domingo, 25 de febrero de 2018

CUADERNO DE CRACOVIA


Estoy lejos y por eso hablo.
Los edificios vuelan sobre mí arañando hierba.
Cualquier transeúnte es todos los transeúntes.
No volveré a estar solo felizmente,
pero veré el gran día de la música al pasar,
inútil como la teoría.

Desde el camino nevado
los relojes son juguetes para las palomas,
y la tienda de libros ya no canta.
Parece el principio del mundo
esta felicidad de dos personas
que habita en mí, casi con timbre de colegio:
yo no he esparcido las imágenes
hacia la rampa del castillo.

¿Cuándo encontraré otra visión?
No creía en la calma,
y ahora soy un acordeón que duerme
pese al ácido café.
Esperar y esperar.
El instante adecuado para la razón,
viejo vagabundo
con olor a parque y heridas.

Y quiero un amuleto verde
que sume todos los pastos,
hasta la protección de mis sentidos.
Como un ave rota por la espalda
que ya se atreve a mirar
lo que va dejando debajo...
Sin fe, sólo hay algo sin rostro.
¡No alguien! A nosotros
nos pierde el rosa de los labios...

¿Se acaba, una insurrección vacía?
¿Entre mis manos, pleno febrero?
¿Calor de mis huesos a mis huesos?
Entonces nos acercaríamos más,
para fundar una palabra de cuerdas,
menta y patata machacada. Casi
como los demonios. Así de sabios.
Así de atentos a la ceremonia.
Eso es: un gran plato con grandes colores.

¿Cuándo nace el origen, si está
aburrido por ser causa de todos?
Yo, ya os digo, nunca nacería,
a no ser que la belleza me provoque
tierno danzar de pensamiento y tacto.

Es así como los números delatan
la falsa arquitectura,
elevando los oídos a la sonda
del otoño, en cuyo vientre nunca hay
azúcar disuelto para la gran noche.
Todo parece callado, sin embargo,
entre los códigos prensiles
y la maniatada voz de aquello que, sin líneas,
se acerca hasta mi puerta para hacer temblar.
No quiero sinónimos por tanto,
o una reunión de venenos primitivos
que, por negación, destaquen
y sorprendan, así, a lo íntimo del frío.
Lo que yo apetezco es el gran juego,
el sin mareas, vida
que la palabra, antes, nos robó.
Y cuya conquista es el aliento.
Y cuya ley fragmenta laberintos.
Porque primero fue el testamento
y después las horas ya vinieron
como torcidas, máscaras con signos
en el terror de los primeros artesanos.
Canción como simiente o entreacto,
yo soy el resultado de otros ecos
cuyas riendas no le corresponden
a mi psicológica presencia enardecida.

Árboles antiguos, manteles de pimienta,
bolas de cristal en los mercados
sin niebla de valle que perturbe
las sombras del improvisado salón,
mi cultura en veinte páginas: ¿quién
se atrevería a nombrar a un solo santo?
Pero las pruebas delatan al corazón,
y la escritura sólo sirve para el cielo,
penúltimos escalones de la tierra.

Caen así con eco los rescoldos
de una juventud muy viva,
pese al gran margen del error
y los vocablos de tan fuertes indecisos,
mapa con gesto de simiente
que camina transformado bajo el sol
de un dios que no precisa forma
ante lo grave del cuaderno
que ya asoma atento a la virtud.

¡Lugares! ¡Escondites! ¡Traiciones
con alma de tortuga! ¿Dónde voy
esta noche perlada por el magma
del universo bestial? Mi mochila
haría reír a más de un planeta,
pero tengo ya la edad del amor.
***

Magos, ¿quiénes seríamos? Tal vez el aceite de los astros, como una vieja canción absurda repitiéndose:

Negro don del alba,
en tu fuerza yo soy dos.

Blanco imán del velo,
en tu misterio yo no soy.

     Queda conjugar con humildad la triste suerte, y rezar para que nada pase. No creo en la debilidad del creyente; creo en la debilidad de la falta de pasión. La pasión es una de las formas sutiles con que Dios nos aguarda, y el perdón abdica ante cualquier vacío de pulso. En esto me reconozco lejano, carismático por antónimo, torpe como una resolución que no ha tenido tiempo de estar sujeta a reflexión. Cuidar de una mitología propia, un panteón sobre la chimenea, una silla sobre la campana de la catedral marrón... Y no preocuparme por lo que no puedo, ya que adonde no se sabe sólo se puede ir por donde no se sabe. 

CUATRO ELEMENTOS

La paz duerme
doce horas
despertando bebe
agua
y no molesta
sólo molesta
al que no viaja y come fuego y ve aire
en lo hondo
de la tierra.

VARIACIÓN SOBRE EL RECORDATORIO DE LOS CUATRO ELEMENTOS

La guerra es fuego
y por tanto aire
beber beber beber agua
sólo eso importa
cuando los verbos no existen
en la guerra
esparcida
por las camas
de la tierra.

***

Temo mucho las últimas cinco preguntas. Cuando esté en el lecho, en el techo, sobre el pozo, junto al musgo, ¿qué responderé como resumen? ¡No me entero de nada! Por no tener no tengo ni memoria. Soy un pedazo de limón bajando por el cauce del río y, en las orillas, los amigos del entierro ya sin preguntas ni ojos tensos. ¡Causar placidez, desenvoltura, afirmación por lo tierno de cada secreto! Me da que me anhelan, siendo deseado por ende:

A ti que miras, dime:
¿bien o mal?, ¿mal o bien?
Has estado descansando.
Mi agua es tuya, pero
¿bien o mal?, ¿mal o bien?
Dime, amigo: ¿fui?

     Las palabras provocan palabras: he ahí el truco de la humanidad.

***

No puede ser más verde ni contener tanta historia rocambolesca este nocturno lugar, cerca del órgano y la vela, el mantel de hilo y la conversación acelerada únicamente por el corazón de la pausa.
     Siento paz, casi nadie es mi enemigo en este instante, estoy en el espejo junto a mí, ¡y a nadie le importa lo más mínimo ni mi tristeza de siglos ni mi veladura! Ser sincero es lo más sencillo de este mundo.
     ¡Absorbamos la genial embestida de los sentimientos difíciles, creados para contrariar a las fuerzas medianas! ¡Demos el salto hasta el cristal sin medida, para sufrir después por alguna consideración ajena!
     Lo importante:

Hay que escribir bien
porque alguien nos escucha.
¿Cómo no vas a querer, entonces,
la perfección? Al menos
tapar lo que puedas tapar –nada–,
y siempre con el bien
porque es fuerte y no por ningún dado.

Lo antiguo es antiguo por sabio,
no por uso abyecto
o química imprecisa.
La voz camina en todos no por ser tan útil
sino porque, después de comenzar,
acabar es imposible.
(Hay más leyes, inventarlas es difícil.)

Cuando escribes alguien lee
tu mente es un paisaje
donde cada signo cuenta
el avance o el grave error.
Ten cuidado entonces, y justo
haz de todo algo exacto
porque no tienes el lujo de estar solo.

     Todo se hace y se convoca para alguien. El más solo es, además del más triste, el más cómico, pues es imposible. Aunque parezca que hay espacios, cuartos, ventanas con patios y demás catálogos pensados para dos pulmones, todo es mínimo para cuatro: ¡de ahí tu madre! No basta con ser silencioso, calmar la ira o hacer que caminas melancólico, ya que todo viene de alguien y hacia alguien se dirige. En este sentido, las palabras son un modo de reunión, y el único silencio que existe es aquel producido después de atravesar todo el conjunto de las palabras. ¡Cualquier otro silencio es falso! Por eso escribir es conquistar la paz, pero no sin antes ser el mayor de los salvajes. No creo en ningún otro tipo de investigación, y me dan miedo los que van hacia el silencio sin plantearse qué es el sonido, qué es callar y qué los distingue. Qué es, en definitiva, la soledad.

***

Los raíles cruzan en ambos sentidos unas calles empedradas hacia el gris. No es común la alegría a menos que se abra la charla. Caballos duermen para siempre detrás de los kioskos, a los que les atraviesa un cajero. Todas las botellas de agua tienen memoria, y el algodón es pasajero para los cristales gruesos. Sitios de cambio de dinero, cafeterías con velas y puentes sobre el Vistula sirven de ofrenda al escritor histórico. Giran, con ellos, las cervezas cálidas, antes de bajar por las escaleras de la trompeta. Todo alude a la lógica, al posible cambio de la gramática ceñida. Decir que no, tan tarde, para abandonar el ámbar, cuando haya desaparecido. Sin camino paralelo, lejos el doble irreal. Abandonado, como digo, al viaje, que es tutor:

Detrás de la nieve
la música es lenta
para el fácil morir,
untado de sol seco.

Hay un golpe de guante
en la bufanda de la plaza,
a la que atento observo
con alma de lechuza.

Varias veces marginaron
a mi fuerza, por completa,
pero mi orden satisface
hasta al tímido y violento.

Siempre estarás conmigo,
confianza, en el café
o en el desván último
rodeado de libros ciegos.

     Mirar hacia donde no queda, porque por donde se ha caminado todo es recuerdo, más veloz o más calmo. Como si hacer algo una sola vez bastara para que el mundo se dé por completado, y tengamos que salir del mapa para imaginar. ¡Qué cansancio de otros ecos! ¡Qué de palabras provenientes de un lugar que yo ya sé! Dame, mundo, una ruta nueva, ya que yo cumpliré intuitivamente los senderos, los caminos, tus paisajes.

***

Cerca de esta mesa se organizan los anticuarios, y hay una veleta con forma de rana que consagra los vientos. La muchacha que lee delante del cristal es más que vapor, sino luz en las torres. Quien quiso ser fuerte a medida que las plazas avanzaban es hoy un títere en el musgo que cruza la gasolina del avión. ¡Viejas salas de aeropuerto, zumos para la medianoche! Protegido por los ritos que emancipan del dolor a quien, con manto, los inicia, la música rueda aquí como vértebras puras. Los dos chicos jóvenes no hacen más que reír, en un idioma que me conduce a la naturaleza. Movido por el preludio de las velas, ser navegante es regalo de un hermano que recuerdo siempre feliz por la aventura, y al que tanto debo, desde las aulas a las aulas. Salir del frío cuando era invierno y caminar por las arenas, ¡faro de madrugada similar a un vigilante! Entonces ya sabíamos amar lo esencial, y configurar sin torpeza los giros libres del gesto descansado.

Dan las siete
y los caballos continúan
despiertos para el trote
de mis lejanas venas,
muy parecidas al amor.

Lo que yo sé no tiene nombre
ni abrigo que lo amanse,
pese a que sepa
que la bondad es un gran don
en el juego de estar vivo.

Son muchas las columnas
y la pesadilla del terror.
Atento a no sufrir,
la música es conmigo
entre teselas, entre bóvedas.

¡Ah, castigo! No
quieras seducirme sin grandeza:
de ti vuelo ya lejos.
Mi corazón es la sana partitura
de un pacto eterno como el mar.

***

Paseando por el barrio judío, con la nieve, uno piensa en el carácter: ¿qué es eso tan importante entre unos y otros? ¿De qué tamaño es la voz que comunica? Los misterios de la transformación son evidentes, pareciera imposible el cambio muchas veces. ¡Pero sudamos con tal de cambiar, y que alguien lo note! Yo ya no soy quien fui hace dos años, pero sigo siendo el de hace segundos. Supongo que en este esquema gran parte tiene que ver con la revolución. ¡Giros, giros, saltos en la narrativa! Ideas viejas, nada más hermoso que la conjetura de la esencia en marcha hacia otro yo. Es así como se crece, como se entiende, como se nace...:

Yo soy aquel
con cabeza en la cabeza
y tiernas manos frescas,
pero no seré
hasta que sea casi otro
o, directamente, un sordo.

Mirad cómo se mima
el rostro en soledad:
¡padece nubes!
Cuando me hayas confundido
la victoria de mi cuerpo
jugará a ser firme.

     Y desde la transformación, el camino de la identidad es magia o péndulo. Demasiadas voces corroen la sinestesia de la acción, ¡con lo múltiple reptando! Como alguien que se ha esforzado en ser multitud, la esencia dibuja viajes y corona formas. Así, cuando me preguntes, ya olvidado, seré el de plácida sonrisa y guerra adentro, que no pudo comunicar lo que le hacía único. Hay secretos que mueren al ser compartidos, y yo, pese a la transparencia de mi plexo, guardo emociones como la pirámide en el tan tan tan imposible bolsillo. Aquí es donde la literatura reina con toda propensión al exceso, ya que lo inclasificable halla expresiones nuevas forzosamente.

***

Antes que la tumba
tendré que expresar la fuerte
conmoción de mi careta.

No hay camino pérfido ni gozo
más allá, pero escucha:
las palabras se han reunido.

Como cuando encontré el hilo
en la tarde de la miel,
yo manzanas al manzano.

¡O ese tractor de viña! ¡Yo
montado, licor verde,
previo a la habitación oscura!

***

Que al salir de estas páginas nadie se haya enterado de nada, pero crea haberlo percibido todo. Que el apoyo hacia la cosa permanezca como difuso, porque se sigue todo según la densidad. Que se perciba la enorme llave del amor, su desembocadura de agua hacia el carro escondido. Que animales y flora suenen en un soliloquio de ámbar, y los cigarrillos sitúen la música dentro y fuera de la iglesia. Que se prediga el final de los paseos después de estudiar la ruta del perdido, y se encuentren besos tras el dosel de plata. Que surja, entre el color, el abrazo merecido y la rueda exacta, evitando así cualquier arrepentimiento. Que navegue la luz por las estancias hasta ser la noche antónimo del sol. Que sean tranquilas las brisas durante el magisterio de las cuevas, edificios de sal y raíles con agujeros. Que se cante inesperadamente, pues no hay nada más brutal que ser honesto. Que se venga a este lugar a hacer circular la ligereza, pluma de pájaro que quiere vivir.

Los patos del estanque,
desterrados,
derraman sangre cúbica.
El tranvía obedece
sumando árboles. Cabaña
de flamencos, invierno
es para todos ser así.
No intentes, maestro de las velas,
esperar de la embestida
agua fresca,
ya que caerá iluminada
como el humo de tu té.
Y es tan frágil morir...
Los amigos de tu lustro
perseguirán las formas,
el papel será de todos,
en el teatro se dirá, en voz
muy baja, que no fuiste.
¡Cuaderno nuevo,
caída de los ángulos precisos!
Para que, entregada la rima,
quede lo químico en suspenso,
saludándote los viejos eremitas
al trazar
el paso de las suelas,
música primera y segunda.
Como una nieve perpetua
te avecinas, canción, y yo ya sé
tu sala de colores, tu cine
forzado hacia las seis.
¿Quieres amar? Sí. ¿Quieres
amar de nuevo? Sí, y fue
la luz de los violines, a la izquierda,
loca música, pies de iglesia,
memoria para barrios enterrados.
Con todo, superaste
la tontería de los himnos. La cultura
fue, para ti, misterio
del cauce hacia el cauce.
Piensa tranquilo, hijo... Y ¡ah!:
tienes pan y mermelada
entre los dientes.

***

Estoy sentado en una de las siete mesas, con dos mujeres duras tras la barra. Venden bollos como artesanía, licor como elixir, galletas de vainilla igual que un lujo extraño. Soy apreciado entre ellos, pese a que el gesto de vuelta sea de madera. Veo a través de las ventanas la nieve cayendo, con las catenarias empapadas. Hay, también, seres extraños que nos hacen concebir, sin insulto que quepa, lo amplio de las gafas. ¡Educar la percepción, a eso vine! ¡Ese ha sido siempre mi tesoro, mi gracia, mi espejismo de hielo en julio! Adivinar las capas que alberga la visión, y organizar su temperamento, el cual escapa jovialmente de nuestros ojos pensados para lo contrario de la contemplación. ¿Hay una partida? ¿Se observa, igual que ayer, con libertad? Es como si el conocimiento se fuera sedimentando... Mi fuerza es la fuerza del extranjero, y en ese puzle es importante cómo soy de ajeno a los que me reciben. No concebir el exotismo, por tanto, ya que todos estamos hechos para el cuento; pero tampoco ser misterio sólo, ya que entonces vulgar crítica.

A través de las ventanas
más ventanas
más ventanas,
para permitir el tacto.

Casi lejos, pienso
en volar lento
hacia la historia
hacia la historia.

No es suficiente
la cultura atenta,
la cultura atenta
al museo de ladrillo.

Disecciona, poeta, la luz
escondida de los trenes,
la guerra de rol vano,
el terror del mediodía.

***

En la enemistad no fluye el espacio, ni se amontona la gloria. Desde la enemistad se rompe el altavoz de la encantadora sala, con ese eco de pared que conocen los elegidos. ¡Amigos, sed de los mapas con relieve! Yo os tuve, os mantuve, os llamé con la tonta interferencia; y ahora la música parte en dos mi jersey amarillo... Mirad, entonces, cómo choca la lluvia negra contra mi cuerpo sigiloso. Soy, aquí, tan alto como los candelabros. Mesas suman a mesas el gentío, y tartas blancas son chispa entre las muelas. ¡Feliz coincidencia la de ser para colmar la etapa de la juventud perdida, unido a nada y a todo por metáfora! De la A a la B, saltando a la comba, con ese premio idiota de la final, como hígado y piel de pato con el puente. Zuecos transparentes, el mercado agota las últimas tripas secas, muy cerca de la fruta. Son encantadoras las mujeres viejas: ¡llevan 900 años esperando! Agradable es para alguien ser así. Yo no pude elegir demasiado: ¡ahora lo advierto! Cuando la poesía llega, todo es maleable. El coche me aparta con su luz. Estoy sobre el tejado de la catedral, esperando el verano. Las tiendas donde se intercambia el dinero nada nada nada. Ofrecen chocolate: el calor es un fantasma con pies de barro. ¡Y el barro helado es más peligroso todavía que el cristal! La sinceridad, amigos, se construye siempre siempre siempre con palabras:

Botellas cuajan,
elegante misterio,
en la plaza judía:
hora de cenar.

Se camina rápido,
obligatoriamente,
hacia la casa azul
del pescado seco.

¡Todo se ha dicho!
¿Inventaré, así,
amarillas palabras,
sueldo de otro sol?

No me creáis al decir
que soy imposible:
la verdad es resultado
de una oscura justicia.

***

Caminad, palabras mías, hacia donde no se debe, y apenas se toca pie. Yo os he visto allí, en la más vieja gruta, en el más temible de los relatos, esperando a que alguien os rescate. No es fácil pertenecer a todos, símbolos por poco, ni aguardar el mecanismo innato del hombre o la mujer. ¡Vosotras niño, vosotras niño! Y como una canción con sabor a derrota, mi entendimiento os entrego, cofre de paz y viveza. Expresión plástica con líneas grandes que sigan el dibujo. Globo hacia la atmósfera con motores cruzando el eje de vuestra entera reunión. Jardín de infancia sin abecedario que haga comenzar vuestro juego terráqueo. ¿Dónde estáis ahora? ¿Cuál es el fenómeno perfecto? Yo sólo quiero más de vosotras, todo lo que podáis ofrecer. Pero ¿qué es vuestra lógica en comparación con la de un pobre hombre? ¡Sois más de una! ¡Sois todos! ¡Por accidente!

Yo te esperaba, palabra,
en la pequeña casa
del desayuno perfecto.
Tus gestos contrarios
a la norma de mi fe
rompían con tu música
acelerada y devota.
No supe hasta después,
palabra, que eras
grande y albergabas
lo que yo después sería,
y que toda mi muerte
era sintaxis tuya
o, en tu lenguaje:
una gramática cerrada.

***

La despedida se acerca. Esta es la última noche en la cama aérea. A ella se sube por una escalerita, pero es la típica historia que no importa un bledo. Importan, eso sí, las últimas emociones, pendiente ya del aeropuerto y la duda de la multa por fumar en el vidrio de la habitación. La muchacha del hostal es bella e insoportable. Tengo más calle que ella, pero se cree fundadora de algún arrabal. No sé cómo no se ha dado cuenta todavía de que soy un ángel con zapatos machacados. Eso, ya lo dije, no es que se tenga que dar por sabido, pero sí se debe entender después de cuatro o cinco frases. Escribiré ya mañana en el avión, que quiero cumplir con este mi debido cuaderno, pero antes de dormir –aunque es de noche– algo como una canción, algo como una alegre alegría, algo como un espíritu que acoja el sentir que traigo después de cuatro amables días:

Oh viaje, tus pelusas
son más lentas que yo.
Gracias a tus letras
me persiguen animales.

Veinte monedas tengo
de aquí al aeropuerto,
pero he sabido desear
en la escondida plaza.

Luces de Cracovia, ladrillo
y cierto mármol, sigue,
estela, tu alegría,
ya que lo conoces todo.

Oh viaje, y hermano,
he querido y he tenido
como cuando nevaba
y eran más que dos mis ojos.

***

Ya para marchar: salas con sonido y maletas con tuercas. A puro café, no ha habido hostilidad, sabiendo sobrevivir al viaje. Temía mucho, pero a este paso seré profesor. Como una vida que, pensada, estuviera llena de matices, de Galicia a Polonia. Es fácil mantener la calma ante las pruebas: motivos hay para no naufragar. Pensemos, por un momento, en un susto aquí, en Cracovia, yo con colonia prestada de tiendita y síntesis de paso. Qué miedo, ¿no? He visto a los mendigos solapar sus gorros, jorobados, para asustar a los turistas: imposible sobrevivir así. La calle Sienna unía el parque con la avenida de los puentes. El barrio obrero era antracita, con ese museo nuevo de sillas blancas. La escritura es un fenómeno sobrenatural: ¿no me veis, acaso, allí, pensando que los trotamundos leen mis pensamientos? Pero la vida es la vida, y su peso se mide en hermosura. Nada triste, percibo el salto que me diferencia al distanciarme, y sólo hubiera deseado soñar entre la nieve un desacato mayor que mi actitud actual, centrada en no dañar ni a lo que es orgánico ni –mucho menos– a alguien que respire, coma, y suspire después. Desvanecimiento periódico satisfecho.

Estoy bien, y he viajado
a las almas de la historia.
Dudé, sinceramente,
sobre este trance mío,
pelo roto por el centro.

No es un truco difícil,
sino una calma sencilla
muy similar al saber.
¡Así cualquiera!, dirás.
(No te creas; es milagro.)

Sube entonces a ese avión,
donde espera una ventana.
Tremendo es conjugar,
con acierto, salmos salmos:
la confusión de tu camino.

Ya es hora de volver a casa.
El agua tendrá tu nombre.
El oráculo ha fallado.
Dueño del futuro eres
plena sencillez cantada, llave...


Cracovia, 20-24 de febrero de 2018



lunes, 5 de febrero de 2018

CARTA DEL TERROR DIVINO


Soy la biznieta de un genio, tal vez el mayor que haya creado Francia. Sí, personas que escucháis, Arthur Rimbaud fue mi bisabuelo; y yo una pobre niña esclavizada por la historia de ese mal hombre. Sobre él se ha dicho todo, pero no se ha dicho lo que yo vengo a traer en esta carta. Por otro lado, basta que conozcáis un poco la historia para llamarme falsa, pues nunca ha sido relatado el amor que mi bisabuelo contrajo con mi bisabuela en África durante la penúltima década del siglo XIX, línea de sangre de la cual yo desciendo como un pájaro que hubiera crecido en una cueva. 
     Tras nacer en Charleville en el año 1854 y abandonando el padre –capitán de guerra– la casa familiar cuando Rimbaud tenía sólo seis años, su educación pasó a manos de su madre, la cual dirigió su sensibilidad con mano férrea. En su colegio, un humilde edificio cercano al río Oise, símbolo de su mitología personal, destacó desde el principio, con trabajos en latín y ejercicios llamativos para los profesores. De todos ellos, uno, George Izambard, pasó a ser confidente de los secretos que latían en su cerebro condenándole a ser el mejor o el peor de los hombres, y gracias a él pudo leer a Victor Hugo y a los poetas parnasianos y simbolistas establecidos en París en aquellos días contiguos a la Comuna. Fruto del deseo de pertenecer a algo, pero también consciente de su progresivo distanciamiento de todo cuanto fuera aburrido, envió, durante esos días, cartas y poemas a los grandes poetas del momento, entre ellos Théodore de Banville o el mismísimo Paul Verlaine. Con este último, como todos sabéis, mi bisabuelo mantuvo una relación sentimental oscura como pozo, dinámica que no les impidió vagabundear felices por París y después por Europa hasta el disparo que le propició Verlaine a mi bisabuelo en la mano, sirviendo de fin al trato denso vivido por ambos. También son conocidas, en este sentido, las primeras fugas de Charleville a diferentes puntos de las Ardenas, Bélgica o la ya contemplada París. Él, como después escribiría, fue “un bruto que no entendía las leyes”; o “un místico en estado salvaje”, como le definió Paul Claudel. Aquellos días desembocaron en un instante clave para el reconocimiento de su identidad. Espíritu malvado pese al deseo de Dios, al cual anhelaba y cuya pregunta movía su existencia, decide abandonar la escritura, rebelarse, marchar a África y convertirse en ese hombre “ocioso y brutal” que él mismo había descrito, sin espacio para la compasión, en “Una temporada en el Infierno”.
     “Una temporada en el Infierno” es la única obra que él publicó en vida por sus propios medios. Esta carta, dirigida a la comunidad académica, tiene como motivo principal el de sacar a la luz una carta del propio Rimbaud hablando sobre dicha obra y cómo debe ser entendida. Mi bisabuelo sabía que la historia es el refugio de los inmortales, y así lo hizo evidente con el carácter panteísta de las llamadas “Cartas del vidente”, donde expuso su teoría del desarreglo de los sentidos considerando al poeta como “un ladrón de fuego”. Es en el marco de esas cartas desde donde debe entenderse esta “Carta del terror divino”, que aquí comparto después de haber sido custodiada por las tres generaciones que me anteceden y cuya repercusión, ya, imaginamos. Sin más, os entrego:

Harar (Etiopía)
8/2/1884

¿Qué habrá sido de la marea iracunda de mi primera juventud? Yo me fui. ¡Me fui! Dejé las pesadillas baratas, el falso oro que secan al aire los burgueses, el panteón idiota de los poetas que no durarán segundos... Lo hice todo, y desembarqué en este viejo continente, donde ahora mi cara reluce como el carbón de los Reyes. Sólo guardo el recuerdo de mi madre, a la que abandoné por triste; y los ecos en la granja nocturna, donde las aves pasan y pasan para que, juntos, creamos por fin en la cosmogonía. 
     ¡Mi obra! Dije adiós a la escritura, hasta no ser hijo del abismo ya; pero quien ha cruzado el laberinto debe, para morir de verdad, nacer de nuevo. La esencia es fuerte porque la fuerza se ha convertido en el motivo último de Dios: ¡así es la encarnación en la rueda! Os afanáis en que la lógica se disuelva, los perros no ladren y la luz provoque luz y no su sombra: estáis confundidos. Por eso, y porque no quiero equívocos respecto a mi grandeza, escribo esta carta, en la que se explica qué quise con ese librillo diabólico que nació necesariamente.
    "Una temporada en el Infierno” es una investigación sobre la fe y el negro ancestral que cubre de barro los cantos de la Biblia, y como toda investigación que yo he emprendido, supone avances directos en el hecho literario universal. A ese nivel, y como hice con la invención del color de las vocales, esta obrita mía crea un género literario nuevo, e indiscutible: el terror divino.
    Jamás seremos libres frente a la condena que propicia Dios, porque ésta está basada en la hermosura. La belleza es el motor de cada una de esas páginas, cuyo horizonte tatué en mi cerebro con tinta indeleble. Lo bello, según como yo lo dispongo, es la razón más íntima del miedo, de ahí que narre el caso de mi genealogía robada en “Mala sangre”. Ese miedo, entendido como sensación y anticipada como concepto ya en la obra de Horace Walpole, inglés loco al que leí de milagro, se mezcla entonces con el miedo a la no vinculación con Dios, duelo presente en “Delirio I” y “Delirio II”. Así, ante este doble temor, queda la individuación, puerta de salida de ambos frentes, y cuyo horizonte es aún más terrorífico si cabe.
     Es evidente también la presencia de los fantasmas que han acompañado cada una de todas mis visiones, como cuando afirmé que estábamos “encaminados al Espíritu”. Lo sobrenatural nos está aguardando siempre en forma de imágenes lúcidas que hubiéramos vivido y de las cuales no nos pudiéramos deshacer, porque su vinculación con lo fisiológico convierte su ser en algo químico, ¡y el cuerpo es el depósito más grande de nuestros recuerdos! Así deben ser entendidos también los demonios que vivieron en mi corazón, “fábrica de Satanás”. Occidente está cansada de sufrir la memoria de los viejos demonios que construyeron, con dolor, su sangre; y estas páginas mías integran ese dolor a la vez que lo vinculan con las supersticiones vivas de Oriente.
    Sigo, y avanzo: ¿avanzáis conmigo? “¡Y todavía es la vida!”, digo al principio de “Noche del Infierno”. Aquí es donde el terror divino vuelve a consagrarse como una gran invención, primero mía y después vuestra. Siempre he vivido bajo el presagio de que la vida nos fue arrebatada, hasta ser la existencia la única oportunidad que nos ha dado la Naturaleza para hacer justicia con lo grave del expolio. Lo divino, entonces, como parte B, es la acción propiciada por el ser humano ante esa falta. Literariamente, esta ecuación se traduce en dos conceptos: profecía y confesión, siendo aquel exceso de energía ante la pregunta y siendo éste falta de ella. Dos respuestas, ¡oh futuro vigor!, al enigma de los días. De este modo, lo religioso retorna a la geografía al miedo.
      Otro motivo constante es el silencio, antónimo de toda solución. A lo largo de la obra pareciera que lo que están sucediendo no son más que ecos, idea que trabajé a través de la idea del grito: “¡Hambre, sed, gritos, danza, danza, danza, danza!”. Hay que hablar para callarlo todo; hay que nombrarlo todo para que las cosas puedan darse por desaparecidas. Pilares de mi alquimia, estos procedimientos funcionan como joyería o método: “Me habitué a la alucinación simple: veía con toda precisión una mezquita en vez de una fábrica, […], un salón en el fondo de un lago”. Como un tierno desgraciado, yo siempre supe saludar a las cosas idiotas, y fui consciente de que los objetos contienen un límite de voz. Ese espacio no es otro que el área que les es otorgada a los poetas.
   Sé que os gusta reír ante lo despiadado y lo vacío, pero la idea del terror divino estaba también presente cuando elegí el título de “Canción de la más alta torre”, donde se habla de una era dulce y por llegar: “¡Que llegue, que venga / el tiempo que nos prenda!”. Siempre tuve presente nuestra tetralogía sagrada (muro, huerto, pozo y templo) al componer mis textos y, en ese mapa, afán divino, la torre es el paso hacia lo ignoto cuando el desierto insulta. Es, también, una metáfora del contacto entre dos tiempos: el tiempo de la vida y el del deseo.
     En lo relativo a mi género nuevo relacionado con los géneros literarios mayores: ¡cumplo con todo! Podéis dejaros llevar apaciguadamente por cada uno de los hechos legendarios que traen mis pasajes como una épica, siendo siempre ineludibles para relatar mis hazañas; cumplir con la lírica atendiendo a la gravedad de mis emociones, al no haber sentido nadie como yo; y presenciar, como si el teatro fuera una iglesia, diálogos picudos que ponen en alerta a los espíritus sensibles hasta la purga final,“¡Adiós!”, cierre de esta colección de textos ebrios. Igualmente, hay definiciones más pequeñas dentro de las definiciones mayores, hasta hacer yo églogas como si fuesen odas: “Pero para qué añorar un sol eterno, cuando nos encontramos comprometidos a descubrir la claridad divina”; así como cancioncillas (“¡Volvió a encontrársela! / ¿Qué? La eternidad. / Es el sol mezclado / con el mar.”) complementarias a los himnos imposibles (“¡El aire del Infierno no tolera himnos!”).
     Preocupado por el yo, y siendo Baudelaire un dios, es obligada la disolución del poeta: “Así, amé a un cerdo”. El poeta debe extraer de la representación unos códigos que, después de ser tamizados por la razón, se devuelvan a la representación como nuevos, a través de la palabra. El yo lírico, en el terror divino, adquiere entonces la forma crítica de un mediador; alguien que ha conseguido, mediante el embrutecimiento, un conocer verdadero acerca de los enigmas que laten en el mundo. Para este proceso se debe hablar y sentir como lo hace un dios (“veía con su idea el cielo azul”), hasta forjar una lógica de carácter totalizador; al mismo tiempo, el poeta debe asumir una idea similar a la del niño-monstruo.
       A nivel formal, siempre cumplo con la idea del equilibrio. Sí, sé que es un término un poco astral, pero creedme cuando os digo que cada palabra supone un peso. La alquimia del verbo se hace, según ese parámetro, pintura. Esa “ausencia de facultades descriptivas o instructivas” en el escritor que abre “Una temporada en el Infierno” después de nombrar y situar a la Belleza, no es más que el resultado de esta teoría del equilibrio mía, la cual hace imposible una confusión de los elementos contemplados en cualquier frase o verso. Como el pintor, ¡oh salones!, mi paleta siempre está tierna; y atenta a no confundirse. A este nivel, la intuición no es elegida.
     Dentro de la religión: ¿alguna vez salimos de ella? Yo no quise sino trasladar lo eminente de las pruebas que atan y desatan los saltos heroicos, la cadena mortal de los acontecimientos. Como el viejo paralítico, como la bruja cuyo saber nos dignifica, el terror divino es semántico en esencia; y también lógico: mi propósito fue crear un libro que nos contuviera. Como dije sobre la locura: “conozco el sistema”; y la experiencia de la religión, ¡para vosotros mesiánica!, es como un órgano que despertara, cada mañana, a la humanidad, que aguarda en tierna espera.
    Sobre la horizontalidad o verticalidad del texto: sopor ante la horizontalidad (“[...] exclama el Eclesiastés moderno, es decir, Todo el mundo”) y guerra de la verticalidad (“¡No! ¡No! ¡Ahora me rebelo contra la muerte!”). Nuestra relación con Dios siempre ha sido sinónimo de vértigo, pero si yo he llegado tan lejos y a mi antojo, ¿por qué otros no? Sólo advierto la distinción entre dioses y hombres en términos de materia y tiempo. Así, cuando he de pensar en mis proezas, pienso en lo terrorífico que debe ser carecer de alguno de esos dos caracteres. Parece que los dioses son más fuertes y cuentan con un mayor arsenal, llegando a darse por perdida de antemano una guerra entre ellos y nosotros; pero nosotros nos debemos al sentido, y en esa línea no hay quien gane a un ser fuerte. Que yo haya conseguido esta fuerza no significa, tampoco, que todos podáis, jijiji. Yo soy un investigador y, aunque ahora me permita reír porque sé que vencí por un instante, el tiempo, al alargarse, hace de todo una pesadilla. De ahí el título de mi obrita perfecta: “Una TEMPORADA en el Infierno”. El tiempo, como la libertad, sólo se puede considerar en base a lo real; si no, estaríamos ante la indeterminación.
     Por último, los dos conceptos en igual canción: el terror de lo divino y lo divino del terror. Par dialéctico, esconde su vínculo el mayor de mis secretos, motivo de mi lírica, razón de que abandonara la escritura: Dios existe, pero es malvado (y su réplica: el mal es sinónimo de Dios). El cierre del libro (“y me será posible poseer la verdad en un alma y un cuerpo”) hace notar que el alma es Dios y el cuerpo el mal; y que yo he llegado a la solución y vivencia última de ambas. ¿Quién, tras conocer lo que es imposible conocer, conocerá de igual manera?
      Id, entonces.

ARTHUR RIMBAUD

     Esclarecedor, creo.
    Todos sabemos, hoy, en pleno 2018, la innegable aportación de Rimbaud a la historiografía literaria. Los poetas surrealistas identificaron el poder cognitivo que habitaba en el fondo de su gramática (entendiendo “gramática” como “sistema”), rescatándolo del olvido; una gramática del sentir, con origen en la vida y devuelta a la vida como acontecimiento nuevo. Después, en los años 60 del siglo XX, el movimiento beat encontraría en él la figura perfecta como símbolo de insurrección en un momento histórico que prometía poco la idea de progreso. Pier Paolo Pasolini, sensibilidad única, también bebería de su imaginario, estando presente en películas como “Teorema”. En definitiva, la alquimia que conquistó con tanto sufrimiento sigue dando soluciones a los nuevos poetas y parece que las seguirá dando, siendo como es sinónimo de juventud y fuerza.
    Al final no os he hablado de mí, pero tampoco importa; y menos frente a este documento.
   Cuando os decía al principio de esta carta que había vivido “esclavizada” por la historia de mi bisabuelo, no mentía; pero las historias tristes, como la mía, a veces hay que dejarlas de lado.
    Sólo os diré que ojalá no tengáis que vivir bajo la idea de alguien con tanto poder como el suyo, porque no sabéis cómo puede llegar a disolverse y confundirse alguien con aquel que te nombra.

sábado, 16 de septiembre de 2017

CAUCE (Visión en la Playa de San Lorenzo)

I

Cauce, cauce, me interrogas fulminando las preguntas que solicitan el consenso de la ciudad... Hay en la naturaleza un juego que nadie puede soportar, para el que nadie está preparado... Yo lo sé... Yo me disuelvo en tus ojos de sal y gestos contrarios a la identificación con el orden de las llamas... No había supuesto en tu libertad ningún abismo de espesor suficiente como para hacer temblar mi estrella, pero has vuelto como la montaña que jamás se fue... Es difícil mirarte a los ojos. Cauce en la línea final de mi obra, junto a mis estatuas votivas cubiertas por hierba milenaria. Cauce al que se abre también el agua dulce... He dejado respirar a las otras voces, cuya señal desvía hasta lo lejos el óleo de los motores primitivos, aquí desnudos como la monja muerta... Cauce en la osamenta del renglón. Cauce finito a razón de la discordia. El café va directo hacia el mar mientras alguien juega con el fuego al pie del cerro: lágrima de barco... ¿Quién despierta todas estas preguntas? ¿Quién analiza, neurona enferma, la calidad de todos los corazones? Los hermanos... Los hermanos... Cauce en el viento yugular... Mientras tanto, la ceniza vuela, desde donde alcanzo a ver el gesto de los vivos. Yo estoy vivo también, pero el terror acecha en la palabra de la naturaleza, ahora encaminada a mi papel. Recuerdo entonces el esquema sufrido, el glosario de espíritus llamados a la mesa después de las nueve. ¿Quién no conoce el pan cerca de mí? Otras vidas... Yo quiero reconocerme en el bostezo, hasta el sueño sin sueño... Cauce enterrado por kilos de hormigón y civilización demacrada. La alegría existe, te conozco, y cómo vibra entonces todo cuando el frío alcanza los pies desterrados... De preguntarme, fui pregunta. De preguntar, soy todas las preguntas. He llorado todo. Queda la sutil sucesión de volúmenes robados en mi torre verde esmeralda... Se agrieta el cauce que lo sabe todo ante mi indefensión. Si yo lanzara estas tijeras... Ojalá alguien borre la maldad para que lo cruel desista en su intento lascivo... El agua calla el rumbo de las grúas. Tras la noche solitaria nada hay, a no ser que las encías tuertas de los paisajes alterados por la historia nos vuelvan a abandonar en el cauce disuasorio. Cauce, cauce con tímpanos de Dios y niebla suma sin septiembre ni altas crisis idiotas, trae la estampida de la bondad donde la belleza es un accidente... Cauce desmedido sin razón de ser... Mesones dulces, con manteles de rojo desmedido donde es placentero sonreír, para no haber visto nunca un tiburón trizar la boya que no existe... Es la noche, la conocida y despierta, derivando su sol hacia otras tierras. No hay dolor fuera de las dudas, pero cómo avanza la posible sintonía en mi pulmón de abeto, ¡caídas las temperaturas! Soluciones para mi temblor, donde cada suceso sucede abierto a interpretarse, y mis compañeros de viaje desvanecen, de repente, juntos, la unión de nuestras conversaciones... Cauce en el hilo de la genética supuesta para mejores pruebas lentas... Donde la característica añade metal al charco helado: cauce para la maquinaria del viaje... En dianas que aprueban el sol como vicio bizco o círculo extrañado, hora suave para el perfil de los propios, primeros sonajeros, sintiendo que alguien falta en casa... No está roto, el cauce, que percibe, ligero, el choque de las sensaciones... Como cualquier campesino, madera en las sillas duras del cauce... Me arrepiento de haber jugado, de haber trazado lianas de cristal en aquellos amaneceres. Perdón a todo, perdón a todos; perdón mundo, por mi desenvoltura. La magia precipitó las enredaderas locas: arpíos símbolos... ¿Cómo será, entonces, mi vida? ¿De qué tamaño es la mentira para evitarme dolor? Horas muertas siguen a las horas vivas, bohemia de mis veinte años, donde sólo soy conocido por mi gran soledad. Estímulos de plata y arabescos navegan sin dirección, y el fanal de mi turmalina desapareció, triste cauce imprescindible de las hoces donde el grito es preferible a la vida circular... Desolación de la luz, materia que nos aferra, dignamente, a lo real... Como una sílaba apresurada sin taimar, haciendo de las palabras un velo extranjero... Cauce donde se deshace, virgen, y lejos de las palabras, la luz...

II

Me asombra el milagro de Dios, indiscutible, pero el milagro del hombre moderno es igual de poderoso y súbito pese a ser milagro segundo: ¿quién entonces hubiera levantado todos estos colores lentamente...? Desde estos dos milagros se juega la partida. Con los ideales cansados a razón de la moral, la colisión verdadera nos cambia por ejemplos de vida más capaces. Síntesis de cetro y capa, de nube y máquina, así el trozo de veneno dual en la hora neutra, perseguidos cada uno de los animales con silbido de ventana opaca y océano que no dispone la sensibilidad... He vuelto mi atención a lo crispado de la pureza, navegante firme en la medianía del sol, y ya no quiero sino descansar por siempre, abandonadas todas mis ideas donde el cauce encarna dos milagros... Cada polo tiene su vocabulario, barro o aceite, es lo mismo. El canto difiere por su agudeza, a veces más simple que un refrán. Mientras el perro camina por la casa de la moqueta, otro perro ladra en el paseo, ¡sin conocerse! Toda convicción es un eco contrario, una maniobra de desvío hasta la apropiación de su fe por nuestra mente abstraída. Sólo en el rincón disociado se alza la visión, extendiendo el cauce a la realidad imprevista. En esta ecuación, el genio duerme en un cuarto, mientras los vecinos hablan en voz baja para no domesticar lo astuto de su discernimiento. Constante es la marea... Pero el ser humano es, en esencia, disrupción. Otro tipo de lluvia frente a la lluvia natural de los cuentos... Los ingenieros hablan con la historia y las paletas de todos los pintores añaden cauce a la mesa futura, donde, sentado, espera septiembre para alumbrar las dudas mejores, a los fantasmas comunes, piedras... Alguien se ve desde fuera trotando mientras la barra de madera sacude la playa, y estamos cerca de nuestros antepasados... El oratorio descompuesto es sigilo en el alma de las construcciones, que caen juntas susurrando paz... Visiones atestiguan nuestros límites, y yo ya no quiero hablar ni pensar en lo recóndito de la torre, escondite por haber sabido llamar a las cosas con el nombre ya sustituido... El mar agrede a los ilusionistas con su silencio de catedral barroca. Entre las jaulas, el silencio discurre sabio como la primera madre. La oración, mientras tanto, es espuma...

III

No quiero llegar tan lejos y, sin embargo, sé que soy como ellos. Malvados locos, bibliotecarios en el margen del salar: escuchemos juntos la plegaria que funda el roce de los caminos elegidos a la fuerza... Porque del arte no se vuelve sino trastocado por mano de libro doble o visión que nombre desde fuera... Demasiado tarde, poeta. Ya te ha sido enseñada la llave de los conductos donde anillos florecen como velas flotantes... ¿Se vuelve? Y partiré, porque, sin opciones, elegir es falso. Atravesar los pueblos embrujados hasta el faro de fuego, noche anticipada para el cauce fértil de dioses atentos y semblanzas ciegas donde el agua brota desinteresadamente... Se ha escrito todo, se ha dicho hasta la última milésima del tambor verde, para que me calle, para que hable de la eterna letanía de mi canción, dirigida al misterio de mi identidad... Áspera verdad, almena intangible, capitel de palomas diseñadas para la tortura de los reinos plásticos, he aquí el testamento del perdido. ¿Criando a mis hijos, felizmente? Guitarra con boca de hipopótamo en el surtidor del diccionario vacío, visiones de ángeles y mermelada de viento, tus pies deseando fresca hierba... No se hable, no se vuelve, no hay tablero para la dimensión del expulsado, y yo sólo quiero un granero en la montaña... El Todo se advierte algunas veces. Como en este paseo donde queda, resumida, la historia. Hay agua, cielo y barandillas; y paseando se entabla, entre la gente, la comunicación. Lo crítico se advierte después de sentir, en un solo cuerpo, ese Todo; y de ahí nace la respiración. El monje, buen ejemplo, puede navegar ahí, pero no todas las vértebras se vinculan juntas para asumir el peso de la visión en un solo sujeto. Fragmentado, el sueño se disipa como una epifanía colérica, dejándome chanzas, burlas, bromas...:

La humanidad son
estas piedras grises
donde se camina
tan virtuosamente.

Animales e individuos
como largas siluetas
en la tarde enmascarada:
el origen del poder.

No se puede saber
si el sueño es real,
a menos que uno vuele
desde el alto día.

Queda tocar la hierba
con dedos de aguja,
o correr por el paseo
para dormir despertando.

Así, hemos empezado la conclusión. A falta de un lugar favorable desde donde sentirnos seducidos por el blanco pero doble milagro de los hechos, la acción se corrompe en favor de lo que nace aparecido. Cauce donde entonces todas las personas se observan, conscientes ya de la alabanza, agradecidas, y agradecidas, interrumpiéndose el mar por un instante; para encender lo íntimo de los corazones y disolverse en las ventanas de las habitaciones de la ciudad. Sin que se pueda hacer nada, como es lógico, pues aquí, de pie, rezo a la belleza humildemente.

Gijón, 14 de septiembre de 2017

domingo, 27 de agosto de 2017

martes, 4 de julio de 2017

"Siglo XXIII", III Premio de poesía joven Antonio Colinas


"Álvaro Guijarro ha resultado ganador del III Premio de Poesía Joven Antonio Colinas que convoca Ediciones de La Isla de Siltolá, según el fallo que ha tenido lugar este domingo 21 de mayo en el marco de la Feria del Libro de Sevilla.
El jurado, constituido por los poetas León Molina, Elías Moro, Rosario Troncoso, Jaime Sánchez Martín y Javier Sánchez Menéndez, ha elegido entre las tres obras finalistas al libro Siglo XXIII, cuyo autor resultó ser Álvaro Guijarro (Madrid en 1990).
El Premio consiste en la publicación de la obra ganadora en una de las colecciones de poesía de Ediciones de La Isla de Siltolá, con una tirada de 1.000 ejemplares. En anteriores convocatorias se alzaron con este galardón las jóvenes poetas Ana Llurba y Begoña M.
A la tercera edición del Premio de Poesía Joven Antonio Colinas se han presentado un total de 172 obras, procedentes, la mayoría, de España y América."