27 de marzo de 2021

PARACELSO: una figura extraordinaria

Paracelso nació en el año 1493 en Suiza, más concretamente en Einseideln, y fue hijo único del noble Wilhelm von Hohenheim, de la línea o estirpe de los Bombaste, y de su madre Els Ochner, quien fallecería cuando el propio Paracelso tenía pocos años. Y pese a ser una gran personalidad dentro del pensamiento europeo, con intereses que iban de la medicina a la filosofía, siempre sin olvidar la alquimia, fuente de fondo de su hacer en muchos tramos, y que aquí trataremos de estudiar, también por sus vasos comunicantes con el tema que nos ocupa, el de las implicaciones que todos estos cauces guardan con el lenguaje literario, su vida sigue envuelta en un gran misterio, por sus peregrinaciones de país en país en busca de una sabiduría que podemos llamar “esencial”, por los que discurría sin ningún tipo de prejuicio con los que se encontraba, en pos de alimentar su imaginario y sus métodos, fueran estos encuentros frente a reyes u otros de baja escala social. En cualquier caso, su obra fue vasta, y deja sabor de una fuerte pulsión por la creación y la teoría, frente a los que él fue un completo visionario, por ahondar en las profundidades de la existencia y la ciencia con un afán integrador, omniabarcante, etc. En este sentido, hay quienes lo quieren caracterizar como un hombre del Renacimiento, otros del gótico, lo que no hace sino apoyar su impronta extraordinaria y transversal.

            Dentro de este largo proceso de (auto)conocimiento será el padre quien introduzca a Paracelso en los enigmas de la Naturaleza, desde procesos químicos a la propia medicina como ciencia que él después enarbolará; igualmente, será junto a Sigmund Füger, en la provincia del Tirol, que se adentrará en la alquimia como tal, un modo de concebir la realidad (recordemos que la alquimia no se fijaba únicamente al mundo material, sino también al espiritual) que le acompañará hasta el final de sus días, en el Salzburgo de 1541. También su formación implicará el conocimiento de otras grandes figuras, frente a las que se situará a la par, como Galeno, y estará mediada por algunos de los viajes a los que ya hemos aludido, y que según su propia palabra significarían el paso por Alemania, Hungría, Constantinopla, Francia o la propia España, para incluso formar parte ya entrado el año 1522 en las guerras venecianas. En esta peregrinación constante las universidades serán también fundamentales: Oxford, Viena o Bolonia serán algunas de ellas. Queda claro, en cualquier caso, y esto es fundamental para entender a Paracelso, que el saber teórico debía complementarse sí o sí con el saber vital, idea que él abrazaba y por la que, muy probablemente, se dieron todos estos viajes, experiencias y enseñanzas de paso.

            Su ideal del médico, como veremos más adelante, tenía también un componente profundamente religioso, además del autoperfeccionamiento personal ya entrevisto. Como intermediario de Dios, el médico portaba la antorcha del saber y la curación, aunque era necesario pensar en Dios de fondo: si el mal o la enfermedad habían llegado a un cuerpo (o a un alma), Dios contaría también con mecanismos para la curación, ahora personificados en la figura del propio médico, en base a valores como la integridad y la propia moral. En esta dirección, Paracelso, pese a su ejemplaridad y su novedad constante, no es testigo ni dueño de la visión que supondrá en tiempo posterior la brecha entre Ciencia y Religión, a la que hoy en día, y hoy cada vez más, la propia Religión se enfrenta. Como apunta Jolande Jacobi, “Paracelso es ensalzado hoy como el primer naturalista científico moderno de la Historia de la Medicina, como el predecesor de la microquímica, de la antisepsia, del tratamiento de las heridas, de la homeopatía y de una serie de otros largos recientes” (Jacobi, 2007: 40), una idea que irá en paralelo a las doctrinas desarrolladas por él, como de la de los opuestos complementarios, de carácter dual pese a que la idea de totalidad subyaciera a la mayoría de sus planteamientos teóricos.

            Al margen de las claras delineaciones entre Paracelso y el fervor cristiano, hay algunos de sus planteamientos que le podrían situar como una figura pagana, algo que el propio Paracelso hace por admitir sobremanera desde una visión de esta escisión donde el Creador no tomaría parte, por mucho que sus textos y comentarios estén imbuidos de fondo por la figura (y obra, he aquí un matiz sobresaliente) de Dios. En cualquier caso, esta creencia se vincula estrechamente con la idea de Naturaleza, donde todo ha sido creado por algún motivo, pese a los vacíos de significación que han de ser completados por los hombres en su tiempo en la tierra y los procesos materiales, de nuevo destino. Paracelso parece tener estima, en definitiva, por lo religioso en sí como hecho originario.

            Es en este contexto cuando Paracelso vive una crisis (también en sentido purgativo) en su tiempo en Basilea. Con un lugar en la Academia del que apenas recibe gloria es allí donde, en el año 1526, es elevado a físico dentro de esa urbe, pudiendo tratar con enfermos, a los que administrará parte de sus remedios, y especialistas. Él mismo anunciará, dentro de 1527, y que aquí nos sirve como metáfora de su instante, las siguientes líneas de investigación, y que tomamos de forma literal tal como han sido citadas:

1)      Proposiciones sobre enfermedades internas y sus remedios: trastornos gastrointestinales, lombrices, epilepsia, extenuación, lepra, gota, humores pulmonares, pleuroespasmos, fiebres, dolencias de la cabeza y la matriz, dolores de muelas, dolores oculares y de oídos…

2)      Clase sobre medicina general y prescripción de fármacos. Introducción general a la patología específica y terapia.

3)      Sobre el tratamiento de daños exteriores, lesiones, úlceras sangrantes, abscesos, tumores, pólipos.

4)      Durante las vacaciones, especialmente para la “canícula”, lecciones especiales sobre diagnóstico mediante pulso y orina, purgaciones y sangrías, y una interpretación de los aforismos de Hipócrates, así como aclaraciones sobre el libro de hierbas de Macer.

            Este breve índice da cuenta, entonces, siempre sin perder su valor vigente, y adelantado en mucho a su tiempo, de la variedad y la profundidad de los intereses que ocupaban al propio Paracelso en este momento crucial de su camino como hombre y teórico. Con todo, poco después sólo tendrá en Basilea numerosos contrincantes, erigidos contra su problemático espacio generado en apenas diez u once meses, para dar término a sus impulsos académicos y volver a la errancia, siempre centrada y encontrada.

            Sobre su(s) obra(s), tenemos mucha y de diferentes intereses, y en conjunto llegó a estar prometida para ser publicada por Fernando I, con una subvención de alto valor para la época. Así las cosas, además de Gran cirugía, de la tercera década del s. XVI, hallamos sus Defensiones, de marcado carácter personal y que ponen de relieve el tormento interior constitutivo de Paracelso al que ya hemos hecho alguna pequeña alusión. Otros trabajos destacables, más alla de la edición completa y paradigmática ya de Sudhoff-Matthiesen, serían: De la concepción de las cosas sensibles en la razón o, su obra sobresaliente hacia el comienzo: Nueve libros de Archidoxis, que se plantea a modo de libro de consulta sobre ciertos remedios, con sus pros y sus contras. Igualmente, en Libro del hospital, de finales de la segunda década del s. XVI, podremos leer, desde su veta neoplatónica asumida y evidenciada, al igual que el gnosticismo ya entrevisto, piedra angular de su proyecto en firme como hombre espiritual, que la medicina se basa en el amor, relacionada también con Dios a modo de teosofía. Se esbozarán a partir de aquí cuatro preceptos para entender la medicina: Filosofía, Astronomía, Alquimia y Ética.

            Finalmente, sobre su muerte, no todo está claro, y existen diferentes versiones sobre este amargo final, aún más duro en el caso del humillado Paracelso. Una historia diría que fue arrojado por un enemigo tras un simposio; otra, que, borracho, caería por una escalinata;  e incluso una que hace alusión a un posible envenenamiento. En cualquier caso, su muerte acaece el 24 de septiembre de 1541 en Salzburgo, país Austria.

1.      EL IMAGINARIO DE PARACELSO: DE LA CREACIÓN AL HOMBRE

“No quiero ser llamado hechicero, pagano ni gitano, y quiero dar con mis escritos testimonio cristiano y hacer callar a los falsos cristianos con su falsa levadura.”

PARACELSO

Son constantes en Paracelso las referencias al mundo, la creación y Dios como potencia organizadora del universo material, las cuales se organizan en fragmentos, que son tal y como nos han sido recibidas. Pese a su carácter poco fijo para cualquier categoría, como ya hemos dejado entrever en el apartado referente a la cuestión biográfica, aquí iremos a los textos, nos adentraremos en ellos, los propios de Paracelso para más inri, tratando de sonsacar enseñanzas que puedan sernos útiles en la formación mental de su figura y obra.

Hay un concepto aquí que nos interesa mucho por su profundo cauce, y es el de lumen naturae, que vendría a ser algo así como una simpatía con las reglas de la Naturaleza, y que el propio Paracelso nombraría como base de su “sistema” o forma de pensamiento. Y es que sin duda, en él existe una pulsión cosmogónica, que por eso hace estrecha cualquier etiqueta, pese a la deuda con el cristianismo inherente a su modo de concebir la realidad. Cuando Paracelso escribe, muchas veces a modo de máximas, a veces con ciertas contradicciones siempre salvables por su genial condición, nosotros, sin crítica impresionista ninguna, percibimos esos fragmentos como apuntes de una Realidad ahora leída desde sus más hondas razones. Fogonazos líricos, comentarios científicos y otros de índole más humanista, forman un conjunto plural donde quedan siempre claros el origen y el destino de los valores de Paracelso, brindados ejemplarmente.


            
A la hora de hablar de la Creación, Paracelso habla del agua y de la Matrix, diciendo sobre esta última que “nadie la ha visto nunca, porque ha sido antes que los hombres” (Jacobi, 2007: 73). También hace alusiones al espejo entre las propias creaciones de Dios y Dios mismo, relacionando casi a modo personal el nacimiento del mundo. Alude igualmente a los cuatro elementos (agua, tierra, fuego y aire), y sin olvidar la alquimia, habla del azufre, el mercurio y la sal, que formarían un todo completo. La noche y el día, la luz y la oscuridad, y otras dualidades, forman parte de la concepción de Paracelso sobre el nacimiento de las cosas, un esquema, el dual, que ya hemos insinuado relacionado con lo científico, y que quedaría cortado con ideas como la de la Trinidad cristiana, aunque esta corriente religiosa también se apoye en dualidades fundamentales.

            Igualmente, Paracelso emplea lenguaje metafórico para sus referencias a lo religioso, aunque éstas, en última instancia, pertenezcan también al imaginario religioso en sí mismo, como cuando habla del barro, “donde están contenidas toda clase de herramientas y recipientes” (Jacobi, 2007: 74), aludiendo al alfarero, que se vincula con Dios a la hora de pensar la Creación, y que en última instancia refiere al limus terrae, sustrato a partir del cual Dios formó al hombre. Sigue con estos usos del lenguaje también al hablar de la tierra, que dice ser negra, marrón y sucia, aunque en ella “se oculten los colores todos: verde, azul, blanco y rojo”. Este último matiz refiere sí o sí al proceso alquímico, y nos llevaría, en la poesía moderna, a Arthur Rimbaud y su poema “Vocales” (1883), donde cada letra es sinestésicamente esclarecida en relación a su proceso de generación, tal como cuenta Enid Starkie en Arthur Rimbaud. Una biografía, donde se estudia pormenorizadamente todas las relaciones entre el poeta francés y el hermetismo. Será este último espacio un espacio de pensamiento y modo de habitar el mundo donde lo referente a arriba refiere con lo de abajo, a través de los velos y los símbolos que han de ser reconocidos y ejercidos por una idea de saber elevada a categoría esencial.

Manuscrito original de Vocales (1883), de Arthur Rimbaud

            En esta línea, por no olvidar el comparatismo, y aunque más adelante hablaremos de ello en más profundidad, es notoria otra relación con la literatura contemporánea, esta vez con el poeta Antonio Gamoneda, que trabaja el tema de los venenos en Libro de los venenos (1995), partiendo de Dioscórides. Los venenos y los remedios a los que ya hemos aludido serán aquí el eje central de un diálogo que recorre un imaginario poético ahora enriquecido a base de ungüentos, materiales, colores y sensaciones, y que se relacionan de un modo u otro con una labor hasta ahora no entrevista de Paracelso: la del estudio de la botánica, del que es ejemplo su afamado estudio Botánica oculta, mezcolanza entre el estudio taxonómico y la apertura hacia un terreno de índole mágica.

            Paracelso hace también alusión al Macrocosmos, sinónimo del Mundo, donde las esferas inferior y superior, con las connotaciones de lo mortal y lo inmortal en su fondo, no deben coexistir ni ser mezcladas, pese a figuras intermediarias, elegidas por Dios. Así, dirá: “La estructura del mundo está hecha de dos partes: de una parte aprehensible y sensible y de otra invisible e insensible. La parte aprehensible es el cuerpo, la invisible el ‘astro’” (Jacobi, 2007: 76), conformando una estructura lo suficientemente estable para pensar a partir de ese punto. Del mismo modo, tal como también vimos en nuestras clases sobre El Cortesano, hay en los textos de Paracelso alusión a la teoría de los humores, ahora referidas al gusto: “El cuerpo posee cuatro clases de gusto: el ácido, el dulce, el amargo y el salado” (Jacobi, 2007: 78), para después vincular lo amargo a lo colérico, lo ácido a lo melancólico, lo dulce a lo flemático y lo salado a lo sanguíneo. Esta teoría, no lo olvidemos, de gran arraigo desde la Antigüedad y esclarecida y desarrollada en Grecia y Roma, aludía a una teoría general acerca del cuerpo humano puesta en práctica por los entonces “físicos” (recordemos aquí la physis griega: los primeros filósofos, donde la Naturaleza y el conocimiento acerca de ella eran el punto central de toda tesis), que nos podría llevar a retrotraer a la Grecia de Pericles, instante de esplendor por excelencia, con todos los filósofos denominados “presocráticos” y la singular impronta de Hipócrates, denominado como “padre de la medicina”, cuyo trabajo es base del sistema médico.

Los cuatro humores. De izquierda a derecha: melancólico, flemático, colérico y sanguíneo

            Por cerrar filas, aludiremos en último término a algunas consideraciones propias del hombre y la mujer pensadas por Paracelso. Sobre el nacimiento, escribe: “Pero la semilla de un solo ser humano no hace un ser humano completo. Dios quiere que el hombre completo surja de dos, y no de uno; quiere que el hombre se componga de dos, y no de uno solo” (Jacobi, 2007: 86). En estas aproximaciones que realiza, se apoya de nuevo en la cuestión metafórica, hablando de semillas, árboles y campos para reforzar la vinculación entre el nacimiento humano y la propia Naturaleza, un hecho que como hemos comentado ya tiene implicaciones para nosotros desde nuestros intereses. Por último, hablará de algo así como lo que podríamos hoy denominar como “individualidad”, pues según él quedan reservados a algunos hombres y mujeres determinados dones, cualidades que Dios haría no repetir en un mismo cuerpo en pos de la unicidad.

2. EL CUERPO: ESPACIO VINCULANTE ENTRE DIOS Y LA MEDICINA

Partiendo de la idea que hemos tratado de esbozar según la cual el médico sería un intermediario entre la Naturaleza y el hombre, es a la Medicina a quien le urge seguir los caminos de la propia Naturaleza, a modo de espejo sólo que con la voluntad humana. Esta idea tiene correspondencias radicales para Paracelso, como la de que “ninguna enfermedad proviene del médico, como tampoco ninguna medicina” (Jacobi, 2007: 105). Siendo así para Paracelso y ahora para nosotros, podríamos entender entonces el Mundo como un tablero de elementos materiales e inmateriales donde se realiza la curación, que llevaremos a cabo después de una profunda necesidad de estudio y autorrealización espiritual, con el ofrecimiento de la Naturaleza en pleno y activo desenvolvimiento.

            Será al hablar de la enfermedad cuando Paracelso diferenciará dos ámbitos claramente: el espiritual y el material. A sus ojos, en sus palabras, “hay dos ámbitos en los que las enfermedades penetran y por los que pueden expandirse. El uno es la materia, es decir, el cuerpo: en él se ocultan todas las enfermedades y viven allí; el otro ámbito no es material, sino que es el espíritu del cuerpo, que vive en éste, intocable e invisible, y que puede sufrir exactamente las mismas enfermedades que el cuerpo” (Jacobi, 2007: 127). Esta idea pone de relieve la fuerte implicación que Paracelso indicaba entre lo que hoy los existencialistas llamarían el ser y el existir, y que en su caso marcaba una clara línea roja entre lo interior y lo exterior. Yendo más allá, incluso, cuando alude a las medicinas que podrían sanar ese alma o ese cuerpo, retomará ciertas consignas del orden de lo moral que le habían interesado desde su más temprana formación, escribiendo cosas como las siguientes: “¿Quién que no conozca a su enemigo podrá guardarse de daños y accidentes? Nadie. Por eso es necesario conocerlo. Porque hay muchas clases de enemigos, y es preciso saber lo malo tanto como lo bueno. ¿Quién podría reconocer lo bueno sin lo malo? Nadie. ¿Quién que nunca hubiera estado enfermo podría saber cuán gran riqueza es la salud?” (Jacobi, 2007: 128). De este modo, tenemos una suerte de “método” que va de lo espiritual, el ens spirituale más concretamente, al cuerpo físico.

            Esta escisión, desde la teosofía en la que navegamos de fondo, refiere también al proceso cosmogónico, donde todo estuvo una vez unido, llegando Paracelso a apoyarse en lo astronómico para dar explicación a dicha separación originaria, ahora motivo de la salud y de Dios: “Igual que el Sol y la Luna están separados entre sí aunque antaño eran una sola cosa, así también la salud y la enfermedad eran una sola cosa que después se vio dividida, como la Luna y el Sol” (Jacobi, 2007: 130). De aquí volvemos a extraer la enseñanza de que nada está en manos del hombre, o al menos no lo que fue origen y principio, que ahora pertenecen a Dios y sus designios, el cual envía las enfermedades como castigo, para que comprendamos nuestras limitaciones pese a la trascendencia del conocimiento.

            Dentro de la Medicina, lugar del hombre, Paracelso aludirá a la existencia de dos libros: el primero, supremo, será la Sapientia; el segundo, sencillamente, el firmamento. Aquél será Dios en sí, pues en su centro se reúnen las causas de todas las cosas; éste, al que se debe llegar después de aquél, es de alguna forma “el habla” del Mundo. Con todo, hay fuerzas dentro de las medicinas que podemos encontrar, y que pueden pertenecer tanto a lo masculino como a lo femenino. Respecto a la extracción de éstas, Paracelso se volverá a mostrar duro contra sus enemigos: “Sin embargo, la altanería de los sofistas no permite sacar a la luz los secretos de la Naturaleza y sus grandes maravillas” (Jacobi, 2007: 142).

            En un capítulo dedicado a la obtención de medicinas, y que toca directamente nuestro marco de estudio, retomará sus concepciones acerca de la alquimia, esta vez relacionándolas con la figura del hombre: “La Naturaleza es tan cuidadosa y precisa en sus cosas que no se la puede emplear sin gran arte, porque no saca a la luz nada que esté completo en sí mismo. Todo lo ha de completar el hombre. Y a este completar se llama Alquimia…” (Jacobi, 2007: 142). Partiendo de esta idea, llegará a hablar de Vulcano y la esencia del fuego, también configurados por Dios, y se apoyará después en los venenos para denotar su mal según la dosis en la que se halle: “En todas las cosas hay también un veneno, y nada carece de él. Sólo de la dosis depende si un veneno es veneno o no… Separo lo que pertenece al Arcanum de lo que actúa como Arcanum y le doy la dosis correcta… y entonces la fórmula es correcta…” (Jacobi, 2007: 145). Para cerrar, elevará la Medicina, en relación al hombre, a la idea de arte, mantenida hasta el Juicio Final. 

3. OBRAR: UNA METÁFORA DE LA PERFECCIÓN EN LA TIERRA

“Todo lo que el hombre hace y tiene que hacer debe hacerlo a partir de la luz de la Naturaleza. Porque la luz de la Naturaleza no es otra cosa que la razón misma.”

PARACELSO

De esta cita que abre este tercer apartado podemos entrever cierta identificación entre la ya estudiada visión de la Naturaleza que planteaba Paracelso, el obrar como camino del hombre, y la vinculación de este último espacio con su racionalidad. Y es que para el pensador suizo, nadie está por encima de la Naturaleza, siendo la construcción del hombre hacia sí mismo la muestra de lo máximo que puede alcanzar en la vida, para ser justo con él, con Dios y con su entorno. Este cimentarse del hombre no es igual para cada uno, con todo, sino que a cada hombre, según mandato de Dios, le ha sido correspondido un don, que deberá hacer por florecer durante su camino. Es elocuente en este punto cuando Paracelso hace uso de la figura del niño, para que podamos entender de forma plena la potencialidad (aquí podemos pensar en Aristóteles y sus conceptos de potencia y acto) del hombre: “La capacidad para todas las artes y todos los oficios es innata al hombre, pero no todos están a la luz del día… sino que han de ser puestos de manifiesto en él, han de ser primero despertados en él… El niño es todavía un ser múltiple, y según lo que despiertes en él adquirirá su forma” (Jacobi, 2007: 151), una idea de cariz liberador pero que también puede ser tomada como determinista según algunas cuestiones previas ya analizadas. Por eso, no olvida nunca el tema de índole religiosa: “Todo creyente […] debe aprender a reconocer todas las fuerzas activas para saber que Dios fue capaz de crear desde la nada: el firmamento, para comprender su acción; la tierra, para ver lo que crece en ella; el mar y el aire, para reconocer en todo a su creador” (Jacobi, 2007: 162).

            Entre estas ideas entresacamos igualmente una visión relativa al maestro, siempre amparado en su buen obrar, el cual reproduce ejemplaridad en los que le rodean, una idea que hoy en día, pese a su tradición consabida, podría relacionarse con ciertos preceptos de la religión budista. El maestro, así, el sabio, “es el que rige su vida a partir de la sabiduría divina y a imagen de Aquel según el cual ha sido creado. Este sabio gobierna el cuerpo ‘sideral’, etéreo, y el ‘elemental’, material” (Jacobi, 2007, 194), una idea que por tanto reúne dos espacios ahora encontrados, para obtener una unidad ulterior. Siempre con valor jerárquico, habría después dos sabidurías: una traída de Dios, sin error; y otra procedente de la Naturaleza, de la que se desprenden una buena y otra mala, estando aquélla relacionada con lo eterno y ésta con la condenación y el paso del tiempo.

         Paracelso también se ocupará, para centrar este modo de obrar en el mundo por parte del hombre en determinados valores, en la humildad, la misericordia o la pureza. A la par que va hablando de ángeles, referencias al Diablo (el cual es imposible penetre en el hombre si está trabajando) y otras cuestiones de índole metafísica, escribirá cosas como las siguientes, que a nosotros nos sirven para hilar esa Ética que él encumbró desde el principio: “Practica la humildad primero entre los hombres, y sólo entonces ante Dios. Quien desprecia a los hombres no tiene respeto alguno a Dios” (Jacobi, 2007: 207). Partiendo de este punto, negará también la codicia o la soberbia, que ahora sitúa contra Dios. De este modo, la cuestión del obrar, pese a regirse desde lo humano, tendría implicaciones de orden divino, pues todo, en su sentido último, refiere a Dios.

            Son elocuentes también las referencias al adulterio, negado, y otras acciones inmorales, que de algún modo, desde la filosofía, podemos decir refieren a una racionalidad práctica, donde el lugar que ocupa el hombre en sociedad tiende a lo modélico. Por esto, habla de la pobreza y la riqueza, negando la mayor al afirmar que la riqueza es un hecho espiritual, siendo el rico en lo material poco generoso por naturaleza. Es conocida, en este sentido, la valoración que hacen de este status los franciscanos, por poner un ejemplo cercano a Paracelso; y, en general, las órdenes religiosas en su conjunto. “Dichoso y más que dichoso es el hombre al que Dios da la gracia de la pobreza… Por eso el más dichoso es el que ama la pobreza. Ésta le descarga de muchas cadenas, le libera de la cárcel del infierno. No le lleva a la usura, el robo, el crimen y cosas similares. Pero quien ama la riqueza se sienta en una rama peligrosa” (Jacobi, 2007: 213).

4. EL ESPÍRITU: FUENTE DE LA NATURALEZA Y LO SOCIAL

Dios, para Paracelso, nos enseñaría también lo perecedero, pero bañaría al mismo tiempo con la luz de su creación todo lo visible e invisible. El espíritu, por tanto, quedaría marcado por él, y tendría ciertas dotes para su “puesta en práctica”. Para este abordaje, se apoyará en la metáfora del árbol del Espíritu Santo, al que le dedica muchos comentarios, como el siguiente: “Hay un árbol del que se saca y absorbe mucho y variado, y todo es un árbol… un árbol que sin duda sólo tiene un fruto, pero de múltiple sabor. Es el propio Espíritu Santo, pero al mismo tiempo también Su único fruto” (Jacobi, 2007: 218). Vistos ya en este punto ciertos fragmentos, es interesante pensar en cómo la relación lógica entre elementos que esboza Paracelso se basa en la contigüidad y la necesidad, estando todo de algún modo correlacionado y en real diálogo, lo que genera un marco conceptual y que nos hace pensar en Paracelso como filósofo, ya que éstos construyen su proyecto de pensamiento siempre en torno a conceptos que sirvan de explicación última a sus teorías, un hecho, la sistematización, que ya hemos podido atribuirle a Paracelso en este punto del trabajo, aunque la idea de “método” halle cauce mayor en periodos posteriores a este momento histórico, con filósofos como Descartes, sobremanera en el plano científico.

            Continuando con lo que nos ocupa en este apartado, Paracelso es claro: “Igual que un hombre no puede existir sin la fuerza divina, tampoco puede prescindir de la luz de la Naturaleza. Porque ambas juntas son las que hacen al hombre completo… De estas dos viene todo; ambas están en el hombre, y sin ellas el hombre no es nada. Pero ambas pueden existir sin el hombre” (Jacobi, 2007: 227), hablando también en último término de la voluntad, apoyada en la esfera racional, que convive con el espíritu humano.

De aquí se trasluce una epistemología, pues Dios ha sido el que nos ha ofrecido el espíritu para el conocer verdadero; igualmente, aludimos a una fe: “Lo que nos eleva sobre nuestra naturaleza mortal es la Fe; a través de la Fe nos volvemos iguales al espíritu” (Jacobi, 2007: 229). Es claro entonces el ejercicio de cuidado y respeto que implica el espíritu, el cual es diferente al cuerpo, aunque lo mueva, como habían defendido ya en la Antigüedad otros filósofos griegos y gnósticos: el movimiento.

            Prácticas como el bautismo serán también contempladas por Paracelso, como modo de aplicar algunas de las doctrinas propias de lo religioso, y que pondrían en paralelo al hombre con el reino de lo divino. Habría una razón que, con el bautismo, quedaría viva en el cuerpo del hombre; de un modo similar, habría, con esta práctica, una identificación con el cristianismo, telar de fondo. A éste, en última instancia, se le aplica una atemporalidad (o una eternidad, por decirlo con palabras más claras), que dejaría vinculados al hombre (en sus dos espacios: cuerpo y espíritu) con Cristo, ahora testigo.

            Siguiendo con las explicaciones de carácter constitutivo, propias de Paracelso, hablará a continuación del nacimiento del alma, enfrentada a la idea del cuerpo:

“El nacimiento del alma ocurre así: cuando el niño es concebido en el vientre, es decir, nacido en su semilla, en esta concepción carnal entra una palabra de Dios que da a la carne su alma. Así el alma se convierte en centro del hombre, en el que habitan tanto los buenos como los malos instintos. El cuerpo es la casa del alma, pero el alma es la casa de los buenos y los malos espíritus que habitan en el hombre” (Jacobi, 2007: 232).

Es significativa aquí la idea de la palabra (“una palabra de Dios”), que nos retrotraería a los primeros pasajes de la Biblia y que haría del lenguaje, aunque se realice con acciones, el lugar genético de las cosas. A este respecto, nosotros vimos en clase algunas consideraciones sobre la virtud de la palabra, sobremanera cuando es puesta en práctica para llegar al saber, y esta misma idea es extrapolable aquí, siendo principio de todo: “Es correcto […] cuando se llama al alma también espíritu, y al espíritu ángel de Dios en el hombre. Porque ambos vinieron de la boca de Dios y salieron de Su mano” (Jacobi, 2007: 234). Hay, pues, un hacer en torno a la palabra como elemento creador, así como una identificación entre alma y espíritu, aunque luego Paracelso matizará esta idea por su afán taxonómico diciendo: “El espíritu no es el alma, sino que el espíritu, si esto fuera posible, sería el alma del alma, tal como el alma es el espíritu del cuerpo” (Jacobi, 2007: 234).


            Dentro de este juego dialéctico, asumido por pares, volvemos indiscutiblemente a Dios, en el que el hombre se reconoce, a través del espíritu, en sus días en la tierra. Nadie es ajeno a Dios, pues todos tenemos espíritu, que proviene de su esencia primera. Esta relación de cariz especular, también alquímica, asume también valores como el amor, centro del neoplatonismo como escuela de pensamiento además central en la Edad Media, y a la que el propio Paracelso quedaría relacionado. Por un ideal mayor, el reconocimiento se efectúa para pisar con firmeza y autenticidad la tierra, siempre sin ofender los mandatos divinos.

5. LA SUERTE, LA MUERTE Y EL FUERTE DESTINO DEL HOMBRE

Identificando felicidad con orden, al modo como se identificaban en la antigua Grecia ciertos valores con ciertas cualidades inherentes al ser humano, Paracelso hablará de un “camino”, el cual se puede seguir o no, siendo ambas decisiones favorables, ya que será después quien lo rompa el que se ha salido de él, en relación a la idea de su destino.

            Para hablar del destino, refiere a un valor cristiano como la culpa, efectuando un giro muy elegante: el hombre mismo es el culpable de ese “haberse salido” del camino. Referirá de nuevo esta idea a la del trabajo, con todo el fondo práctico que ya hemos avanzado páginas atrás, después, siendo la suerte “capacidad, conocimiento y habilidad” (Jacobi, 2007: 237). Esta suerte pertenece a la rueda, donde también se engarzan los valores propios de la cosmogonía de Paracelso, aludiendo al mundo sideral: “La fortuna es una rueda que el cielo mantiene en constante marcha con todos sus signos y estrellas, que en su marcha se cruzan, se persiguen, se adelantan y forman al hacerlo signos buenos y malos” (Jacobi, 2007: 238). Será según esto que el hombre recibirá el bien o el mal.

            En el mismo terreno que la suerte o la fortuna, hallaríamos la libre voluntad, a la que ya nos hemos referido en algún tramo previo, y que es de suma importancia aquí. Paracelso es duro en este punto, aludiendo de nuevo a Dios, cuya figura no pierde de fondo jamás, provocando un conflicto entre las esferas interior y exterior: “Se puede decir que queda a nuestra libre voluntad hacer o no hacer. Pero no es así. Nada podemos hacer a no ser que Dios lo permita. A quien hace mal ha de permitírselo Dios, de lo contrario no puede hacerlo. ¿Cómo va el hombre a hacer lo que quiere cuando ni siquiera es capaz de volver blanco o negro un cabello?" (Jacobi, 2007: 238). Sorprende en esta línea el uso coloquial del lenguaje a nivel explicativo, a veces presente en Paracelso, y que ejerce una imantación notoria pues no deja de estar hablando de las cosas y desde las cosas, hasta una cierta pedagogía.

            En este punto, pese al afán de verdad (y su desvelamiento) que lleva a Paracelso a todas sus dudas y conclusiones, no podemos obviar cierta ambigüedad en todo lo que le rodea, una suerte de estadio intermedio, el de la vida, donde podemos alcanzar objetivos teóricos pero al mismo tiempo sujeta a una serie de verdades inamovibles, que harían del hombre una criatura del destino, momento en el que aparecerá la muerte. Pese a lo incierto que conlleva el mundo consigo, la muerte se aparece, como Dios, como algo definitivo, pese a ser, como dirían W. Iser e Ingarden al hablar del lenguaje, un espacio de indeterminación, que en última instancia está en manos del hombre completar. Así, lo fenoménico que vendría con la filosofía moderna, halla ya lugar en estos cauces.

            En paralelo a la muerte y el destino, un componente connatural a ambos sería, de nuevo, el tiempo, que el propio Paracelso relaciona con Dios y que también amplía desde su visión botánica:

“Dios ha dado su tiempo a todas las cosas, para que crezcan y no maduren antes de tiempo. Antes de que se llegue al fruto ocurren ya algunas cosas: primero vienen los brotes, luego los capullos, después la flor y luego el fruto. Pero todos están expuestos a muchos azares, a toda clase de peligros, antes de que lleguen a ser grano y cosecha. Lo mismo ocurre con el hombre: tiene su meta en la Muerte, y la Muerte es la guadaña de las espigas del hombre; es su vendimiadora en el viñedo, la recolectora de su fruta, etc.” (Jacobi, 2007: 241)

Con la Muerte presente, solo Dios conoce el destino final de los hombres y, evitando como se hace hoy cierto esencialismo, el destino final de cada hombre concreto, una noción de la individualidad que efectivamente subyace al imaginario del pensador suizo. La Muerte sería, en último término, aquello que arrebata la vida por diferentes medios, y a la que debemos de alguna manera enfrentarnos con las pocas herramientas que tengamos a nuestro alcance, alejadas del destino, desde la visión práctica de la existencia que ya hemos estudiado era esencial para Paracelso a lo propio de los intereses particulares, que van de la teoría a la visión del mundo y de los otros, pensados ahora en un conjunto.

            Por otro lado, la Naturaleza, vehiculada de un modo u otro a través de Dios, no es enemigo posible del hombre, siquiera enemigo pensable, ya que lo que ella consume no puede rectificarlo el hombre mundano, pues nunca será su designio ni propio de su capacidad. Hay, en cualquier caso, una resistencia por parte de la Naturaleza a la Muerte, pues a ella le corresponde el constante nacer, el persistente vivir, la continuidad de un mundo que nunca se agota, y que está animado o despierto desde su inicio original.

            Hablando de lo constitutivo del hombre, la Vida, como contrapuesta a la Muerte, Paracelso hablará de la Muerte como “puerta”, y tomará el Origen como fuente y destino y fuente de nuevo, una idea que podríamos emparentar con la apocatástasis, o restauración con Dios tras el camino del bien o el mal: “La muerte del hombre no es otra cosa que un final de jornada, una falta de aire, un fallo de la propia y balsámica fuerza curativa, una extinción de la luz de la razón de la Naturaleza y una gran separación de los tres elementos: cuerpo, alma y espíritu... Un retorno al seno materno” (Jacobi, 2007: 245).

            Dentro de las consideraciones propiamente religiosas, hallamos el Juicio Final como punto de fuga, que nosotros hemos querido justamente traer al final. Separando los variados elementos del hombre, Paracelso establece diferencias fundamentales:

“El hombre tiene dos cuerpos: el uno de la tierra, el otro del astro, y es fácil distinguirlos. El cuerpo elemental, el material, va a la tumba después de la muerte junto con su esencia; el sideral, el cuerpo etéreo, se desprende paulatinamente y vuelve a su origen, pero el espíritu de Dios en nosotros, que imita Su imagen, vuelve a Aquel cuya imagen es. Así muere en él cada parte de lo que ha sido creado y encuentra el descanso correspondiente.” (Jacobi, 2007: 247-248)

  Aunque llegados a este punto podríamos alabar de algún modo la figura e impronta extraordinarias del propio Paracelso, que de algún modo ya pertenece al Tiempo, pondremos término a nuestro acercamiento, en esta estructura metafóricamente cronológica que hemos tratado de establecer a lo largo de estas páginas, con cómo, después de la victoria de Cristo, el pensador llegará a la idea del fin del mundo, donde se dará la victoria del fuego sobre todos los elementos vivos, para, como se decía en los Textos Sagrados, de nuevo “flotar el espíritu de Dios sobre las aguas” (Gén 1: 1-2).





BIBLIOGRAFÍA

Este pequeño ensayo académico se ha basado de un modo u otro en el comentario de los textos desde y hacia los textos mismos, pues consideré que era lo más apropiado para un conocimiento casi exegético, enfoque que además tenía implicaciones desde la teoría del lenguaje. Por ello, la edición de Jolande Jacobi publicada en 2007 (Textos esenciales. Paracelso. Madrid: Siruela) ha sido un eje fundamental. Otros libros, como Alquimia de T. Burckhardt, la Biblia, los Diálogos platónicos o algunas cuestiones relativas a Aristóteles a las que no siempre me refiero en el trabajo directamente, han estado muy presentes mientras elaboraba el texto en sí, y sirven netos como telar de fondo.