lunes, 14 de diciembre de 2015

MÍSTICOS Y MODERNOS: POESÍA EN TIEMPOS DE CRISIS. BIBLIOTECA ANA MARÍA MATUTE. CARABANCHEL, MADRID. REVISTA VOLAVÉRUNT. 14/12/2015.

Dividiré mi tiempo en tres apartados: “El Yo como forma de Nosotros”, “Mística en el Penúltimo Ahora” y “Juventud de negro bolígrafo”, intentando tener en consideración aquellas sabias palabras que pronunciara T. S. Eliot: “Para teorizar se requiere una inmensa ingenuidad; para no teorizar hace falta una inmensa honestidad”. Con todo, no olvidaré en ningún momento el nombre que hoy nos convoca: “Místicos y modernos: poesía en tiempos de crisis”; y su apellido, por el que estamos aquí hoy mis compañeros y yo: el rastro de la poesía mística escrita en el s. XVI y, en un plano general, la mística como concepto y su posible herencia hasta nosotros.

1. EL YO COMO FORMA DE NOSOTROS

Si algo llama la atención de la mística es la progresiva desfiguración del Yo que pronuncia su palabra hasta unirse con Dios. Es este un Yo educado, que trabaja su paso por los diferentes estadios que refieren a aquél con el anhelan fundirse, y donde la conciencia es poseedora, ya sea por causas subjetivas u objetivas (esto englobaría desde visiones a fenómenos fisiológicos) de a qué distancia se encuentra de Dios y, sobremanera, de cómo se siente el místico durante dicho proceso. Al leer a San Juan o a Santa Teresa sentimos en todo momento el tormento de una experiencia vital compleja y temperamental, donde lo que se pone en juego, la vida misma, el Yo desde su constitución racionalista moderna, en favor de algo supremo, no constituye una causa de culpa ni algo que después se vaya a poder recriminar de ninguna forma, a nadie, ni al sí-mismo ni a la entidad rectora que ha impulsado esa deriva. En cualquier caso, esta forma de afrontar dicha experiencia vital no podría ser de otro modo, o al menos eso percibimos a cada momento. No podemos entender el pacto del místico con Dios si no es a través de esa llama de amor viva de la que habla San Juan o esa hermosura que, sin herir, hace dolor, como escribiría Santa Teresa en una de sus cartas. De este modo, el Yo, al que le concedemos un valor furioso desde fuera por ser capaz de determinarse al arduo camino que le ha de llevar a Él, vemos que pasa por un primer estrato de afirmación consigo mismo, donde diríamos que se prepara, afianzándose en su propia fuerza; un segundo proceso de relativa incógnita, donde el Yo está sujeto al acontecer que lleva consigo esa aventura; y un último proceso, y que es el que me interesa por cómo el Yo se difumina, donde el místico se afirma, digamos, negativamente, donde es en la medida en que no es, para constituir otra tipología del ser, al entrar en contacto con el reino de Dios. En este último punto, que desde la teoría se relacionaría con la vía unitiva, el Yo se convierte en Otro, y de ese Otro al Nosotros hay una vinculación que, pienso, tiene sentido abordar.
Cuando un escritor o, para más ejemplo, un poeta, escribe desde el Nosotros, hay que pensar por qué lo hace, y que le ha llevado a tomar dicha perspectiva. En primera instancia, podríamos pensar que escoger el Nosotros como pronombre tiene que ver con una cuestión de eficacia, en el sentido de que lo que el poeta desea desentrañar es algo relativo a un conjunto de individuos de los que se siente partícipe, diríamos, de modo simbólico; o como ejemplo de una unidad más grande en la que es menester englobarse, porque lo que se dice ya es sabido o, más allá, está soterrado pero al alcance de todos, permanece, por decirlo así, en un refugio inconsciente. La metodología que formula la psicología cuando aborda la cuestión del inconsciente reza algo así como: los contenidos de naturaleza arquetípica ponen de manifiesto hechos que suceden en lo inconsciente colectivo. Siendo así, lo que el poeta estaría haciendo al escoger el Nosotros como topografía sería la de hacer manifiestos pensamientos comunes. Pero hay otra forma más profunda de entender la utilización del Nosotros y que es, pienso, la que entronca con lo que vengo apuntando en relación a la mística como una divagación, y es el paso de ese Yo a un Otro y, después, a un Nosotros. En este segundo caso el Yo llega al Otro, podríamos decir, como por exceso, y ese Otro se amplía hasta crear un Nosotros que es una perfecta suma de Otros. Llamo “exceso” a escribir mis desencuentros y sean tus desencuentros, a que mis pretendidos escondites sean lugares comunes para ti. El místico, que abandona su Yo en relación a algo inconmensurable y diferente a sí mismo, no renuncia, como apuntábamos antes, a sí mismo, sino que se afirma en algo diferente a él mismo, por medio de formas que tienen mucho que ver con el amor. Así, el Nosotros del que hablamos ahora sería como hablar, en realidad, sobre un Yo que, pese a que se piense como un Yo, es un Nosotros siempre, por el arco que agolpa su expresión. Esta idea se relaciona con el paso último del místico, y es cuando entiende que ese Otro está en él mismo, de ahí la pregunta de San Juan a Dios: “¿A dónde te escondiste?”, siendo la respuesta “En ti mismo” o como resumió el Maestro Eckhart: “El ojo con que veo a Dios es el mismo ojo con el que Dios me ve”. Así, podríamos decir, que el Yo de los místicos es un Otro que puede verse, por accidente, como un Nosotros más amplio donde caben él (el Yo), alguien con quien espera dialogar (un Otro) y, más allá, un plural cosmogónico pero siempre capaz de ser personal e intransferible (un Nosotros), a través de lo expresado: la letra y el vacío que convoca y que sólo espera ser colmado por significaciones ajenas pero siempre, en esencia, vinculantes a lo propio y sólo propio.

2. MÍSTICA EN EL PENÚLTIMO AHORA

Cuando hablamos de mística, y más propiamente de la mística española del s. XVI, entendemos y presuponemos que hablamos de una unión, por parte de estos místicos, con un Dios cristiano, y que el sistema de la Iglesia se da por objetivo, pese a que la experiencia mística pueda trascender a esta institución. Pero no hay que olvidar jamás el contexto, la enciclopedia de la que forman parte los tomos que a veces consideramos libros autónomos. En este sentido, sería digno y concreto dejar constancia del estado de corrupción que vivía la Iglesia al finalizar la Edad Media, y que causó la reforma del Cardenal Cisneros; o de cómo la mística del s. XVI fue, de fondo, una solución dentro de la religiosidad ortodoxa a la huella del protestantismo, que se saldó con la Contrarreforma, acaecida entre finales del propio s. XVI y principios del s. XVII. Estos hechos y otros tantos podrían dar cuenta o hacer entender, de una forma más clara, el milagro de que estos autores aparecieran y de una forma, además, tan esmerada. Pero el Ahora, el Ahora en mayúscula, el Ahora pendiente de ser traducido por el pensamiento de cada uno, en el 2015, tiene diferentes coordenadas, pese al claro símil con aquella época de un proceso sistémico e insostenible como es hoy el capitalismo y los oscuros mecanismos que lo sustentan atentando contra una sociedad cada vez más indefensa y alejada de los absolutos, y que allí podría equivaler a la conquista del Nuevo Mundo y el carácter religioso del Cristianismo a raíz de la Reconquista, a muy grosso modo. Así, mi propósito será el de traer aquí el debate sobre si es posible hoy recomponer el espíritu, personal y común, de un hábitat cada vez más material y menos orientado al misticismo, del modo más humilde, vinculado o no con la religión, esto es, participando de un concepto de “misticismo” más flexible y abierto; y haciendo énfasis en el adjetivo “penúltimo” que da forma a este apartado, y que refiere al Ahora que vivimos subjetivándolo, como todo período de la historia se subjetiva al ser pensado en conjunto y con conciencia de lo contingente, lo que veremos puede ser un impedimento para el propio desarrollo del misticismo en sí mismo, pues la vida, así, se relativiza.
Por otro lado, se halla lo íntimo. Lo místico tiene como principio conciencia de la totalidad. Admite lo efímero y transitorio únicamente en tanto y cuanto sean efectos, razones sobre la unidad que pretenden. Pero esta unidad no refiere únicamente al místico, sino a la comunidad, como hemos desarrollado anteriormente. Ahora bien, si esta comunidad está sujeta a un orden histórico y temporal con conciencia estructural y, más allá, material, sabedor además de que lo que efectúa en la cronología de su época es pasajero o, dicho de otra forma, no tiene implicaciones materiales reales, el alma de quien actúa pasa a morir. En una sociedad globalizada, tendente a ser homogénea, con valores culturales degradados, valores humanos negados y donde el poder está ejemplificado a la legua y es reconocible y, pese a ello, nos es difícil luchar y habitar el territorio que es nuestro de manera legítima, la figura del místico, ahora sí, se convierte en milagro. Milagro por la inmediatez que propugna la tecnología, milagro por el individualismo feroz y la debilidad del romántico, milagro por cómo se va retorciendo la sensibilidad. Hay dos maneras de ser místico hoy, dos planteamientos para llegar a serlo. El primero de esos planteamientos, desde mi punto de vista, sería negar la realidad y negar el continuum y al ser humano como animal social o, como apunta San Juan: “La pureza del alma consiste en que no se le pegue ninguna afección de criatura ni de temporalidad”, entendiendo “realidad” como estructura socio-política y cultural, y llegar, desde esa “ignorancia” (“ignorancia” aquí rebosa de ironía), a un lugar desde el que sentirse fuera de la mortaja que produce nuestro siglo en los individuos que lo habitamos. La otra manera, el otro método, sería, directamente, la locura. José Ángel Valente, en su conjunto de ensayos “La piedra y su centro”, al tantear la relación entre el amor y la mística, considera la posición del psiquiatra Ronald David Laing, cuando éste establece “una aproximación de signo positivo de los fenómenos psicóticos a los fenómenos místicos”. La locura, que bien podría ser una derivación del primer planteamiento que he tratado de esbozar, sería aquí una salida forzosa a la maquinaria de la realidad donde, el individuo, superado por los caracteres que el Ahora le impone y que no es capaz de soslayar, pasa a sublimar, a través de su mente, todo lo enfermo que habita fuera de él, hasta encarnarlo él mismo y que la unión que establezca sea con la potencia reprimida del sí-mismo, donde no hay verdad desde la normatividad pero sí pasión y éxtasis desde el canon del sujeto, disuelto, que experimenta. En cualquier caso, lo que sí poseen y, tal vez, sólo poseen estas dos tipologías es el lenguaje, el lenguaje como principio de realidad.

3. JUVENTUD DE NEGRO BOLÍGRAFO

Se viene produciendo en España, en lo relativo a la poesía escrita a partir de 1980, un desarrollo y una elocuencia sobresalientes. Confluyendo poéticas de diversa índole, que fluyen de lo material a lo espiritual, también habitan los herederos de la riqueza del lenguaje e ideario novísimo, sobremanera seguidores de L. M. Panero y Pere Gimferrer; de forma más inmediata, los continuadores de la poesía de la experiencia, poblada de malentendidos y falsos vividores; y los posestructuralistas, que es la rama que yo resaltaría y evidenciaría como sinónimo de verdadero progreso, pese a tener una tradición clara en América Latina y Francia, y que es la vertiente en la que me voy a centrar para intentar llegar a alguna conclusión evidente en torno a la cuestión que nos ocupa: si se puede hallar alguna señal de misticismo en la poesía española hecha por nosotros. Por pura política y, posicionándome así en contra de nombres y listas de nombres, pese a que seguro surjan algunos después en el debate, hablaré en abstracto de estos autores y sus poéticas, siguiendo así con la línea que vengo trazando y que reivindica los imaginarios y no las particularidades. Hablemos, por tanto, desde el concepto, por qué no, de generación, que yo sí me atrevo a nombrar a diferencia de otros y con mucha gana.
Siempre que me paro a hablar de la escritura del Ahora doy pie a las palabras dejando claro que cualquier romanticismo ha muerto. Romanticismo que, en nuestro caso, puede ser una forma de misticismo. Esta muerte se relaciona de forma íntima con la figura del autor. El autor, expuesto en las redes sociales, está obligado a la máscara, sea para demolerla o para construir, cada temporada, una nueva y diferente, adaptada a las tempestades o bondades del día. Lo sabemos todo de todos los escritores si queremos saberlo. O sabemos, al menos, lo que ellos quieren que sepamos, que ya es bastante, frente a lo que pudiera ser publicar un libro en el s. XVI y no ser predicador como proliferaban entonces. Que comente esto no es gratuito, ya que fundamenta, en parte, la direccionalidad de la letra de estos escritores, que anticipan al Otro a la hora de escribir sus poemas, completando el vacío que el arte contemporáneo ha otorgado al intersticio entre obra y público, y que en el caso de la literatura, entorpece la creación, prostituyendo el misterio intrínseco que la publicación convoca. Esta situación también consolida un Yo que está obligado a ser irónico y reírse de sí mismo no tomándose lo suficientemente en serio como ocurría en los hálitos de la vanguardia de principios del s. XX, por poner un ejemplo grandilocuente y relativamente cercano, donde la incomunicación primero y la comunicación subsiguiente sostenida transversalmente a través del libro al ser presentado en sociedad después, eran el principio de expresión de cualquier autor o autora, hasta que pasear por las bibliotecas era sentir el alma de los escritores contenidos en cada grupo de hojas. En este sentido, el posible misticismo que vaya a poder existir ha de ser reeducado, y será fundamental que así sea, pues lo inacabado es cosa de la literatura, y el misticismo, aun siendo una forma de acabamiento, convoca a la penumbra, al eterno claroscuro que hace imaginar. Estos autores, desde ese Yo que abarca la línea clara a lo pop, cierta herencia vallejiana o surrealista y raramente una poesía ubicada en el silencio, hablan, comúnmente, de la familia, de amor y sexo, de existir en un panorama como el que nos circunda atendiendo a Internet o a cuestiones en clave política vinculadas al cuerpo, con un ansia de transformación sobremanera lingüística, creando juegos de lenguaje y desarrollos del verso libre en los que se aferran para no admitir la condición transformadora de la literatura, que al hallar a un individuo halla al mundo, y así el segmento se hace línea hasta un nuevo principio. Nuestra generación está dañada por la vida, y la unión de vida y obra ha pasado a ser cosa antigua. El posible misticismo que podamos estar viviendo se halla, en todo caso, en el desarrollo del lenguaje y en cómo la experiencia se hace formal, en cómo lo narrado se hace lingüístico. El lenguaje, así fue siempre y ahora más que nunca, es lo que nos queda, ya que la vida, en ese Penúltimo Ahora que estamos viviendo, está habitada, en su mayoría, por aventuras estrechas y falsas pasiones, y será cuando aprendamos a vivir en esta sociedad que debemos afirmar y no negar cuando el misticismo se halle en casi todo, porque estaremos tan poco acostumbrados a él que cualquier destello en la noche nos parecerá una luciérnaga y cualquier sombra una esplendorosa lechuza.

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