lunes, 24 de octubre de 2016

PISO DE 4 DORMITORIOS


Aquel domingo de septiembre, con la noche ya caída y después de una semana entera procrastinando, Eduardo Rielpe debía escribir un relato para su taller de relato de los lunes por la tarde, y se metió en la ducha para pensar mejor. Igual que siempre, Eduardo se introdujo en su cuarto (era un cuarto en suite, con el baño dentro) y cerró la puerta con llave antes de desvestirse. Eduardo no tenía complejo de sus piernas (algo fofas) ni de su barriga (bastante notable), pero siempre cerraba con pestillo para que sus compañeros de piso no le vieran los pies. Su cuarto tenía una ventana de uno treinta por dos que daba a un patio muy muy grande, un patio de esos que no se puede decir que sea, como tal, un “patio interior”, lo que hacía que Eduardo tuviera que tener cuidado al desnudarse, ya que había muchas diagonales de visión posibles desde los edificios contiguos y luz suficiente, pese a que la luz de su mesilla fuera de vela, para que Eduardo pensara en que tanto desde el edificio rojo como desde el de ladrillo él sería visto como algo más que una silueta. Finalmente, retorciéndose y hasta colocándose en cierto momento en cuclillas a razón de una luz encendida en uno de los cuartos del patio, Eduardo accedió al baño, dejó el agua corriendo y colocó la alfombrilla, algo húmeda, en el suelo, a los pies de su mampara, que era semicircular y estaba empotrada en una de las esquinas del baño. Eduardo, entonces, recordó, como siempre, si había echado el pestillo o no, y su cabeza dijo “sí” porque recordó que, en el mismo momento de estar echándolo, uno de sus compañeros de piso, Vicente, le había gritado que había que comprar al día siguiente zumo de pera. Al cerciorarse de eso, abandonó la zona del espejo y se metió en la ducha, con el agua ya caliente. Eduardo ya podía pensar tranquilamente en su maldito relato.

Tal vez porque Eduardo había tenido una juventud difícil, lo primero que se le pasó por la cabeza fue que tenía que morir alguien, pero él había entrado al taller de los lunes por la tarde con la intención de refinar su escritura, por lo que optó por otro tipo de desarrollo más simbólico o más sugerente. Primero pensó en una parábola de la clase media: una historia de un hombre burgués con algo de dinero y muy ordenado en temas de casa que descolocaba todo cuando venía gente a verle para parecer más desenfadado, y al cual le terminaban pillando los vecinos de enfrente (conocedores de sus hábitos al estar ambas ventanas del salón enfrentadas), los cuales, a su vez, por una rara conexión o porque la vida es así, eran amigos de los amigos de este hombre desdichado. Eduardo le estuvo dando vueltas a esta posibilidad mientras se enjabonaba sin dejar de sonreírse a sí mismo, pero acabó por desechar la idea ya que tenía miedo de estar retratando inconscientemente a su padre. En aquel momento las manos de Eduardo parecían una alcachofa pasada, una grieta en el barro, una cordillera de esas que aparecían en los mapas cuando nos enseñaban geografía; pero Eduardo no le dio importancia. La segunda idea que se le ocurrió a Eduardo daba más para una novela que para un relato, y también terminó desechándola por vago. Ni más ni menos, pensó en un personaje algo tarado y obsesionado con la idea de que la realidad es un sueño. Este personaje, para salir de sus dudas, cada día de su vida realizaría una prueba que pusiera, de un modo u otro, a prueba a la realidad: el lenguaje como principio y fin autorreferencial del sueño de uno mismo, y terminando este personaje yendo por la calle con tapones a ver qué sentía; u otro día, lo típico, cortarse uno de los cuatro meñiques para profundizar en la idea del dolor como ruptura de la ficción. Durante este lapso mental de Eduardo, el agua de la ducha empezó a enfriarse, y caía, no fría, pero entre templada y fría. Eduardo, obsesionado por salir de allí con una idea clara que sólo tuviera que transcribir después en su ordenador antes de dormir, aguantó en la ducha y no se preguntó por qué el agua se estaba enfriando. Más tarde, Eduardo abordó otro posible planteamiento, y bien clásico: la descripción. Pensó, de primeras, en que sería interesante describir un aguacate (a la madre de Eduardo, muerta y muy querida, le encantaban los aguacates), pero entonces recordó una Navidad en la que una especie de prima lejana preparó con toda la ilusión del mundo una ensalada de aguacate y langostino para toda la familia y los langostinos resultó que estaban pasados y acabó toda la familia vomitando durante las uvas. De repente, y aunque lo agradeciera Eduardo porque se trataba de un recuerdo de morir de la risa pero, en esencia, traumático, el baño tembló, varias veces y de forma periódica. Eduardo, algo enfriado pero movido por el calor del pensamiento, pensó que serían sus vecinos, que son un auténtico coñazo ya que siempre están peleados o dando cariños efusivos a su gato Luki, y siguió en la ducha. La última idea que tuvo Eduardo, fue, sin resignación, el hacer un homenaje a la escritura, ya que de repente la pequeña y cuadrada ventana del baño se encendió. Sí, se había hecho de día en la ducha de Eduardo. Tiritando, con su cuerpo arrugado como una manta y, después de apagar el agua, apenas todavía sin tomar conciencia de lo que había pasado y con el silencio suficiente ahora para discriminar una especie de sirga de voces tras su puerta, mezcla de concierto y patada, Eduardo abrió el pestillo y, ante sus compañeros, con caras de terror, Eduardo dijo, mirando a cada uno de ellos con una mirada libre y abierta: “Lo tengo”.

En definitiva: creo que ya es hora de salir de la ducha.


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