lunes, 5 de febrero de 2018

CARTA DEL TERROR DIVINO


Soy la biznieta de un genio, tal vez el mayor que haya creado Francia. Sí, personas que escucháis, Arthur Rimbaud fue mi bisabuelo; y yo una pobre niña esclavizada por la historia de ese mal hombre. Sobre él se ha dicho todo, pero no se ha dicho lo que yo vengo a traer en esta carta. Por otro lado, basta que conozcáis un poco la historia para llamarme falsa, pues nunca ha sido relatado el amor que mi bisabuelo contrajo con mi bisabuela en África durante la penúltima década del siglo XIX, línea de sangre de la cual yo desciendo como un pájaro que hubiera crecido en una cueva. 
     Tras nacer en Charleville en el año 1854 y abandonando el padre –capitán de guerra– la casa familiar cuando Rimbaud tenía sólo seis años, su educación pasó a manos de su madre, la cual dirigió su sensibilidad con mano férrea. En su colegio, un humilde edificio cercano al río Oise, símbolo de su mitología personal, destacó desde el principio, con trabajos en latín y ejercicios llamativos para los profesores. De todos ellos, uno, George Izambard, pasó a ser confidente de los secretos que latían en su cerebro condenándole a ser el mejor o el peor de los hombres, y gracias a él pudo leer a Victor Hugo y a los poetas parnasianos y simbolistas establecidos en París en aquellos días contiguos a la Comuna. Fruto del deseo de pertenecer a algo, pero también consciente de su progresivo distanciamiento de todo cuanto fuera aburrido, envió, durante esos días, cartas y poemas a los grandes poetas del momento, entre ellos Théodore de Banville o el mismísimo Paul Verlaine. Con este último, como todos sabéis, mi bisabuelo mantuvo una relación sentimental oscura como pozo, dinámica que no les impidió vagabundear felices por París y después por Europa hasta el disparo que le propició Verlaine a mi bisabuelo en la mano, sirviendo de fin al trato denso vivido por ambos. También son conocidas, en este sentido, las primeras fugas de Charleville a diferentes puntos de las Ardenas, Bélgica o la ya contemplada París. Él, como después escribiría, fue “un bruto que no entendía las leyes”; o “un místico en estado salvaje”, como le definió Paul Claudel. Aquellos días desembocaron en un instante clave para el reconocimiento de su identidad. Espíritu malvado pese al deseo de Dios, al cual anhelaba y cuya pregunta movía su existencia, decide abandonar la escritura, rebelarse, marchar a África y convertirse en ese hombre “ocioso y brutal” que él mismo había descrito, sin espacio para la compasión, en “Una temporada en el Infierno”.
     “Una temporada en el Infierno” es la única obra que él publicó en vida por sus propios medios. Esta carta, dirigida a la comunidad académica, tiene como motivo principal el de sacar a la luz una carta del propio Rimbaud hablando sobre dicha obra y cómo debe ser entendida. Mi bisabuelo sabía que la historia es el refugio de los inmortales, y así lo hizo evidente con el carácter panteísta de las llamadas “Cartas del vidente”, donde expuso su teoría del desarreglo de los sentidos considerando al poeta como “un ladrón de fuego”. Es en el marco de esas cartas desde donde debe entenderse esta “Carta del terror divino”, que aquí comparto después de haber sido custodiada por las tres generaciones que me anteceden y cuya repercusión, ya, imaginamos. Sin más, os entrego:

Harar (Etiopía)
8/2/1884

¿Qué habrá sido de la marea iracunda de mi primera juventud? Yo me fui. ¡Me fui! Dejé las pesadillas baratas, el falso oro que secan al aire los burgueses, el panteón idiota de los poetas que no durarán segundos... Lo hice todo, y desembarqué en este viejo continente, donde ahora mi cara reluce como el carbón de los Reyes. Sólo guardo el recuerdo de mi madre, a la que abandoné por triste; y los ecos en la granja nocturna, donde las aves pasan y pasan para que, juntos, creamos por fin en la cosmogonía. 
     ¡Mi obra! Dije adiós a la escritura, hasta no ser hijo del abismo ya; pero quien ha cruzado el laberinto debe, para morir de verdad, nacer de nuevo. La esencia es fuerte porque la fuerza se ha convertido en el motivo último de Dios: ¡así es la encarnación en la rueda! Os afanáis en que la lógica se disuelva, los perros no ladren y la luz provoque luz y no su sombra: estáis confundidos. Por eso, y porque no quiero equívocos respecto a mi grandeza, escribo esta carta, en la que se explica qué quise con ese librillo diabólico que nació necesariamente.
    "Una temporada en el Infierno” es una investigación sobre la fe y el negro ancestral que cubre de barro los cantos de la Biblia, y como toda investigación que yo he emprendido, supone avances directos en el hecho literario universal. A ese nivel, y como hice con la invención del color de las vocales, esta obrita mía crea un género literario nuevo, e indiscutible: el terror divino.
    Jamás seremos libres frente a la condena que propicia Dios, porque ésta está basada en la hermosura. La belleza es el motor de cada una de esas páginas, cuyo horizonte tatué en mi cerebro con tinta indeleble. Lo bello, según como yo lo dispongo, es la razón más íntima del miedo, de ahí que narre el caso de mi genealogía robada en “Mala sangre”. Ese miedo, entendido como sensación y anticipada como concepto ya en la obra de Horace Walpole, inglés loco al que leí de milagro, se mezcla entonces con el miedo a la no vinculación con Dios, duelo presente en “Delirio I” y “Delirio II”. Así, ante este doble temor, queda la individuación, puerta de salida de ambos frentes, y cuyo horizonte es aún más terrorífico si cabe.
     Es evidente también la presencia de los fantasmas que han acompañado cada una de todas mis visiones, como cuando afirmé que estábamos “encaminados al Espíritu”. Lo sobrenatural nos está aguardando siempre en forma de imágenes lúcidas que hubiéramos vivido y de las cuales no nos pudiéramos deshacer, porque su vinculación con lo fisiológico convierte su ser en algo químico, ¡y el cuerpo es el depósito más grande de nuestros recuerdos! Así deben ser entendidos también los demonios que vivieron en mi corazón, “fábrica de Satanás”. Occidente está cansada de sufrir la memoria de los viejos demonios que construyeron, con dolor, su sangre; y estas páginas mías integran ese dolor a la vez que lo vinculan con las supersticiones vivas de Oriente.
    Sigo, y avanzo: ¿avanzáis conmigo? “¡Y todavía es la vida!”, digo al principio de “Noche del Infierno”. Aquí es donde el terror divino vuelve a consagrarse como una gran invención, primero mía y después vuestra. Siempre he vivido bajo el presagio de que la vida nos fue arrebatada, hasta ser la existencia la única oportunidad que nos ha dado la Naturaleza para hacer justicia con lo grave del expolio. Lo divino, entonces, como parte B, es la acción propiciada por el ser humano ante esa falta. Literariamente, esta ecuación se traduce en dos conceptos: profecía y confesión, siendo aquel exceso de energía ante la pregunta y siendo éste falta de ella. Dos respuestas, ¡oh futuro vigor!, al enigma de los días. De este modo, lo religioso retorna a la geografía al miedo.
      Otro motivo constante es el silencio, antónimo de toda solución. A lo largo de la obra pareciera que lo que están sucediendo no son más que ecos, idea que trabajé a través de la idea del grito: “¡Hambre, sed, gritos, danza, danza, danza, danza!”. Hay que hablar para callarlo todo; hay que nombrarlo todo para que las cosas puedan darse por desaparecidas. Pilares de mi alquimia, estos procedimientos funcionan como joyería o método: “Me habitué a la alucinación simple: veía con toda precisión una mezquita en vez de una fábrica, […], un salón en el fondo de un lago”. Como un tierno desgraciado, yo siempre supe saludar a las cosas idiotas, y fui consciente de que los objetos contienen un límite de voz. Ese espacio no es otro que el área que les es otorgada a los poetas.
   Sé que os gusta reír ante lo despiadado y lo vacío, pero la idea del terror divino estaba también presente cuando elegí el título de “Canción de la más alta torre”, donde se habla de una era dulce y por llegar: “¡Que llegue, que venga / el tiempo que nos prenda!”. Siempre tuve presente nuestra tetralogía sagrada (muro, huerto, pozo y templo) al componer mis textos y, en ese mapa, afán divino, la torre es el paso hacia lo ignoto cuando el desierto insulta. Es, también, una metáfora del contacto entre dos tiempos: el tiempo de la vida y el del deseo.
     En lo relativo a mi género nuevo relacionado con los géneros literarios mayores: ¡cumplo con todo! Podéis dejaros llevar apaciguadamente por cada uno de los hechos legendarios que traen mis pasajes como una épica, siendo siempre ineludibles para relatar mis hazañas; cumplir con la lírica atendiendo a la gravedad de mis emociones, al no haber sentido nadie como yo; y presenciar, como si el teatro fuera una iglesia, diálogos picudos que ponen en alerta a los espíritus sensibles hasta la purga final,“¡Adiós!”, cierre de esta colección de textos ebrios. Igualmente, hay definiciones más pequeñas dentro de las definiciones mayores, hasta hacer yo églogas como si fuesen odas: “Pero para qué añorar un sol eterno, cuando nos encontramos comprometidos a descubrir la claridad divina”; así como cancioncillas (“¡Volvió a encontrársela! / ¿Qué? La eternidad. / Es el sol mezclado / con el mar.”) complementarias a los himnos imposibles (“¡El aire del Infierno no tolera himnos!”).
     Preocupado por el yo, y siendo Baudelaire un dios, es obligada la disolución del poeta: “Así, amé a un cerdo”. El poeta debe extraer de la representación unos códigos que, después de ser tamizados por la razón, se devuelvan a la representación como nuevos, a través de la palabra. El yo lírico, en el terror divino, adquiere entonces la forma crítica de un mediador; alguien que ha conseguido, mediante el embrutecimiento, un conocer verdadero acerca de los enigmas que laten en el mundo. Para este proceso se debe hablar y sentir como lo hace un dios (“veía con su idea el cielo azul”), hasta forjar una lógica de carácter totalizador; al mismo tiempo, el poeta debe asumir una idea similar a la del niño-monstruo.
       A nivel formal, siempre cumplo con la idea del equilibrio. Sí, sé que es un término un poco astral, pero creedme cuando os digo que cada palabra supone un peso. La alquimia del verbo se hace, según ese parámetro, pintura. Esa “ausencia de facultades descriptivas o instructivas” en el escritor que abre “Una temporada en el Infierno” después de nombrar y situar a la Belleza, no es más que el resultado de esta teoría del equilibrio mía, la cual hace imposible una confusión de los elementos contemplados en cualquier frase o verso. Como el pintor, ¡oh salones!, mi paleta siempre está tierna; y atenta a no confundirse. A este nivel, la intuición no es elegida.
     Dentro de la religión: ¿alguna vez salimos de ella? Yo no quise sino trasladar lo eminente de las pruebas que atan y desatan los saltos heroicos, la cadena mortal de los acontecimientos. Como el viejo paralítico, como la bruja cuyo saber nos dignifica, el terror divino es semántico en esencia; y también lógico: mi propósito fue crear un libro que nos contuviera. Como dije sobre la locura: “conozco el sistema”; y la experiencia de la religión, ¡para vosotros mesiánica!, es como un órgano que despertara, cada mañana, a la humanidad, que aguarda en tierna espera.
    Sobre la horizontalidad o verticalidad del texto: sopor ante la horizontalidad (“[...] exclama el Eclesiastés moderno, es decir, Todo el mundo”) y guerra de la verticalidad (“¡No! ¡No! ¡Ahora me rebelo contra la muerte!”). Nuestra relación con Dios siempre ha sido sinónimo de vértigo, pero si yo he llegado tan lejos y a mi antojo, ¿por qué otros no? Sólo advierto la distinción entre dioses y hombres en términos de materia y tiempo. Así, cuando he de pensar en mis proezas, pienso en lo terrorífico que debe ser carecer de alguno de esos dos caracteres. Parece que los dioses son más fuertes y cuentan con un mayor arsenal, llegando a darse por perdida de antemano una guerra entre ellos y nosotros; pero nosotros nos debemos al sentido, y en esa línea no hay quien gane a un ser fuerte. Que yo haya conseguido esta fuerza no significa, tampoco, que todos podáis, jijiji. Yo soy un investigador y, aunque ahora me permita reír porque sé que vencí por un instante, el tiempo, al alargarse, hace de todo una pesadilla. De ahí el título de mi obrita perfecta: “Una TEMPORADA en el Infierno”. El tiempo, como la libertad, sólo se puede considerar en base a lo real; si no, estaríamos ante la indeterminación.
     Por último, los dos conceptos en igual canción: el terror de lo divino y lo divino del terror. Par dialéctico, esconde su vínculo el mayor de mis secretos, motivo de mi lírica, razón de que abandonara la escritura: Dios existe, pero es malvado (y su réplica: el mal es sinónimo de Dios). El cierre del libro (“y me será posible poseer la verdad en un alma y un cuerpo”) hace notar que el alma es Dios y el cuerpo el mal; y que yo he llegado a la solución y vivencia última de ambas. ¿Quién, tras conocer lo que es imposible conocer, conocerá de igual manera?
      Id, entonces.

ARTHUR RIMBAUD

     Esclarecedor, creo.
    Todos sabemos, hoy, en pleno 2018, la innegable aportación de Rimbaud a la historiografía literaria. Los poetas surrealistas identificaron el poder cognitivo que habitaba en el fondo de su gramática (entendiendo “gramática” como “sistema”), rescatándolo del olvido; una gramática del sentir, con origen en la vida y devuelta a la vida como acontecimiento nuevo. Después, en los años 60 del siglo XX, el movimiento beat encontraría en él la figura perfecta como símbolo de insurrección en un momento histórico que prometía poco la idea de progreso. Pier Paolo Pasolini, sensibilidad única, también bebería de su imaginario, estando presente en películas como “Teorema”. En definitiva, la alquimia que conquistó con tanto sufrimiento sigue dando soluciones a los nuevos poetas y parece que las seguirá dando, siendo como es sinónimo de juventud y fuerza.
    Al final no os he hablado de mí, pero tampoco importa; y menos frente a este documento.
   Cuando os decía al principio de esta carta que había vivido “esclavizada” por la historia de mi bisabuelo, no mentía; pero las historias tristes, como la mía, a veces hay que dejarlas de lado.
    Sólo os diré que ojalá no tengáis que vivir bajo la idea de alguien con tanto poder como el suyo, porque no sabéis cómo puede llegar a disolverse y confundirse alguien con aquel que te nombra.

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