Venía de jugar en el valle
de Europa
soplando a un juguete a
través del río
para que llegara a un tal
niño bonito
buscando el automóvil
perfecto
entre el vaho de la
carne
de una familia gitana de
diez miembros
donde casi me caso con
"María"...
Ningún coche se dispuso a
llevarme
a pesar de mi carácter
afable.
De entre todos, dos hijos
querían
pero los padres no.
Entonces ella
apareció con su rojo
imperfecto
en el pelo como un bombón
y su amabilidad espontánea,
su historicidad. Adentro
de un deportivo donde cayó
mi fusta
sin quererlo
después de que me diera un
cigarro
cuando yo sólo recogía
higos,
atajé, me desvié, la di por
perdida.
Estaba haciendo autoestop
a medio puente de
distancia, y ella
vio que mi bastón caía como
una garúa
al suelo cobrizo
desde la
puerta del copiloto.
Supe que se iba: yo ya me
había fijado.
Y se vio
obligada a llevarme
con una sonrisa plácida y
recorrimos
hasta San Quintín la
carretera jubilosa
hablando de Francia:
recuerdo verla a través de
los espejos.
Con una pizca de mermelada
de pera
flotando sobre su rostro
melancólico,
la besé en la despedida:
una gramola
me esperaba en una plaza de
piedra...
Cuando su coche giraba e
iba yéndose,
pensé.
JOLGORIO ESTÉTICO EN SAINT
MAXIMIN
Había una exposición de
joyas rupestres,
un menú donde se incluían
croquetas
con pesto y piñones a un
precio bajo,
una feria de maniquíes.
Vi todo esto y trabé
relación con el encargado
del artilugio,
¡que resultaba ser el
marido
de la mujer de la tiendita de
telas!,
pero encontré, tras una
silla
en mitad de la calle, una
especie de cueva
donde había pintura marrón
y tres palomas medio locas
que debían llevar siglos
sin salir de allí…
Yo creía que era el
cineasta
más grande de la historia
de Francia
–he aquí un loco
jovenzuelo-
y pensé que debía
interiorizar
aquel lugar.
De a una, cogí tres palos
y un bote de aguarrás
bastante sucio.
Tiré todo contra una de las
palomas
y resultó que también era pintor:
se habían dibujado líneas
maravillosas
sobre lo que, ya entendí,
era un antiguo
establo.
establo.
Salí airoso. A un niño con
una bicicleta
le regalé dos lápices y una
nectarina.
Su padre, al verme, añadió:
“Venga”.
Comimos juntos, y yo anduve
feliz.
De vuelta a la calle
principal
otro padre
me regalaba un encendedor
tras la silueta de una niña
puntiaguda.
No había mostaza
ni
mayonesa en el tugurio:
velas pintadas de blanco,
una estanquera
con gesto torcido y un
rufián
detenido en el
pórtico.
Llevaba
horas sin comer.
Las carreteras
habían dejado de ser una
caricia próspera
para el viajero que siente
su afán inmortal
y su ruta hecha al desamparo
del hombre.
Llovía a cachos en mitad de
la espesura
y mis pies
eran una pesadilla grotesca,
atún de gato enmohecido:
ese olor...
Fue entonces cuando
apareció aquel páramo.
Yo creía que me eran dadas
posibilidades
como un juglar o un cantor:
mi sensibilidad estaba
harta.
Cogí los andamiajes, me
movía lateralmente.
Había hilos de cobre,
plata-
formas y un espacio de
tierra
con fucsias en vez de
negros.
Uno de mis destinos era las
Ardenas, claro
en mitad del bosque...
Fue por eso que empecé a
trazar dibujos
que sólo en una cámara
ahora entendería,
pensando en Arturo.
Me movía rápido, en acción,
desenvuelto.
No era escasa la imaginación.
de mano de un loco
que sentía el Infierno
y el hambre de un café.
Los obreros llegaron
también, y marché
corriendo, zumbando,
peligroso,
rumbo a Avignon...
Quedaron una A y una R
trazados con piedritas y
ramas leves
sobre un trecho de
poliespán.
Y todo se parecía a él,
¡incluso yo!...