miércoles, 3 de julio de 2013

3 poemas de "Francia" (serie inédita de 15 poemas escritos durante finales del 2012 después de un viaje a ese país durante septiembre de ese mismo año)


LA PELUQUERA DE UZÈS

Venía de jugar en el valle de Europa
soplando a un juguete a través del río
para que llegara a un tal niño bonito
buscando el automóvil perfecto
          entre el vaho de la carne
de una familia gitana de diez miembros
donde casi me caso con "María"...
Ningún coche se dispuso a llevarme
a pesar de mi carácter
afable.
De entre todos, dos hijos querían
pero los padres no.
                              Entonces ella
apareció con su rojo imperfecto
en el pelo como un bombón
y su amabilidad espontánea,
      su historicidad. Adentro
de un deportivo donde cayó mi fusta
sin quererlo
después de que me diera un cigarro
cuando yo sólo recogía higos,
atajé, me desvié, la di por perdida.
Estaba haciendo autoestop
a medio puente de distancia, y ella
vio que mi bastón caía como una garúa
al suelo cobrizo
                desde la puerta del copiloto.
Supe que se iba: yo ya me había fijado.
               Y se vio obligada a llevarme
con una sonrisa plácida y recorrimos
hasta San Quintín la carretera jubilosa
                         hablando de Francia:
recuerdo verla a través de los espejos.
Con una pizca de mermelada de pera
flotando sobre su rostro melancólico,
la besé en la despedida:
                                      una gramola
me esperaba en una plaza de piedra...
Cuando su coche giraba e iba yéndose,
pensé.


JOLGORIO ESTÉTICO EN SAINT MAXIMIN

Había una exposición de joyas rupestres,
un menú donde se incluían croquetas
con pesto y piñones a un precio bajo,
una feria de maniquíes.
                               Vi todo esto y trabé
relación con el encargado del artilugio,
¡que resultaba ser el marido
            de la mujer de la tiendita de telas!,
pero encontré, tras una silla
en mitad de la calle, una especie de cueva
donde había pintura marrón
y tres palomas medio locas
que debían llevar siglos sin salir de allí…
Yo creía que era el cineasta
más grande de la historia de Francia
–he aquí un loco jovenzuelo-
y pensé que debía interiorizar
                                            aquel lugar.
De a una, cogí tres palos
y un bote de aguarrás bastante sucio.
Tiré todo contra una de las palomas
    y resultó que también era pintor:
se habían dibujado líneas maravillosas
sobre lo que, ya entendí, era un antiguo
                                               establo.
Salí airoso. A un niño con una bicicleta
le regalé dos lápices y una nectarina.
Su padre, al verme, añadió: “Venga”.
Comimos juntos, y yo anduve feliz.
De vuelta a la calle principal
otro padre
    me regalaba un encendedor
tras la silueta de una niña puntiaguda.


LA TUMBA DE RIMBAUD

No había mostaza
                       ni mayonesa en el tugurio:
velas pintadas de blanco, una estanquera
con gesto torcido y un rufián
          detenido en el pórtico.
                        Llevaba horas sin comer.
Las carreteras
habían dejado de ser una caricia próspera
para el viajero que siente su afán inmortal
y su ruta hecha al desamparo del hombre.
Llovía a cachos en mitad de la espesura
                                           y mis pies
eran una pesadilla grotesca,
atún de gato enmohecido:
                                           ese olor...
Fue entonces cuando apareció aquel páramo.
Yo creía que me eran dadas
                                          posibilidades
como un juglar o un cantor:
mi sensibilidad estaba harta.
Cogí los andamiajes, me movía lateralmente.
Había hilos de cobre, plata-
formas y un espacio de tierra
con fucsias en vez de negros.
Uno de mis destinos era las Ardenas, claro
en mitad del bosque...
Fue por eso que empecé a trazar dibujos
que sólo en una cámara ahora entendería,
pensando en Arturo.
Me movía rápido, en acción, desenvuelto.
                   No era escasa la imaginación.
60 metros cuadrados recibiendo la ilusión
de mano de un loco
                             que sentía el Infierno
y el hambre de un café.
Los obreros llegaron también, y marché
corriendo, zumbando, peligroso,
rumbo a Avignon...
                         Quedaron una A y una R
trazados con piedritas y ramas leves
sobre un trecho de poliespán.
Y todo se parecía a él,
¡incluso yo!...

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