jueves, 29 de diciembre de 2016

EL CUERPO SIN DESCANSO: "El tísico bolchevique" (Ruleta Rusa), de Giovanni Collazos



I

          El lenguaje, ¿el lenguaje?: el lenguaje...
        “Soy el que entrega el misterio para su combustión. Las hogueras peregrinas fabulan para carbonizarme, pero yo sólo quiero morir con el paisaje”.
          Y el poema es para él, siempre, cuerpo.

II

           ¿El cuerpo = lo político?
       El erotismo es vehículo hacia la muerte, y aquí hay hasta picos de pornografía. La palabra es naturaleza excesiva, incendio obligado para la disposición de las imágenes. “Porque el amor es una canción que se evapora”, el poeta llega al cuerpo como refugio y síndrome, abarcando la existencia desde lo que llega y se ha ido, lo que llega y se ha ido. La figuración del cuerpo es atea por lo explícito, y ritual sin fondo. Esta sensación de proceso la percibimos en los añadidos narrativos que se disponen en cada poema, velándose y desvelándose con ligereza las imágenes relativas a ello, creando en el lector un juego perenne. Hay un movimiento constante; una tendencia a recaer en el cuerpo (y a que el texto recaiga en el poema del cuerpo). Este cuerpo, igual que el fondo del texto, es político –un sentido de lo político nada laxo y atravesado de forma más concisa por la identidad y lo cultural–, llegando a existir hasta una necesidad de espejo en esta esfera de lo político dentro de la intimidad:

llegaste abierta como hectárea de jazmines
y en espontánea trenza tus labios astillaron mi piel
los días seguían a la izquierda y fuimos dos zurdos
                                                     [con todos sus despojos
con tu cama de selva para mi sexo servil en tu tempestad
entonces fue tarde para mi cuerpo inmigrante

         ¿Quién será este poeta cuando hable después del cuerpo?

III

         Páginas negras.
        La memoria es losa dulce a cada paso: “¿Cuánto de Lima llovizna en mi rostro?”, “¿quién volviera a ser niño sin endurecer el pan?”. Es, la memoria, una fuerza carnívora. El poeta se sabe lejos, lejos no sabe ya de dónde; y no trata de olvidar, ya que identifica esa fuerza como parte del secreto de su escritura. Al poco está en otro espacio, “ciudad geriátrico de jóvenes que mugen”, donde sólo la poesía es patria. En ese espacio nos hace sentir el vaho y la presión de los vagones, y el óxido de la humanidad.
        Excesos por todas partes, excesos como continuidades: no llora sino que “viste sauces” y el ansiado retorno de la ausente, después de haber sido “un preso en la nieve / en la idea de la piel”, es “una gata negra que agrava la escritura”. Este poeta vive una doblez: es él cuando escribe. ¿Pensará en la pureza o impureza de ese gesto? En cualquier caso, el exceso es obligatorio, y así lo percibe este lector. Imposible una palabra sin un desarrollo rítmico concreto. Imposible restar cuando las palabras son grupos de palabras. Escucho, casi, el jazz en lo hondo de su habitación. Hasta el silencio es una hipérbole.
        Ira obrera en 3 partes –ese número tan justo–: “la palabra revolución desgastada en pequeños burgueses” –> “la riqueza es la función carpintera del pobre” –> “el amor del obrero”, fruto de una sensibilidad eminentemente corpórea y de una conciencia de clase que atraviesa todo el texto. En este sentido, hay tormenta a causa del miedo y la incertidumbre propiciados por la duda de poder o no seguir llevando la vida a cuestas de lo real. La vida con sus obligaciones y su dinero y su pragmatismo casi de ley, que inspira odio: “y estallaré bajo el puente del fracaso / donde ningún vagabundo transitará por sombras”. Temo sólo que eso sea algo que le impida mirar. 
        Se sabe solo desde donde habla (“el desierto no sabe de profetas”), también a razón de lo colérico que propicia la noche, y cuya sombra acompaña a cada verso. Violenta muchas veces, la palabra es sentida como un después inmediato. Escombros, escombros de palabras articuladas con la idea final de lograr lenguaje y belleza pese a todo, como si un gran reloj punzara su cráneo:

Es la media noche y su tinta de metralla golpea
pasa volando mi cabeza con un alfabeto
                                                             [de hombre hueso
                                          todo colérico de suspiros
podría ser una roca lanzada entre sus piernas islas
un grito solitario en el entierro
          podría ser el murmullo de los que piden pan
con el suicidio de los peces y su desembocadura
                                                            [a lo negro del día”

      Verbo enérgico, pese al tiempo, paradójico: “y nunca acabar / nunca seguir hasta la arruga de la cara / el cráter del cráneo la mandíbula de la gruta / seguir a pecho abierto hasta agotar el aire”. Un verbo en constante torsión: “tobillos por las axilas del agua que brota del niño”. Un verbo que no cesaría de no ser por la imposición de la página, límite consciente y cuya resolución se halla en no dejar de decir, en no dejar de escribir, en no dejar de sentir. Un “ojalá” dispuesto a no completarse nunca.
         Locuciones como vértebras, con errores para mí ( “[...] y su noche travestida de pizzas”) y aciertos para todos (“sábana legendaria”, “convalezco en el lenguaje”).
       ¿Ha encontrado, este poeta, una fórmula? Vallejo, César Moro, Montalbetti... ¿Ha encontrado, este poeta, un modo de hacer? Es consciente de que la decisión léxica eleva y desvía, eso es evidente. También del elemento narrativo dentro del libro, a veces fallido por la recaída tras recaída en unos poemas de cierta temática que podrían ser tres; mal mecanismo que se subsana en aéreo por la opción de hacer conjunto del poema en prosa y el verso aglutinado amparados en una cadena de símbolos y retratos que desembocan en lo fraternal de su gesto. Tal vez la luz que dio pie y dará pie –esto es más profundo– a la última ventana del libro: la semejanza.

Mi semejanza se adhiere a la noche
al que pasa sobre la luz para pedir pirámides
al que brilla heno con su mano extendida
al que descalza la bruma con un fusil
se sienta en un banco y padece palomas
padece de tiempo en su tortuga solitaria
llovizna con pleno sol al vuelo incorporándose
                                                          [con su desplome
mi semejanza es el barro que el amor hace del hombre
[...]”

C

Este libro 

                              tiene forma 


                        de abrazo sincero 
                                                               para los vivos y para los muertos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada