaje que recibí por error tras haber solicitado uno de los puños de Arthur Cravan vía web y que ahora se sitúa en el borde de mi cama, la siguiente frase: “Melancólico en Shanghái”. La ternura, la monstruosidad y el mes de enero, Angélica, ya ves. Porque no es exactamente irracional este contenido que recibo de ti, siquiera inconsciente en términos de empatía si es que no conseguimos tocarnos unos a otros cuando no comprendemos, sino racional por el gusto y la estética, de los que no escaparás, aunque la guerra exista o cuaje el barro en las botellas: más bien, sí, yo diría que tu teatro es como observar en fuga o con la cantata más señalada de Bach los últimos peldaños de la Realidad. Está bien si aceptamos que no podemos escapar de nuestra historia personal, siquiera desde la imaginación, también fruto de infancia (Wendy) y experiencia (quien escribe a Wendy), siendo para la política una maniobra escapista en términos objetivos cuando no descansa en un detalle o “algo inexplicable”; es honesto y privado el goce de todos los autores hasta que el Surrealismo los apadrina –me aburro ya, Breton– si aprendemos a escuchar la derrota que debemos seguro provocar para que un amigo te trate como un desconocido de repente un día, al entrar al teatro por ejemplo, como con miedo, como sí pero no, etc. Tú te has atrevido a conjurar, en este sentido; hay valentía en tu soledad al hacerla cuerpo, y libertad ejemplar después para los ojos de los dormidos, incluso en la que taconeó ayer yéndose de la función. Terminó y quería fumar, pero les dije a dos acompañantes: “Me va a acompañar, me va a acompañar mucho tiempo”. ¿Qué es eso que me llevo y que en este texto traigo como deseando que lo leas, como si te hablara? Me encantó, en este sentido, que le hablaras así a tu Padre (de mierda), sobre todo el giro coloquial y las moscas y los monos, demonios todos y no incesto sino abuso. ¿Qué es un monstruo? Yo creo que el paradigma de los Malditos está muerto en favor, tal vez, de un paradigma de los Sabios o de los Complejos. Que digas “Dante” y no sepas por dónde empezar, por ejemplo: creo que esto es una clave para el presente... Esto te lo digo más bien entre risas viendo cómo escriben sobre ti otros, o cómo escribirán otros sobre otros toda la Historia de los Otros que se repetirá para mal de los señalados siempre, aunque a saber cómo gestionas tú la lacra de los relatos, en eso la verdad es que no me atrevo a decir por mucho que adivine. La otra vez fue con una gran amiga, una a la que quiero mucho, en El Escorial, hace más de una década. Digamos que la liaste pardísima solo teniendo en cuenta el emplazamiento, que hacía de contraste entre el velatorio y el pulso humano inscrito a velocidad, Reyes, y que, para colmo, tenía en cuenta una adolescencia mía en ese pueblo, veranos tórridos de piscina y grupos de chavalitos, ya sabes: “nadadores/atletas con los que quieres compartir un vaso de agua”. Pero yo volvería a la cuestión previa: engendrar la obra. ¿Qué tipo de epifanía o momento límite, qué tiene que pasar para entender que no solo seguirás, sino que llevarás a término, sin lacre, el caos más fecundo? ¿Eso, cuando sucede, se ve o se escucha? ¿O se entiende? Pienso en la posibilidad de esto último, aunque estoy seguro de que compartimos el placer por los detalles y un olor, como para Nietzsche, podría ser definitivo; la mirada de narrador, que a su pesar capta cada cosa y, dependiendo del día, decide jugar/sobreactuar o dejar que el espectáculo sacuda mansamente el delirio inocente de la ciudad. Te he visto dos veces en vida, y paradójicamente cerca, por el centro de Madrid, si hablamos de ciudades. Una de ellas llevaba encima 430 folios porque venía de la imprenta, pero por no aburrir, y aunque lo pude ver claro un segundo, di vuelta, sin darte esos esbozos interminables de mi poesía. Yo creo que, para ti, hay un momento en el que la poesía se hace teatro, y el teatro vida y la vida poesía, y me atrevo a señalar esta línea causal porque tú eres la primera que no diferencias sendos espacios. Sobre esto último diré que ya veía yo en 2008-2009-2010 fotografías tuyas oscuras en hoteles, cortes, fármacos, dolor. No sé, entonces, si es que, volviendo a eso de la Chispa, hay un momento en el que todo se encauza, en el que el arte por fin cobra sentido porque da sentido a todo el desmenuzamiento, racionalidad u otros. Yo me encuentro en un momento parecido, sin escapatoria ni desde las metáforas o el sentido dando sentido al sentido, laberintos y ciénagas leídas ya. Me debato entre el escondite contra el que siempre me he posicionado y la integración de arte y vida en un plano total. Para una persona sensible, sensible en una acepción fuerte, acudir a una boda puede desbaratarlo todo y más si lee biografías de Kafka. Un malentendido, Angélica, es triste pero es así. Y es tal la cantidad de signos, de señales, de acciones en respuesta a lo que yo pretendí de forma unívoca comunicar, que tal vez el conflicto no es la acción, la señal, el signo como potencia de significado, sino más bien mi error o mi cadena de errores: mi inadecuación o una adecuación solo posible desde la literatura, que a pocos importa y menos a los que no saben leer entre líneas (no hablo, clarísimo, de los forzados en ingenio e ironía: "lectores"). Hay gafas de ensayistas, pero no de poetas o narradores, y cuando te encuentras a uno que desearías como amigo, cómplice o válido interlocutor, resulta que es más bien un especialista, y echas de menos en él las gafas del ensayista pero bien entendidas, la cosa de lo cotidiano bien entendida, los placeres sencillos como tus programas basura de las cuatro de la madrugada, tal vez, Angélica. Los raros, tú lo sabes, bien que estén en los tomos de las Facultades, y hasta son amados y haremos camisetas, pero cuando uno tiene a uno cerca, o comparte piso, o se lo folla, adiós al pacto de ficción porque me escapo pero que ya, corro, no quiero saber nada y vuelve a ser ese que te trata como un desconocido a las puertas del teatro. Eres exquisita, por lo demás. Tu voz crece en el diálogo como crece la sangre en el doble movimiento. Lo del índice sonando techno me pareció, directamente, una genialidad. ¡Los códigos para quien los quiera, que yo hago arte por capas como toda gran artista o como toda Madre cuando habla con sus espectadores y a todos satisfago!, parecías decir. No sé si podré, pero está bien así también. Además, si no me atrevo ahora, muchos saben que ya me atreví lo suficiente. No creo, tampoco, que seamos iguales. Tal vez ese sea mi consuelo. Que ya viví, aprendido lo aprendido, y que lo está más adelante es la vieja y bella relación de los artistas con los que escuchan, leen o ven en Shanghái, una tarde cualquiera. O en Lausanne, sí, también allí.


Madrid, madrugada del 30 de enero de 2022

21 de noviembre de 2021

'Una pequeña personalidad linda', melódica, completa (La Bella Varsovia, 2021), de Berta García Faet



Pero prometo que corrijo a menudo la teoría de que los grandes escritores, libro tras libro y admirados por su comunidad tras su exposición debida, deben seguro hacer esfuerzos por ir preservando espacios de libertad que la cosa del texto como comunicación social resta aunque luego sume el consiguiente reconocimiento, y aunque tal vez este esbozo tonto mío tenga que ver con el carácter –con la personalidad– de cada autor/ora, la sensación de plenitud que me ha generado la lectura de esta última entrega de Berta García Faet (Valencia, 1988), por muchos esperada tras un durante de algunos años que seguro no son iguales para Berta que para otro por su concepción-investigación constante del tejido o texto, ha sido seguramente así de grande porque he percibido, como lector atento de su proyecto en poesía, que la autora ha sabido preservar ese lugar sagrado y a cuidar desde el cual poder seguir diciendo con el necesario amor de siempre, algo que, además, tras el reconocimiento del Premio Nacional de Poesía Joven “Miguel Hernández” con una obra de las que casi obligan a un cierre, me hace percibir este Una pequeña personalidad linda como un Aparte, más allá de los útiles lingüísticos tensados y recogidos en Los salmos fosforitos, la sólida consagración de la sentimentalidad que fue La edad de merecer o los indicios, secretos, deseos o huellas de Corazón tradicionalista. Poesía 2008-2011, todos ellos publicados por La Bella Varsovia en 2017, 2015 y 2017 respectivamente al margen del que abordaré hoy, publicado hace escasos días de noviembre.

Al ser total, es difícil escribirlo, eso vaya por delante, aunque menos hablarlo, así que mejor haré por hablar. Me pasa pocas veces, si soy impresionista. Es como que voy dejando correr las páginas con mucho cuidado y voy sintiendo que algo así como “la esfera por colorear del libro” se va completando. En el primer esbozo de poética de la página 16 (“Lo que voy a escribir está cuajado/ cuajado de claves”) no están aún las preguntas prematrimoniales de la impar 89 (“¿Es una herida fresca?/ ¿Tienes mucho calor?/ ¿Nihilismo o pétalo?/ ¿Nihilismo o pétalo?”) ni la ciudad y la montaña de la 93 –vera, vega y alborada– o el zenit de la 185 (“He escrito este libro/ este libro para hallarme”): es cuando voy haciéndolas pasar que siento “la esfera por colorear del libro” coloreada en continuo, aristas, matices, etc., hasta esa totalidad. Pareciera incluso, sobre esto que intuyo, que el esfuerzo no existe en el lector tanto como en el autor o el crítico, y más con tal disposición de vidas, de canciones, de relatos cantados como vivencias en torno al torno de la identidad. De esto último extraigo algo que siempre me ha importado en poesía, y que de alguna manera está muy presente en el libro de García Faet cuando entendemos fantasía como realidad o realidad como fantasía, exacto pacto sea, como ya digo, sí o no desde lo confesional: la experiencia narrándose desde su devenir lingüístico. Y es que pensar es escribir también –lo sabe esta época contrastada– cuando hay un (im)pulso por hacer de la gramática un agua, pese a que la belleza sea lenta y fije con joyas como “ajuar de vaho”, siendo de fondo materiales aparentemente diferenciados los de un pensamiento o un signo, pero reunidos después, ya digo, extrañamente.


Una pequeña personalidad.

equivale vivir equivale vivir

a besar.

se asemeja vivir se asemeja vivir

a ajar.

una cestilla de frutas podridas

no me amilana.

una cestilla de trapos,

saludo cordial.

una cestilla de costras

no me acobarda.

el cenacho de dichos

por las castillas,

el capazo de corzos.

el sol que nos chupa nos quiera o no.

el sol

nos chupó,

que chupóse el canal.

el sol que tiene una gran personalidad.

fue lo que dijimos.

lo que juramos.

eso y eso.

fue lo que dijimos.

que lo consignaríamos.

baliza y seña.

fue lo que dijimos.

eso, lo del besar

la lesión y la tierra

y el mal, si existiera.

[...]

 

Sobre el imaginario, va de lo medieval al XXI, cuentos-fábulas y padecer-de-tajos en forma de andolas tarareadas, borceguíes de muchos caminós y, finalmente, pitayas y soles, todo ello bajo muy distintos lenguajes (y estilos) que apuntan a un mismo valor o centro: el del corazón en forma de biografía o lectora de sus propias memorias, aunque, ya lo hemos dicho, la fantasía arrastre su propia aventura. No en vano el libro se estructura en diez capítulos subdivididos a su vez en múltiples partes a modo de variaciones o enigmas, con dichos capítulos dialogando interiormente unos con otros –vivos– dentro del libro, como el IV y el IX bajo la premisa “Mi vida” y los concéntricos I-X, por poner dos ejemplos cenitales. Si fuera una antología, sólo sería la de la vida, que qué antología no es. Pero hay una virtud que trasciende esa lectura: la del leer como continuidad. En este sentido, Una pequeña personalidad linda tiene mucho de macrocosmos y universo personal, al mismo tiempo; de deuda con el narrar(se), tiene. El diálogo con las formas medievales la relaciona, al margen de las propias referencias contextuales como Guillermo de Poitiers o el Dante de la Vita nuova, a los que la propia autora cita en las Notas y agradecimientos finales y que aparecen entreverados desde cierto simbolismo, con otra gran poeta de su generación: Ángela Segovia, y más concretamente con su singular Amor divino, donde se realiza una revisión de la sentimentalidad desde estas coordenadas; así como también están presentes los arquetipos de las personas amadas a los que esta poeta da lugar en su último libro, Mi paese salvaje, y que, novio o marido, se hallan en García Faet en similar perspectiva. En lo tocante al presente, es clara la voluntad de renovación de Berta García Faet tanto en las formas como en los temas desde sus comienzos, algo que no la exime de dialogar con el Vallejo monosilábico y eterno de 1919 en tres páginas.

 

[...]


en esto que voy y abrí la puerta

y al otro lado

estaba

yo y estaba ella

la misma puerta

no otra puerta

 

que es como decir

ella viaja porque ella es viajera

la

causa de su amor es que en

efecto

ama

porque hay sol bajo el sol

nos asoleamos

que es como decir

 

hay fantasía porque los seres fantásticos son fantásticos

hay puertas de madera porque la madera es una puerta

 

yo

como soy cuerpo

soy lo mismo que un pedazo de madera

hay rectángulos porque hay cuatro lados

y un camino recto

y como hay una puerta hay por fuerza dos lados

y como hay dos puertas hay por fuerza cuatro lados

y como los rectángulos son puertas yo los cruzo

[...]

 

Hay, como ya había en otros trabajos de la autora, un estudio de la sensibilidad en constante proceso de elaboración, y eso nos llevará de algún dolor a los cuerpos al Mal, sorteado; o a ejercicios más conceptuales como el de este fragmento de “Cuentoportezuela”, de mucha inteligencia. En líneas generales, la narratividad de los poemas de García Faet obedece muchas veces a la identificación de varios centros, los cuales vibran y laten durante el poema para irse desvaneciendo, ser recuperados o, finalmente, ser erigidos cuando se determine con una muy natural lógica o sutil imprimación de voluntad, pero evitando en la visión general cualquier efectismo, pues dichos centros, muchas veces obsesivos o nerviosos desde su concepción, obedecen a algo muy estético en sus bases, y que pueden ser aquí un nido y un gusano o un cuento cuyo planteamiento general la autora resuelve en los tres primeros versos (“tres capitanes/ mil huestes/ una reina”) para ser ya lana roja lo siguiente. El sentido del ritmo, también, que a mí siempre me pareció metafóricamente en poesía, incluso con los antiacadémicos, sinónimo de la actitud del poeta fuera de la página en la que se ejecuta ese ritmo, hace compañía aquí a una cognición abarcadora que siempre halla objetivos cuando apunta con su arco. Eso por no hablar del lenguaje investigado. Vamos, que como cuando uno ama un poema y lo copia a mano en su juventud para examinar detalles, se aprende leyendo a Berta García Faet.

En definitiva, la magia. Contagiosa, hábil, fecunda. Las fresas y el futuro que ella reúne para nosotros. Celebrado.

 

mi vida es mágica

 

de lo otro

no sé nada

 

ya lo sabré

[...]

8 de diciembre de 2020

SE DESHACE EL VIENTO: 'haces. muros' (Polibea, 2020), de Federico Ocaña, con fotografías interiores de Irene Tourné y palabras preliminares de Francisco José Martínez Morán



levantas sin muros un templo

junto a la puerta elevas el canto

 

los muros no tienen piedras

el canto la puerta sostiene


Es el haz de luz a través del muro lo que es para el poeta la aparición de la palabra. Y él deshace el haz, sucede que la luz es única y es nacimiento, pero está obligada a fragmentarse, al pensarla: objeto. En cualquier caso, ese procedimiento implica la existencia del muro, aunque no sea deseado porque opaca el área del haz. ¿Existe el muro? ¿Qué lo sostiene? Errores, no palabras… Se escoge un cuerpo, dentro del acatamiento: hay pronombres. Y hace frío en el ruido, porque en él las palabras pierden el peso por el que fueron convocadas. Para ser yo –lo dijo un poeta– no deberían existir los otros, pero libres vamos contra la nada, en aras de un lugar fraternal, cantado, sin ninguna exclusión. El telar se gesta en un muy significado silencio, uno donde resplandece el oficio. Aparece, entonces, alguien que acompaña. Sin soledad, el vientre es ya el origen. No hay palidez porque firme es su despliegue. Los sonidos no son ruido. Es a través de ese espacio por venir donde la muerte, como la nieve, se cura con sal, y el poeta vence a aquello que hubiera querido determinarle. La libertad es una morada –lo escribió una poeta– donde la quietud es antónima de la huida. Serán determinantes estas contradicciones: la mudez no inicia, el sol no alumbra, la herida no sangra… Los ángulos son la clave del espacio. Es en los ángulos abiertos donde la posibilidad de la vida se redime contra la de la muerte. ¡Tiempo! Habla uno en lugar de dos, en lugar de tres, pero dentro hay un anudado margen. Dependen de ellos, entre sí; depende el que habla del que escucha. Es la memoria. Hechos conjugados a solas no son hechos, sino misterios. Hay un rastro que evoca a los testigos. Deberás escoger la más latente compañía, levantar de ella un refugio con o sin símbolos. Ante un lienzo, serás pintor. Pase lo que pase, la tierra, la existencia, nos habrán contemplado. Siempre adentro, anhelas del trayecto la luz que traspase el muro, el cuerpo, tu lenguaje. ¿Cuántos llegaron hasta aquí? Yo hablo por ellos también: genero pertenencia. Tu razón otorga estructura a la estructura misma, música al sonido, sentido a la diferencia. Tu cuerpo es un lugar de ecos que discriminas contra lo que sabes. No todo lo que sucede adentro sucede afuera. Afuera de ella. Crees interrumpir su travesía, pero hay un esbozo de todo esto en el cuaderno del que oye. Parecerías exiliarte, no sé si por decisión o porque nadie te espera. Yo te espero. Ella te espera. Ella te espera también. ¿Crees en la comunicación? Posibilidades. Porque el muro es violencia, unión de los fragmentos, disueltos para el entendimiento, ahora acogidos por una razón en jaque. Todo alberga doble sentido, una apertura que parte de la densidad, excepto cuando dices “sí”. Esto dices.


Irene Tourné y Federico Ocaña, una tarde, hacia 2017

Las fotografías de Irene Tourné (Madrid, 1990) evidencian una incursión madura en este arte y añaden relato, desde el pórtico y en fecunda sintonía, con escenas cenicientas o espacios en apariencia determinados por su cierre, incluyendo estas formas puertas tapiadas, verjas, muros hartos en su textura, paisajes rotos, hasta una poética fotográfica del espacio en pleno sentido, al hacer lingüistico –(meta)físico, podríamos decir– de haces. muros, segundo poemario de Federico Ocaña (Madrid, 1990), publicado por Polibea a finales del presente año 2020 con palabras preliminares de Francisco José Martínez Morán sólo seguido por la publicación de Desprendimientos (Amargord, 2011) hace casi una década, texto éste que ciertos lectores guardamos como un preciado secreto. Poeta singular en su generación por elaborar, desde el silencio, una palabra deudora con la historia y la memoria, su escritura abriga el ineludible magisterio de Paul Celan y se abre hasta otros espacios transitados por E. Jabès, J. Á. Valente, C. Janés o Sánchez Robayna, al margen de todo el poso de vena mística, religiosa, como cuando Santa Teresa, la tradición bíblica en sus diferentes arterias o la profecía como lugar de enunciación –fijeza, fijeza en un decir que ambiciona el no-tiempo– parecieran tener un espacio intertextual necesario al investigar fuentes y conceptos tratados por el poeta. Y es que a lo largo de las más de 100 páginas que conforman este libro cuidadísimo de fragmentos condensados, aunque distribuidos con un afán de orden que pone de relieve la razón del yo, donde el lenguaje asume la mudez y el estremecimiento para abordar lo vivo, nos convertimos en testigos de la pugna que el poeta acostumbra en un espacio en sombra y luz al tiempo, donde alguien nos salva, las palabras no bastan, y más.


en la materia la tierra

que la compone. estancia

 

de criba. esta palabra viene

del fondo


Este matiz, el de la aparición de un yo a veces borrado con intención pero que sitúa con mirada escogida –decisión como sabiduría– su figura cuerpo a cuerpo con el propio lenguaje sin subordinarse a él ni entendiendo la poesía como un viaje en bruto de los símbolos y las potencialidades que éste genera, esto es, ya como la forja de un imaginario que encarna los símbolos que lleva a cabo o realiza el lenguaje en su decir integrándolos en la propia lógica del texto –la vida, la luz, el pensar como hechos lingüísticos y en examen– es tal vez la cualidad más sobresaliente que recorre haces. muros, en lo que es un proyecto de escritor que va más allá de la imposibilidad del decir con el decir mismo, algo presente en sus inicios pese al logro de otros acercamientos y aquí superado a fortiori, el cuestionamiento del lenguaje hacia su naturalidad ulterior, algo así como aquello que todos intuimos le pudo suceder a San Juan de la Cruz en cierto quiebre –¿acaso es nuestra esa experiencia?– o a algunos otros, pero en cualquier caso un camino, como decíamos antes, que además Ocaña hace por agudizar de cara al lector a través de la adición de codas al texto, varias líneas de fuga –¿es tal vez una partitura?– e incluso un canto al propio acto de escribir, cuando relaciona la palabra con el límite intrínseco que la rodea ante la que el poeta sólo puede tantear, rodear, (a)cercar(se), para, como decimos ahora, añadir su voz decidiéndose a asumir la libertad que eso conlleva.


pared sangra tu rostro

resbala tu silencio hiere

 

el muro es violencia

 

Finalmente, el poeta salvará la distancia entre todos los ámbitos que abre cuando escribe: la definición, el erotismo, la pertenencia... Como si de una (in)vocación se tratara, todos los agentes que produjeron esta tan tumultuosa transformación harán del nacer vivir e incluso escribir será escribir, y las palabras de Federico Ocaña ganarán y crecerán en peso irrevocablemente porque el peso las esculpió a ellas un día con doloroso pacto. El poeta, llegado a este punto, sólo tendría que garabatear en un muro derribado por el amor los signos de un viaje valiente.