4 de marzo de 2026

SE ES COMO SE ESCRIBE, NO SE ESCRIBE COMO SE ES

 

Fotograma de La sangre de un poeta (1932), de Jean Cocteau

Si nos diera en gana aceptar en poesía como herencia más directa y a modo de diagnóstico, todavía, tanto el Romanticismo —los Romanticismos— como las vanguardias históricas o las dos olas modernistas (la hispanoamericana y la anglosajona), en una época cercana a la falsificación y lo maquinal como la que atravesamos en pleno 2026, nos daremos de bruces con una idea: la del “Yo fuerte”, que sus autores y autoras encarnaron tan debidamente, desde Nerval a Emily Dickinson y de Storni a Mayakovski. Esta “opción” trae consigo importantes consecuencias, como la ilación entre el yo biográfico y el yo lírico o la asunción de que el “entre” en el que se sitúa el poeta o la poeta no es ya tanto un “entre” entre lo objetivo y lo subjetivo, ni siquiera entre realidad y mundo, sino más bien, o más primeramente, entre el yo biográfico y el yo lírico. Porque ¿cómo debe ser el poema de una persona sincera, triste o excéntrica? ¿Ha de parecerse o hacer resonar eso que conocemos de aquélla durante el café al leer una determinada pieza suya, ahora elevada a obra artística? La respuesta que ofrezco es: el sujeto lírico empieza sí-o-sí donde acaba el sujeto biográfico, ya que es sólo en la escritura, como código a desentrañar o desentrañado, ejercitado siempre, donde el yo biográfico continúa en el poema o se aleja de él, pero siempre generando una existencia otra, la que se corresponde con el lenguaje. O dicho de una forma más sentenciosa: se es como se escribe, no se escribe como se es.

            Aquí entra otro factor determinante: el estilo, que, como una gramática, tiene que ver con cada configuración psíquica. De hecho, es muy habitual leer a Pizarnik o a Artaud con devoción y encontrarse escribiendo una prosa de ironía ramoniana, por poner un ejemplo. Llamo “estilo” aquí a eso que subyace pese a todo y que se pone de manifiesto como algo único dentro de ese ejercicio al que ya hemos aludido cuando hablábamos de la escritura. Una fuerza originaria que trasciende lecturas e influencias y se inscribe como algo indivisible del sujeto lírico, ya dejado atrás el sujeto biográfico. Es el sujeto biográfico, quien es y no quien escribe, esto es, quien lee a Pizarnik y a Artaud de noche cerrada, quien desea ser escritura; y es el sujeto lírico, de día (o también de anochecida), quien escribe el deseo, transfiriendo la suma de todos los elementos que confluyen en el poema cuando éste es acometido. Así pues, no creo que ninguna influencia quepa u obstaculice en la ecuación yo biográfico-yo lírico, pues hay algo personal en quien escribe, probablemente lo único de ese “yo biográfico” que aún sobrevive en el poema.

            Elevando esta reflexión al contexto de la historiografía literaria actual, creo que pronto estaremos ante un auge del biografismo, debido justamente al desafío creativo que las tecnologías ocupan en nuestra sociedad. Ramas especializadas como la sociocrítica, o la erótica entre los autores y los lectores generada por las diferentes travesías vitales de dichos escritores, cuyas obras muchas veces son o han sido encumbradas por dichos factores biográficos —de Sade a Stella Díaz Varín—, irán creciendo en importancia, y esa máxima de “el texto queda” se me antoja, como contraparte, totalmente insuficiente, debiendo tirar ahora del hilo de un camino vital que justifique, cuanto más exagerado mejor, cuanto más a rebase o complejo, el camino literario en sí mismo. Es por eso por lo que, en el par en que bailamos, ese yo lírico, aunque de facto no se vincule con las características —o con los caracteres, según Aristóteles— del yo biográfico del que parte, pronto le rendirá cuentas, aunque, como ya hemos explorado, no sean lo mismo. Así, auguro biografías, memorias y múltiples “about”, jugándose ahora la partida de la literatura en el terreno de los hechos y los gestos. En este sentido, poco se habla de cómo ha sido escrito un determinado libro, con todos sus pormenores, cuando, por otro lado, tenemos crónicas y “sucesos” de cómo se ha hecho un álbum musical o una película.

            Otra vía alternativa lógica seguida de esta simetría sería el anonimato, que dicha maquinaria a la que hemos aludido facilitará como vía y a la fuerza, pero no se trata aquí de un anonimato de ese yo biográfico “real”, sino de un yo biográfico “artificial”, cosa que se entiende como cuando uno se pregunta quién o quiénes fueron los autores de las pinturas murales de Altamira: nadie y todos, pero alguien. Para el Derecho de Propiedad Intelectual, por ejemplo, y esto es interesante, siempre que haya obra, habrá un autor, más o menos desconocido, y, en último término, anónimo. Dicha anonimia es hoy otra otredad aún por perfilar, pues el poema que pueda generar una IA dadas unas indicaciones es o bien el resultado de un vuelco de potencialidades que un día fueron biográficas en tanto que se rigen por un sistema humanamente concebido o, más bien, un desierto en forma de código donde voces surgen de la nada, artefactos o belleza sin dueño ni autor/ores. Un anonimato, por cierto, no como el del polímata Boris Vian o la Victoria Lucas de La campana de cristal, esto es, destinado a ser descubierto haciendo del nominalismo un juego, sino algo mucho más peligroso: el rostro borroso de nadie o de Nadie, donde tampoco es lícito ya hablar de horizontalidad, sino de Horizontalidad, esto es, de que se una a este espacio cualquiera que disponga de un ordenador y una forma correcta de dirigirse a la máquina. Y cuanto mejor se le hable, mejor para ser alguien o Alguien.

            Cerrando filas, también cabe el término medio: que ni se sea como se escriba ni que se escriba como se es, pero es una opción que desecho no porque sea poco silogística y no sirva para mi cometido de hacer teoría, sino porque habla de una falta de entrega al oficio de la escritura que, al menos yo, no contemplo, pues para mí esta pasión es a todo o nada, a perder o a ganar, porque competir es de mal gusto. A colación de esto, el interés por la teoría está en declive; y añado al crítico las mismas circunstancias en que está delineado el/la poeta del presente que he tratado de esbozar en estas líneas. Preguntarse por qué obtiene una respuesta fácil: somos nosotros ahora los que generamos información sin acudir siempre a las fuentes —ensayos, revistas, publicaciones de alcance, coloquios de importancia—, cada día más desacreditadas e igualmente bajo la sombra de un hacer menos personal, cuyo antónimo, la de la vertebración de los discursos desde un hacer humanísimo es la única vía que puede salvar la revitalización doble o ligazón entre crítica y creación como hechos de sociedad y como fruto, todavía, de la autorreflexión.

            En definitiva, hay trabajo por hacer, hay visiones para contemplar, estructuras que desmantelar. Lo que yo denomino como “la radicalidad del adentro” —tal como me corrigió Belén Gopegui en un club de lectura en una cooperativa de mi barrio a cuya última sesión de un club de lectura acudí de casualidad hace algunas semanas, interviniendo para hablar de “la radicalidad del afuera”, su cara B—, y que es tan propia de nuestros días, un mundo injusto y criminal, debiera obtener como único fruto la posibilidad de generar aún pensamiento y grandes obras elevando esa “radicalidad del adentro” a una posible “horizontalidad verdadera del afuera”, sin olvidarnos de la vida, que hará la diferencia, como ya hemos insinuado. Y sin que eso requiera optar por manosear todavía más la autoficción o llevarlo todo al terreno de las autobiografías; pero sí aceptar el milagro de existir y desvelar en ese milagro los códigos, como hiciera Baudelaire, para crear todavía dejando un camino de espejos detrás de nosotros que sugieran que hubo, en la investigación y en el hecho creativo, saber y tiempo, o una experiencia no como las que se hacen pasar ahora por experiencias, sino verdaderamente vertebrales e iluminadoras. De esta forma, ser como se escribe estará a la altura de la vida y escribir como se es será una ficción negada por la falta de entendimiento que supone que el poema empieza cuando empieza el lenguaje, y así hasta el final de los tiempos.

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Este artículo/comentario/adenda surge como respuesta a la presentación de Palabra de mundo. Intervenciones y entrevistas (2005-2025) (Libros de la Resistencia, 2026), de Antonio Méndez Rubio, el pasado día 24/01/2026 en la tan querida librería madrileña Enclave de Libros. Sirva como diálogo abierto con el autor y los/as allí presentes.